El año pasado, a fines del 2025, cerró Chabrés.
Lo hizo de a entregas, dando tiempo a las despedidas, esperando a clientes rezagados o distraídos.
A Chabrés fui con amigos, conocidos, colegas, amantes y parejas. También fui con gente que no sabría clasificar, esa zona difusa de la noche donde alguien puede ser durante cuatro horas un confidente, una promesa fulgurante, la tímida amenaza de algo por venir, las brasas avivadas de lo que supo ser una hoguera o una forma amable y discreta del azar.
En su barra conocí a famosos y fisuras por igual. Me fui solo o acompañado, roto o recatado. Fui fracasado o victorioso, a sufrir o celebrar. Chabrés tenía esa virtud de no pedir explicaciones. Uno entraba con lo que traía y las cosas se iban acomodando.
Oski es de Moreno y para mí por eso Chabrés siempre se sintió una extensión del oeste: abierto hasta cualquier hora con una hermosa mezcla de los personajes más impensados. La zona ayudaba con su aire de hoteles viejos, oficinas muertas y turistas que no entienden del todo dónde están parados.
Chabrés sigue siendo el único lugar al que he ido a tomar solo y eso fue mérito del antiguo barman del Claridge, que dominaba la hospitalidad de una forma que se está perdiendo. Oscar entendía cuándo hablarte y cuándo no, de qué charlar y, más importante, qué prepararte. Con cualquier cliente desarrollaba rápidamente un código íntimo, propio. No era una simpatía profesional, de esas que se aprenden en cursos berreta, sino una inteligencia del otro —hay hilos que, en la trama de las Moiras, brillan más. Han sido mérito suyo los más hermosos Martinis, las más bellas celebraciones, reencuentros y reconciliaciones, así como también uno que otro encare imposible con alguna extranjera descubriendo por unos pocos días la noche porteña.
El pasado del local y una oscuridad limpia lograban que Chabrés fuera un lugar para todo, lleno de claroscuros, neón, madera, espejos y un pool que hablaba un poco de esa mezcla de bar porteñísimo con, quiero creer, esencia conurbana.
La primera vez que fui a Chabrés traté a Oscar de “usted”. Sería un detalle menor si no advierto que el voseo permanente sea acaso una de mis pocas aristas tímidamente rebeldes. Creo, si la mente no me falla, que solo he tratado de “usted” a Chabrés y a la cabecera de algún poder nacional. Si bien luego abandoné la práctica inicial, ese primer contacto tal vez diga algo sobre la cierta reverencia campechana que genera Chabrés y sus horas de vuelo en la noche de Buenos Aires.
Pocas veces hubo un nombre mejor puesto: Chabrés era una extensión de Chabrés. Entre tanta experiencia curada falopa, mímesis de la mímesis mal cortada, Chabrés era un refugio. Un día llegué y me enteré que a las horas se festejaba el casamiento de su hija. Me maravilló que no hubiera ningún quiebre: el bar estaba abierto tal y como todos los días, pero reservado para la celebración. Esas puertas abiertas, llegar y entrar y charlar con Oscar sobre la fiesta que se aproximaba, todo eso habla de una cercanía —de una falta de impostación— que cada día siento más difícil de encontrar. Al día siguiente los clientes disfrutamos los canapés que habían quedado, un gesto íntimo y familiar. Hay pocas cosas más hermosas o sagradas que compartir la comida restante tras una fiesta. Como hacían los griegos luego de un sacrificio a los dioses con lo que sobraba: un pedazo de carne asada a los amigos cercanos y los parientes queridos.
Otra noche de primavera fría llegué tarde y encontré a un hombre llorando. Si fuese actor me hubiera gustado grabármelo en la cabeza para repetirlo una y otra vez cada que tuviese que interpretar a “hombre llorando”. Un llanto digno, silencioso, sin escándalo y sin búsqueda de consuelo; un arquetipo encarnado. Lloraba como —cuentan— se llora en las barras: mirando fijo un vaso. Oscar le apoyó algo enfrente, no sé si un whiskey o un Negroni. Un rato después el hombre dejó de llorar, pagó y se fue. Oski no dijo nada, atendía como siempre. Durante mucho tiempo pensé que esa era la prueba definitiva del arte de la hospitalidad: acoger a lo que aparece frente a uno y darle aquello que necesita sin espectáculo, sin pedir nada a cambio más allá de lo estrictamente necesario. Una tarea casi divina.
Pasan los meses y el cierre se siente raro. Hay lugares que organizan una parte de la vida no porque uno vaya todos los días, sino porque su misma existencia brinda la seguridad de ciertas referencias estables. Si Chabrés estaba abierto uno sabía que la noche en Buenos Aires tenía solución. Uno podía estar pasado, enamorado, dejado, feliz o perdido y siempre quedaba la posibilidad de entrar, ver esa barra, esas luces, y a la magia de Chabrés en acción.
Lo más terrible de un duelo: eso que supo ser ya no es ni será nunca más como fue.
Yo no soy nadie. Menos que menos en la historia de Chabrés.
Pero tal vez el mejor horizonte que puede tener un bar es hacer que cualquiera se sienta parte de algo más grande. Como la política y el amor, Chabrés hacía eso. Y por eso mismo estoy acá, dejando estas líneas.
Unas líneas a esa noche que se fue.





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