Sonato un raggio dal capo al piede1

Un crono-rock japolicía hecho en Detroit, Formidables guerreros en jeeps // los titanes del orden viril, Esa suave flor judoka la va de Maga Zulú o Scaramanzia para un sony samurai son sólo algunos ejemplos de una interminable lista de versos ininteligibles. Es que, ¿qué pueden querer significar esas combinaciones aparentemente aleatorias que, casi de milagro, hallan significado, sonoridad y ritmo en las canciones de Los Redondos?
Como era predecible y aunque se trate de un fenómeno claramente preexistente, estas últimas semanas se ha sobreexcitado cierta neurosis alrededor de ese misterio. Hace poco leí, por ejemplo, una discusión sobre el verso particular Cañito de metal de acero al cromo níquel. Primero alguien, quizás queriendo jugarla de erudito, dice que se trata de una referencia a Los Siete Locos. Enseguida le responden, con aire sobrador, que está equivocado y que la letra se refiere, en cambio y sencillamente, al “tubo de metal que se usa para aspirar merca”; interpretación fiel a la hipótesis popular de que todas sus canciones hablan sobre la falopa. Pero enseguida un tercero retruca, preguntando si acaso el verso no trata de una vieja pelea del compositor con Juanse, de Ratones. Me intrigué.
Cedí y busqué interpretaciones en algunos de los viejos y abundantes foros online ricoteros; lugares de intercambio virtual que hallaron su esplendor especialmente en la primera década y media de este siglo. En ellos algunos de estos redondólogos deslizan que el cañito del que habla dicho verso es, de hecho, una prótesis médica y que con ello la canción ilustra la irremediable decadencia de un cheto bien acomodado (un ex pilar de rugby // jarabe de la nuca untó). Otros, citando autoridad, advierten que el Indio declaró que se trata de un relato satírico sobre “uno de esos burguesitos que se cree la gran cosa” pero que “hay que tener un sentido marginal del lenguaje para entenderlo”. El dilema que usualmente aqueja a estas discusiones es que todos los dictámenes parecen plausibles; la porosidad propia del verso admite los argumentos de cada uno de los sagaces intérpretes. Mi indecisión avivó, entonces, el recuerdo de uno de mis libros favoritos.
- Sobre La Cuadratura de la Redondez.
La Cuadratura de la Redondez: Interpretación anotada de las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (2011) narra la historia de Atila Schwarzman, un filólogo cordobés que, con la humildad de un oyente, la precisión de un profesional y la obsesión de un fanático, le dedica su creatividad al misterio. Todo comenzó con el asalto de una epifanía que tuvo lugar el 4 de agosto del 2001, en el primer y último pogo de Los Redondos que Schwarzman habitaría antes de la separación de la banda. En ese momento, como quien enfrenta una batalla que se sabe perdida, el protagonista aparece asestando un intento vital por desenmarañar la integridad de un universo simbólico que, inexorablemente hermético, parece resistir todo sistema lingüístico y hermenéutico probable.
La obra es híbrida, discontinua, desordenada. Schwarzman parece volverse loco enseguida. Las hipótesis, que aparecen prefiguradas a veces en el ensimismamiento del académico, a veces en reuniones con sus amigos, son generalmente astutas y descabelladas, y se torna difícil que el lector prevenga sus conclusiones. Empieza con la lupa sobre Gulp (1985); sistemático, ordenado, minucioso. Emprende una reflexión verso a verso, estrofa a estrofa, canción a canción. El filólogo libera su escrutinio con el primer eslabón del disco, Barbazul versus el amor letal, que interpreta estructuralmente como una crítica al mercado del arte. Sin intenciones de detenerme en los detalles de su exploración (porque para conocerlos recomiendo enfáticamente embarcarse en la gracia de su lectura), quiero rescatar el hecho crucial con el que, enseguida y lúcidamente, Schwarzman se encuentra: “El indio nos indica, no por acaso ya en su primer tema, que ocultara sus verdades, cual sacerdote, bajo capas de oropel verbal, pues sabe que mantenerse oculto es la única forma de sobrevivir” (p. 23). Parece dar por primera vez (y no por muchas más) en el clavo: sólo las antiguas lobas pulpas (estas verdades inasequibles) podrán revivir el amor letal (suicida) de esta prisión (de este disco).
Con semejante descubrimiento, bien podría haber dado por terminada su labor exegética. ¿Por qué seguir adelante si acaba de explicar que mantenerse indescifrables es, precisamente, lo que conserva el carácter sacro de estas canciones? Parece que ignora su contradicción o que no le importa. Schwarzman avanza, de todos modos, en un vaivén que amalgama desvaríos y formalidades. Entre muchas otras cosas argumenta, por ejemplo, que Roto y Mal Parado es una crítica al consumismo, que Yo No Me Caí del Cielo oculta una picardía del Indio dirigida contra Skay por un enamoramiento del compositor con la Negra Poli, y que Criminal Mambo es un ataque a la religión.
Luego hace lo suyo con Oktubre (1986). En el medio no desperdicia oportunidad para acusar a otras interpretaciones de erróneas y simplistas. Afirma que Música para Pastillas habla de transductores y guitarras eléctricas, y no de droga. También que Motor Psico cuenta la historia de amor de un ludópata insalvable. Su análisis evoluciona sencillamente a uno de tipo fantasioso y entretanto las páginas avanzan con creciente frustración. A esta altura el lector atento se pregunta ya si no se tratará esta lengua de un fenómeno que orbita en las afueras de lo filológicamente descifrable.
Cuando sus reflexiones se acercan a Un Baión para el Ojo Idiota (1988) la sistematicidad de su análisis se reblandece y la cuadratura propia del académico empieza a ver sus aristas redondearse. Recorre la integridad del disco y concluye en una meditación que versa sobre la libertad (ella, que es tan linda, que no puede durar) y el futuro que llegó hace rato, acompañado de los perros del pasado y de la música; el gato que en Todo un palo avisa “al ojo idiota y al oído no avisado” que “este pogo bien nuestro es lo que se viene, lo que desde siempre ya era” (p. 129).

Además de la introducción signada por ellos, a lo largo de todo el libro las reflexiones del filólogo vienen acompañadas de notas al pie firmadas por sus amigos. Comentan en un tono tierno y gracioso, y reflejan desacuerdos, reacciones y anécdotas que hacen al entorno en el que levita el camino interpretativo de Schwarzman; un camino que se vuelve poco comprensible si se lo escinde de sus afectos, de su profesión o de sus experiencias.
Luego de recorrer ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado (1989), ya no hay nada que se parezca a un sistema. El último capítulo está narrado por los amigos y allí explican que, después de una pausa nihilista, Schwarzman había llegado a una conclusión; “si el Indio era Dios y sus canciones eran la Biblia, la clave para entender su mensaje debía ser de tinte cabalístico” (p. 155). Fiel a esa idea, su análisis hace ya otra cosa con la obra ricotera; mezcla las integridades de los discos restantes, conecta cabos sueltos y materializa sentidos que parecen surgir especialmente de su propia manía. El filólogo había, incluso, iniciado una narración titulada Tristezas de un vendedor callejero en la que pretendía reunir a todos los personajes engendrados por el Indio Solari (como el Capitán Buscapina, el Rey Garufa o el pibe de los astilleros, además de muchos otros entre los que se encuentra incluido, asimismo, el Indio).
Finalmente, el texto se agota: se caen los disfraces, todo el metálico brillo. La obra del filólogo, publicada post mortem, no logra dar con un resultado fidedigno. Pero sus dedicadas cavilaciones logran transparentar algo igual de relevante que el sentido oculto detrás de palabras que forman versos. Con el noble fin adjudicado a Schwarzman, esto es, el de desentrañar los mecanismos que hacen al misterio del artista, La Cuadratura logra transparentar su aledaño ignorado: la mente del fanático.
- Más allá de la filología.
¿Fracasa acaso el filólogo? ¿Es el descubrimiento de una verdad la única manera de salir triunfante de ese barranco en el que caen las míticas letras de Los Redondos? Cabría arriesgar que el protagonista fracasa como descubridor pero triunfa como intérprete, en tanto y en cuanto cierta fertilidad de la escucha está dada en su encrucijada con aquello que excede temporal, sustancial y experiencialmente a la obra misma. Quizás de forma similar a Pierre Menard en su obsesión con el Quijote, Schwarzman “(acaso sin quererlo) ha enriquecido (…) la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”. En esa distancia de la verdad definitiva radica, quizás, la potencia y productividad de lo interpretativo.
El libro podría, en su inmensa verosimilitud, pasar por una narración verídica. No se trata de una historia real. Evité transparentar ese detalle hasta este punto en un intento por replicar una experiencia personal. El libro me fue recomendado hace algunos años por un entonces desconocido que, con la elocuencia que lo caracteriza, reconstruyó la historia del filólogo obviando su artificialidad. Es que, para quienes moramos parte de nuestra vida en el seno de ese crisol de sentidos en el que descansan las letras de Los Redondos, muy difícilmente La Cuadratura resulte un texto de contenido meramente humorístico o fabulativo.
El cerebro detrás de esta ficción es Ariel Magnus. La gran mofa de la que goza su libro reside en la contraposición entre la determinación del protagonista en su búsqueda de la verdad y la sátira que reconforta a la liberalidad y soltura del autor material en su escritura. En este arriesgado híbrido, la burla tácita hacia Schwarzman se vuelca sobre todos los lectores; más aún en aquel que ingresa a la narración de La Cuadratura con curiosidad e interés por hallar algún tipo de certeza. Sutilmente, el libro se resuelve en un gran dibujo de la deriva accidentada y aparentemente inevitable de quien se propone desvelar algún tipo de secreto oculto en la lírica ricotera.

En este juego, Schwarzman es algo así como la versión hipertrofiada de una práctica común y bien conocida. El libro no critica una exégesis errada. Puede leerse, en cambio, como una ridiculización cariñosa de esa necesidad imperiosa del oyente por hallar algo ahí donde no hay determinación. El punto es, justamente, transparentar ese receptáculo de acepciones que constituye la obra en sí misma; una obra que, lejos de ser un objeto acabado por el artista, encuentra su (ir)resolución en el destinatario. Así, obtiene su sentido del oyente y no al revés. Las letras se observan, detrás de la gracia de esta parodia, como territorios habitables; espacios apropiables en los que distintas y sucesivas generaciones proyectan experiencias políticas, afectivas y biográficas.
Sería un error tomarse con indignación o mera ironía aquella empresa hermenéutica que pretende cazar sentidos en el arte. Más aún si se trata de Los Redondos o de la obra del Indio en general. La ambición schwarzmanista no está dada sino en su fanatismo; en la experiencia vital que implica dejarse atravesar por algo que resulta inexplicable. No se trata de otra cosa que de una excelente caricaturización de esa experiencia colectiva que se ubica en el centro de la idiosincrasia del prototipo argentino intergeneracional de las últimas cuatro o cinco décadas.
- La hermenéutica del ricoterismo.
Al respecto, hace poco menos de dos años, en una charla con Pedro Rosemblat, el Indio decía: “Mi obligación es hacer un puzzle, una incógnita que te atraiga, para vos imaginar (…). La música está hecha para imaginar, y la letra se hace para hacer visible a la música.” No se trata, justamente, de dejar de interpretar ante el extravío, sino lo contrario: de fabular y confabular alrededor de las letras que reviven solamente por la fantasía de quienes la oyen.
El correlato concreto de ese vínculo entre la letra y la música es el ritmo. Las letras que se alojan en la memoria ingresan, en primera instancia, por el cuerpo. No se trata de una interpelación meramente poética o abstracta. Por supuesto que resulta al público por lo menos una demanda cuando el Indio canta ¿Cómo te va en este día? // Humano roto y mal parado // (…) // Quemás, quemás, quemás tu vida. Pero hay un elemento adicional que llena la corporalidad del oyente cuando el saxo de Willy Crook revienta, ígneo y estrepitoso, justo después de la quinta estrofa. Asimismo sucede, por ejemplo, con el verso inicial Banderas en tu corazón // Yo quiero verlas, que parece llegarle tarde a la conmoción que ya genera el despliegue inicial del inconfundible riff de Skay. El groove ricotero funciona, indudablemente, como el sostén que habilita a la letra, y no al revés.
Más allá de la fonografía, este punto se vuelve evidente viendo los recitales. El pogo, los cantos y la movilidad de las masas de cuerpos que conforman al público ricotero muestran con transparencia esa dimensión inefable que subyace a la letra misma. Como demostración de aquello existe, afortunadamente, un extensísimo haber de material audiovisual de las performances de la banda: desde el mítico y primigenio mediometraje Olor a Tigre (1989) hasta el registro de la última de las misas en el Chateau Carreras (2001). Aunque, por supuesto (y, en mi opinión, preferentemente) también es posible experimentar algo como aquello en carne propia, de la mano de proyectos como La Kermesse (integrada por los miembros originales Buciarelli, Dawi y Fargo), de bandas tributo como Super Lógico o, incluso, de las listas de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, entre otros múltiples escenarios que replican, reviven y continúan el legado de la obra ricotera.
Si volvemos a llevar el foco a la poética, cabe recordar que el Indio se mostró reticente a dar explicaciones o claves de interpretación. Quizás la más memorable sea esa expresión dirigida a “los colegas quejosos” por no entender las letras de sus canciones, aún disponible en una entrada que data de junio del 2011 en el mítico blog Redonditos de Abajo. Allí el indio espeja sus valores en una especie de mini-manifiesto sobre la composición musical. En los comentarios algunos ricoteros asienten, entendidos de la situación: “Es como que te den la comida masticada, y los dientes para que los tenés?? Segui asi y sin dar explicaciones! TUS SEGUIDORES NO LAS NECESITAMOS Y TUS DETRACTORES NO LAS CREERÁN! o no las entenderán… jeje. Gisela”
Las palabras elegidas muestran que, como el poeta rortyano2 en su calidad de hacedor, el Indio ha dedicado su vida y su obra al artificio de un nuevo léxico que se desmarcó triunfalmente de lo viejo, otorgándole un sentido a nuevas y distintas experiencias vitales. Utilizando la metáfora poética y la ambigüedad persistente como herramientas de seducción principales, logró que multitudes enteras hallen en sus palabras un asunto de carácter excepcional e inasible.

En vistas de ello se vuelve evidente que, en lo que respecta a las vivas metáforas ricoteras, el peso de la significación está clara y deliberadamente situado sobre el receptor. En este tipo de éxito poético, el emisor no es nada más que quien tiene la pluma. Sus letras no significan nada, al mismo tiempo que significan todo aquello significable por la mente que se detiene a trabajar sobre su indeterminación. Nadie posee la verdad de manera esencialmente distintiva. El autor de La Cuadratura parece ser consciente de ello, como expresa en una nota de Página 12: “No hay una explicación sobre las letras, y la que pueda dar el Indio tampoco es una. Si dice ‘la vaca cubana es mi suegra’, no le creo”. Es exactamente éste el punto con el que Magnus, mediante el paródico personaje de Schwarzman, logra jugar.
Más aún, en Recuerdos que mienten un poco (2019), su autobiografía oficial, el Indio se expresa no sólo como artista, sino también extensamente como oyente, lector, contemplador. Habla con devoción sobre esa búsqueda por algo que resulte para sí mismo inquisitorio; un proceso que él mismo genera luego (y a sabiendas) sobre sus propios oyentes. Sobre la literatura, por ejemplo, dice: “Me interesaban las sombras que producían ciertos versos; la línea que faltaba, por encima de la que estaba; los textos que te invitaban a que los completaras en tu cabeza. Por eso me fascinaron los haikus, esos poemas de los japoneses que sugieren un universo entero en unas pocas líneas: porque trabajan con la ausencia, con aquello que no está dicho, que no puede ser dicho por los versos”. El ricotero es inevitablemente, así como su líder, un cazador de ausencias; un constructor de significados.
- Sobre la continuidad de la obra.
Por otro lado, en la desangelada actualidad de una industria musical en la que el cuadrado mainstream parece (parafraseando a la ricotera Gisela) masticar la música para el oyente-consumidor-tiktoker-irreflexivo, la obra redonda se sostiene como uno de los últimos bastiones de piezas populares y masivas que invitan a examinar y habitar los confines del sin/sentido. Si en la actualidad parece no haber otra creación artística que induzca en la gente una pulsión hermenéutica como la de Schwarzman, tal vez se deba al desencantamiento que produce la falta de misterio; la falta de ausencias y de vacíos que inviten a consolidar sobre ellos una nueva cavilación.
Conviene advertir este punto, puesto que es bastante común, últimamente, escuchar opiniones sobre la supuesta necesidad de crear arte (o hacer política) en formato pedagógico o didáctico, bajo la premisa pseudo-progresista de que así “todos lo pueden entender”. En la revolucionaria era de la IA y la adicción digital, se señala que la gente está cada vez más adormecida y que el pensamiento crítico se vuelve constantemente más austero. Si este problema nos preocupa, quizás masticar las ideas para entregarlas servidas resulte una mala estrategia para contrarrestarlo. En la misma línea, cabe preguntarse si la mediocridad del mainstream actual no encontrará su razón de ser, en parte, en esta subestimación del oyente popular.
Si hay algo de razón en esto, la situación no es irremediable. Sería simplista y desesperanzador concluir sin más que todo pasado fue mejor. La posta para el resarcimiento, en cambio, la llevan los artistas actuales (y venideros), mayormente independientes, que apuntan de manera desprejuiciada a salvar estas distancias. Además de continuar con el trabajo exegético, quizás sea éste también el legado creativo ricotero a salvaguardar.
Habitamos una época en la que la industria, encadenada a los reinantes algoritmos, implanta sistemática y artificialmente en la opinión pública a artistas YamiSafdie-type; llanos, desabridos y predecibles hasta el hartazgo. En este contexto, por más burdo que pueda sonar, hay una humilde esfera de la resistencia que está relegada a la decisión sobre qué escuchar, qué (y cómo) crear, qué reproducir o qué consumir. Soberanía cognitiva, gestión cultural y otras yerbas; no se trata de ninguna novedad. Pero quizás se relacione con esto la respuesta a la pregunta de por qué el fenómeno de Los Redondos suena sorprendente y por qué parece imposible pensar la transversalidad política y afectiva de la obra si hubiese sido hecha hoy.
Si se trata de sacar algún tipo de provecho reflexivo del panorama actual, vale la pena detenerse en estas cuestiones. El viernes 5 de junio dejó una pérdida que por momentos parece haber vaciado al mundo de un sentido (o de un mundo de sentidos) irrecuperable. Danzante en el abismo entre la letra y su sombra, la poética del Indio esconde el enrevesado andamiaje de la mente de un genio que fue, a la vez, creador y encubridor. Pensar la posterioridad de su obra vuelve patente la urgencia de la tarea interpretativa, y es en este punto en el que resuena el personaje paradigmático de Schwarzman.
Quizás no haya herencia más poderosa y trascendental que la que nace de la proliferación de significados alrededor de una obra que, a esta altura, ya es gardelianamente inmortal. A diferencia de la esfinge mitológica3, el acertijo que plantean las metáforas ricoteras no posee una respuesta correcta. La esfinge redonda no puede ser vencida: sobrevive a todos y cada uno de sus Edipos (el filólogo, Gisela, los ricoteros de los foros, quien me lee y yo misma). Devorados, todos nosotros, el enigma se revitaliza en cada una de las fallidas interpretaciones que le son atrevidamente adjudicadas.
Esto no debe malinterpretarse como un abordaje nostálgico; sobre todo porque no se trata del simple recuerdo de un fenómeno pasado. La indeterminación esencial de la obra ricotera deja, desde sus inicios, la puerta abierta para apropiaciones aún extemporáneas. “Lo que sirve para pensar la vida, está vivo”, señalan al respecto Perros Sapiens4. La continuidad de la obra se sostiene en virtud de la escucha intrigada, inevitable y debidamente atravesada por el dinamismo de quien funciona como receptor y, posteriormente, como productor de una narrativa. Recursividad por delante, la obra habita esencialmente el encuentro con su intérprete que la desentraña, como Schwarzman, dejando en aquella hazaña jirones de su propia vida.

- Verso recitado en Criminal Mambo. En Recuerdos que mienten un poco (2019), el Indio lo califica como una sanata en italiano. Interpretable como “un rayo que atraviesa al cuerpo, desde los pies hasta la cabeza”. ↩︎
- En Contingencia, Ironía y Solidaridad, Rorty (1989) presenta al poeta/hacedor mediante el análisis de un poema de Philip Larkin y a través de la lectura sobre la muerte de Harold Bloom (1973). El temor del poeta, explica, es la muerte comprendida como la pérdida de sus marcas personales; ya sea porque no logre decir nada distintivo, ya sea porque nadie halle nada distintivo en sus palabras. “Perder esa diferencia es, supongo, lo que todo poeta -todo hacedor, cualquiera que se propone crear algo nuevo- teme. Cualquiera que pasa su vida intentando formular una respuesta a la pregunta acerca de lo que es posible e importante, teme la extinción de esa respuesta”. Aquí el éxito del Indio Solari; haber logrado la distinción y, en última instancia, evitado esa muerte. ↩︎
- “Descíframe o te devoro”; en la mitología griega, la esfinge es la guardiana de Tebas, que plantea a todos los viajeros un enigma. Edipo es el único que logra responder acertadamente, causando la muerte de la esfinge. ↩︎
- En Redondos: a quién le importa. Biografía política de Patricio Rey (2013) por Ignacio Gago, Ezequiel Gatto & Agustín Valle. ↩︎






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