Estados Unidos es un país sin lugar para los débiles. Siempre lo fue. La mirada nostálgica hacia los años dorados del capitalismo corre el riesgo de invisibilizar la violencia inscrita en el código genético de un país que siempre se autodenominó como la tierra de las oportunidades. El cine se aproximó a esta problemática desde el momento mismo de su fundación como arte, desde Griffith a Kelly Reichardt, pasando por Hawks, Scorsese y los hermanos Coen. El espesor histórico que caracteriza a estos nombres (incluso el de una película tan maniquea en su discurso como El nacimiento de una nación) está en una severa crisis: si miramos al mainstream audiovisual contemporáneo en Estados Unidos, podemos encontrar una serie de patrones temáticos y estéticos que caen en la lectura moralista sobre los personajes, el derroche visual, la histeria formal y el repliegue individualista sobre problemas sociales. Anora y Marty Supreme son ejemplos de esta tendencia, confirmada con la finalización de la tercera temporada de Euphoria. La serie de Sam Levinson es una muestra de la incapacidad cabal del mainstream norteamericano contemporáneo de pensar históricamente los conflictos que representa. Frente a una realidad marcada por la crisis de las instituciones, las drogas, la violencia económica y el repliegue conservador, la serie solo puede producir interpretaciones psicológicas, morales o religiosas. Norteamérica se interpreta a sí misma porque ya no puede explicarse.
Lo que empezó como una coming-of-age centrada en problemáticas adolescentes propias de las clases medias, marcada por un estilo visual ostentoso y autoconsciente que buscaba potenciar el efecto catártico del melodrama juvenil, en su última temporada se volcó hacia dos expresiones genéricas claras: el western y el cine de gángsters. En el pasaje de sus personajes hacia la vida adulta, Euphoria se centra en la imposibilidad de integrarse a ese mundo. La operación genérica, sobre todo la cara criminal de la serie, es lúcida al detectar los síntomas que azotan al país, entendiendo que el melodrama adolescente no alcanza para su ambición narrativa. La decisión de pasar de la filmación de 35mm a la pantalla ancha, emulando el cine de gran formato, también marca la diferencia con las anteriores temporadas, al ser un cambio no solo narrativo, sino estético.
La elección de estos géneros no es inocente. Tanto el western como el cine de gángsters funcionaron históricamente como formas privilegiadas para pensar la constitución social de Estados Unidos: la conquista de la frontera, la construcción de la comunidad, la modernización económica y la violencia que acompañó esos procesos. Euphoria recupera esos códigos genéricos, pero ya no para narrar conflictos colectivos sino trayectorias individuales de sufrimiento, culpa y redención. Ahí donde los géneros clásicos buscaban comprender una nación, Levinson los reutiliza para representar sujetos incapaces de encontrar un lugar dentro de ella.
La problemática central de la temporada se enfoca en la integración al mundo adulto por la vía de la reproducción social, representando un conflicto distinto en cada personaje: Rue es mula de un grupo de narcotraficantes y después empleada de un club de strippers, Jules es una sugar baby, Maddie y Lexi trabajan en el mundo de las redes sociales y el espectáculo respectivamente y el matrimonio de Cassie y Nate está surcado por la creación de contenido erótico en plataformas y los problemas con la mafia armenia. Cada una de estas subtramas busca enunciar una problemática distinta de la juventud norteamericana en su intento por sobrevivir a la crecida de la inestabilidad económica, la violencia política, el deterioro de las condiciones de vida y el trabajo sexual. El problema surge en el desarrollo de estos conflictos, al mostrar las consecuencias subjetivas de los actos de los personajes, humillándolos y castigándolos, sin indagar en las estructuras sociales y políticas que obran detrás: el trabajo sexual aparece como experiencia individual, el fentanilo como tragedia personal, la violencia criminal como destino biográfico y la religión como búsqueda íntima. Si Euphoria sintomatiza la posmodernidad neoliberal en la era de las extremas derechas y la desintegración social de su país con lucidez, es también un síntoma de esa misma incapacidad de pensar la Historia como categoría explicativa.
No es casual que la religión aparezca como columna vertebral de la historia de Rue. Al desaparecer la Historia, las dos alternativas que ve Levinson en el horizonte son la psicología y la redención. La creciente centralidad de lo espiritual no funciona solamente como rasgo de un personaje, sino como respuesta narrativa a aquello que la serie ya no consigue explicar por medios históricos. Cuando las mediaciones sociales desaparecen del campo de visión, el sufrimiento se vuelve una cuestión de culpa, perdón y salvación. Por eso castiga a sus personajes rozando el cine de explotación, porque no puede concebir las condiciones sociales e históricas de su sufrimiento, las convierte en caminos individuales que los llevan a la muerte, la expiación o la redención. En las temporadas anteriores existía una contextualización generacional (por no decir histórica) subtextual en la forma que abordaba los dramas centennials, desde la identidad de género de Jules a la adicción de Rue, pasando por la violencia de género entre Nate y Maddie. La ambición de trabajar con problemáticas adultas que representen a una nación entera llevó a la serie a replegarse sobre explicaciones espirituales: sufrió el mismo proceso de reencantamiento que la sociedad norteamericana.
Ahí donde el cine norteamericano clásico imaginaba un destino colectivo —desde los relatos fundacionales del western hasta las alegorías nacionales del cine industrial—, el Nuevo Hollywood exponía la fractura creciente al interior de la sociedad y el cine político intentaba reconstruir las mediaciones entre individuo e historia, Euphoria se vuelve una expresión más de una sociedad donde los problemas son cada vez más colectivos y las explicaciones cada vez más individuales. Norteamérica se interpreta a sí misma porque traslada sus mismas problemáticas a la pantalla sin procesarlas ni deglutirlas primero, porque perdió la capacidad de pensarse históricamente. La contradicción de Euphoria es que cuanto más amplia se vuelve su escala visual y narrativa, más estrecho se vuelve su horizonte histórico. La serie adopta la forma épica del gran cine norteamericano para narrar personajes cada vez más encerrados en sí mismos.





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