Supongamos la existencia de un bar que no existe. Ubiquémoslo en Villa Urquiza, justo en el vértice de un montón de esquinas. Supongámosle alrededor una ciudad maniática, y en ella, una juventud dorada, empobrecida, enriquecida, depresiva. Cuando escribo, amigos como Juan Tavella, por lo general me exigen mesura, recomiendan que me prive de algunos de mis placeres predilectos: la deformación, la exageración y el heroísmo. Me restrinjo. Constituyo únicamente una cartografía mínima, un bar de Villa Urquiza.

Ahora toleren un zigzag.

***

Hace un tiempo que gente que frecuento vive repitiendo una cosa que ya siento como una letanía, o en otras palabras, un verso. Admito que, por lo general, –se deba a vicio, mala fe, o a mi viejo afán modernista por la novedad– cuando advierto que varias personas concuerdan en una opinión me sale naturalmente la vocación de contrariarlos. Como si el indefinido no delatara la pereza mental de una generación que acaso sólo conozca la virtud individual y ocasional del voluntarismo, mi camada de intelectuales y fiesteros repite la monserga de que en Buenos Aires falta que pasen cosas.

Debería decirlo: antes de que Soja existiera, Soja se pensó como una cantera para que ocurrieran cosas semejantes a esa cosa indecisa de la que veo que todos hablan. Pasa que pasó el tiempo y cuando se corren de un objeto del planeta los velos de la obviedad, uno pierde esas como anclitas que lo trababan en lo ordinario. Hoy no sé de qué poronga hablábamos. ¿Culpa de todo el surrealismo que todavía me conmueve? Valga decir: no está mal dedicar un momento a correr la paja del trigo y averiguar de qué se trata esa cosa que todos queremos, empecinados, que ocurra en esta ciudad.

Empecemos por decir que ninguna otra generación se preocupó por ubicar en sus revistas intelectuales lastimosas líneas sobre supuestas perdidas ocasiones de ponerla. Nadie jamás en la historia humana dedicó tantos suspiros a la joda ornamentada con toda la parafernalia de lo kitsch de conocer personas, crear momentos, curtir experiencias. Nadie tampoco urdió con la bárbara boludés que nos destaca una mística del fumar, tomar cerveza o lucir la postrera corbatita del abuelo, que en paz descanse. Y yo me admiro siempre del ímpetu alemán: esa cosa que decía Nietzsche sobre llevar lo trascendente a cuestas, y padecerlo, y debilitarse, eso yo lo veo en nuestros intelectuales-fiesteros: vivir con la melancólica convicción de que en el Bar Moderno, hace cincuenta años, bajo la síncopa inescuchable de un saxofonista que no es el Gato Barbieri, entre el humo tejido por cigarrillos deplorables, la gente era más piola, más feliz, menos fascista, menos resignada, menos asceta, más asceta, o más dispuesta a las inclemencias del erotismo y la pasión.

Hace bien cada tanto, irse a Chascomús, por ejemplo, o a Montevideo como me sugiere mi amigo Juan Álvarez Tolosa, cuando fuma embelesado, y darse un baño de vergüenza o realidad. Hágase la experiencia: léanse, por caso, los cuentos sobre la guerrilla de Germán Rozenmacher a principios de los 70’ (les dejo el link a este que estoy vendiendo a ver si me lo saco de encima). Sorpresa: uno reencuentra ahí los mismos motivos vanidosos y egoístas de las clases medias: “sé que había tipos que subieron porque la novia los abandonó o cosas así”, “vos no sos el Ché precisamente… sos un pobre pibe de 23 años que fracasó y cree que los héroes van al cielo y que la revolución es una aventura”. Claro, por esa época, la onda era subir por la selva al absoluto guevarista. Todavía no garpaba armarse una productora. O bien, léanse los cuentos de Abelardo Castillo (este también lo vendo, ahora que trabajo en marketing), para conocer a todas esas boludas existencialistas y jiponas del bar La Paz y esos machitos patriarcales, beodos, repugnantes que las fajan y las celan. Todo, en la Argentina, es una joda. Y no hay ningún motivo para creer que lo que digo es un demérito. Ayuda a sacarse de la cabeza la peregrina idea de que un artículo de Sarlo sobre la teoría del discurso de Habermas en Punto de Vista es algo que reclame mucho fruncir de cejas, mucho devanar de sesos. La Argentina, como sugiere otro amigo, no tiene filósofos, a Dios gracias. Y si algo de esto daña el orgullo patriótico de qué sé yo quién, acá están mis dos bolas. 

Y además, no me entienden.

Antes de hablar de la cosa y de los bares, déjenme enumerarles a la pasada una increíble cantidad de sandeces que hacen tan especial a este país. El francés hablado de Sarmiento, por ejemplo, que nadie, en sus viajes a Francia, jamás le entendió. Su supuesto latín y su griego, aprendidos con gramáticas sanjuaninas… en la década de 1820. El idiota de Echeverría, que como decía un verdadero grande del dislate nacional, Pepe Rosa, volvía de París con el ‘mal del siglo’ en la valija y se encontró con un país de negros y de chanchos. O la traducción que hizo Mitre de la Divina Comedia en una carpa de la guerra del Paraguay. Piensen si no en los orígenes de nuestra sociología: Ramos Mejía y todas sus arbitrariedades preciosas y llenas de rencor personal sobre los guarangos y los compadritos. O en el peor, que es el mejor de todos, Martínez Estrada, haciendo impresionismo al galope, inventando, como los psicóticos, un pecado de origen en el comienzo de la historia nacional. ¿Quién se olvida de esa carta que le envió a Aramburu pidiendo que le pusiera una bomba a Buenos Aires? Hablar de intelectuales en Argentina es hablar de delirio. Ni hablar de todos esos bodrios con afanes metafísicos: el Mito gaucho, el Hombre que está sólo y espera, Historia de una pasión argentina, Comunidad organizada… ¿Cómo podríamos perdonarle a todos los tangos sus letras infames si no fueran verdaderamente infames? No hay nada malo en eso.

Hoy, que estoy tan arbitrario, me parece que toda esa precariedad infinita ha sido la mesa de una enorme fiesta de borrachos a la que agradezco haberme arrimado. Lo argentino es una forma de la amistad: compendiar entre dos imbéciles el universo de la boludez. Y la boludez, que es como un arrebato fuera de lugar, lo que arrasa a contratiempo, como una marea inesperada, el candoroso canturreo de lo civil, debe ser una de las fuerzas mayores de lo que el siglo anterior llamó poesía. Y eso explica la completa legibilidad de un poeta como Zelarayán, que es, a su manera, un resumen de este país:

Pioja (1991)

Rezongado rezongo de palabra renga. Pelo y barro.

La horca... limpita. La horquilla puñalea seis veces por vez.
Puñaladas finas, bien clavadoras...¡Y a la puña!

Arado entierra y desentierra. Peine grueso y fino, suave y
liendre, piojo nomás. No saltona pulga. Roña y sangre.
La piedra aguanta, aguantaraz.

Madera, ¡já! Madera y avispas clavadoras. Una siesta basta.
¿Seguro? La carne sin revés se las arregla. Cae una gota loca.
Dos, tres... A la baba nomás mientras el río corra.

***

Como se entenderá ahora, es algo perfectamente natural volver sobre una pregunta simple tirando a simplona: ¿Qué es la cosa? ¿Qué son esas cosas que deben pasar en Buenos Aires para que nos reconciliemos con nosotros mismos? Una primera definición (spoiler, no hay más): las únicas cosas que merecen el nombre de tales son las cosas malas. Ninguna cosa que se deba hacer puede pertenecer al orden en el que verificamos, blandamente, el almorzar, el dormir, el ir a la pelu o el esperar una interview para un puesto híbrido de copywriter de una agencia que no paga ni en tiempo ni en forma, etc. Una definición de jardín de infantes: hablamos de cosas malas, malísimas, malignas. Si ninguno de nosotros tiene otros secretos, sino los que hablan de sexo, no puede haber otras cosas que deseemos, por fuera de la costumbre, que las que convocan todas las pasiones oscuras del alma. Pero para nosotros el mal es inaccesible.

Según es fácil comprobar, el hombre no es más que un animal de la costumbre que sólo en la fiebre de la urgencia descubre el combustible de la fe. Yo, de hecho, soy el primero en reconocer en mí los efectos benéficos de la disciplina. Cuando salgo de trampa a un bar, por ejemplo, como acostumbro, en el monacal sendero del mal, como un Genet tercer mundista, limpiando de mi vida la llaga de la hipocresía, un error puede llevarme a un bar como Bimbi-Nilo, que es una verdadera desgracia panóptica. Supongamos que, después de los primeros minutos, algo de la líbido sobreviva al cargoseo de los mozos chic y a la congoja que me producen los vinilos. Supongamos que, entre mis partners, se insinuara el estremecimiento del pecado, y la mente se serenara en una rumia arcaica, ocupada en orificios y secreciones. Y la puta madre: en el momento culminante en el que voy a sancionar un acto que me aparte para siempre del círculo de los hombres y la recontrarechota sociedad, viene una mina de marketing de la UP a escracharme sacándome una foto. ¿Qué hacés, hija de puta? Pero qué puedo contra el aplastante propósito de aumentar engagement y traccionar social base vía contenido orgánico. A uno lo entregan, y aparece con la gran cara de boludo de la culpa en el Instagram del bar, y se come un garrón de la gran flauta. O mi pareja que, en compañía de un famosísimo actor argentino y a los efectos de esta nota, se demoraba, la otra noche, en un verdadero devenir-zorra, y padeció iguales mecanismos de vigilancia: y esta vez yo me tuve que comer un garrón de la gran flauta. 

El mal es imposible porque no le concedemos el beneficio de la tiniebla. Habría que decirlo. Una cámara tiene una única función: vigilar. Toda cámara es una cámara de vigilancia. Y en cada bar de Buenos Aires no faltan legiones de community managers dispuestos a ejercer los resortes de la vigilancia. La más siniestra de todas las vigilancias, porque con el más engolosinado entusiasmo se accede a participar. Mala noticia: cuando la ubicuidad de la cámara registra toda la superficie del deseo, va cantando el fin de todo eso que vamos haciendo y diciendo mis dulcísimos chongos y yo en esta difícil marcha, en esta cada vez más difícil marcha que es la vida del delito. 

Donde más estragos hizo, por otra parte, esta última cepa del capitalismo de vigilancia no fue en la hace rato infantil, retrógrada y nula cultura masculina, sino en la mucho más microscópica, insubordinada y tormentosa cultura femenina. El hedonismo y la indolencia conformista de las creativas de este país, por lo general enteramente burn out por cuatro trabajos y consumidoras voraces de guiones de Claude para el 100% de las tareas, apabulla si no es que asusta directamente. Y si uno piensa que, en la Argentina, según encuestas, las mujeres representan casi tres cuartas partes de los graduados en Comunicación Social, Publicidad y Diseño, por vías de una metodología insincera es factible suponer que una sóla clase social monopoliza cerca del 70% de lo que se ve en pantalla en la Argentina. Y yo pienso siempre en materialista: por mi trabajo, frecuento a diario la raíz de lo que hace insufrible a la vida cotidiana. Porque además de las muchas felicidades que el modelaje ha propiciado en mí, por lo demás, en extremo sobria existencia, participo a diario de la principal economía femenina y eminentemente gay: la economía de shooters, creativos, dressers y producers de contenido, que “formaban, como queda dicho, las grandes fracciones del partido del orden” (Carlos Marx, El 18 brumario de Luis Bonaparte, p. 39). Una amiga me decía el otro día que hoy es imposible hacer carrera criminal. Es cierto: lo adjudicaba al número de cámaras de vigilancia en las calles; a la biometría, que deja registro de todo recorrido por la ciudad; a las wallets, que marcan la circulación del dinero. Pienso ahora que se olvidaba del motor principal de la vigilancia, porque como decía alguien: “ahora, el instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de nuestros dueños.” (Post-scriptum sur les sociétés de contrôle)

Asistimos a la más grande exposición universal a función continua, que no respeta noches, ni velos, ni ignorancia. Filmando. Nunca antes tuvo una oficina de control tantas terminales, casi el equivalente de manos socialmente disponibles, a plena luz del día: sin garrotes, sin calabozos. Cada uno de nosotros va con su pesquisa molecular. Vigilando. Cada uno con bonhomía de lindas personas, va saqueando al orden de lo visible todas las formas de lo vago, lo arcaico, lo irracional. Filmando. Vigilando.

Así expulsamos de lo vivible toda posibilidad de mal. ¿Qué maldad te vas a mandar si mañana mismo no hay lugar en el mundo donde no lo adviertan? Por eso, en esta fase capitalista, las mujeres y los trolos somos los brazos armados (de cámaras) del capital. 

***

Concedan acá otro momento para mi nada disimulada afición por la anécdota. Hace algunos meses, un amigo muy querido, colaborador de esta revista, me dijo: “Nosotros, los trolos, antes éramos intelectuales y artistas; ahora escuchamos música para bebés”. Yo, que desde hacía poco había estado leyendo la novela Los jóvenes de Carlos Correas (1952), pensé que la cultura gay o la experiencia homosexual había sido precisamente la primera gran víctima de la omnipresencia de la cámara de vigilancia. Y que como Cristo, hablaba por todos nosotros. Digamos al pasar que, en la novela, los personajes –las “locas” Lagartija Mamadora, Letrina Soñadora, Flor Manchada, etc.– son recorridos por un narrador omnisciente que, enardecido por el deseo, va destilando el tipo de imágenes intensamente surrealistas que convoca usualmente la pasión sexual. Vemos que él podría ser uno más de los personajes, o que los conoce. En un bar que es un sótano del Bajo, los personajes piensan en pijas, las de sus compañeros, que van cayendo con el correr de la noche, y la de los asistentes del bar. Se van calentando y desolando. Sus monólogos interiores reclaman recuerdos fervorosos de viajes y sexo inubicables en tiempo y espacio, y uno termina por perder de vista quién es exactamente el que los convoca. 

Lo importante: en el subsuelo, o la catacumba como la llamaba Perlongher, la homosexualidad puede ser el combustible de una materia literaria sin contornos, en una ebullición de imágenes que replica el letargo acalorado con que se espera, en ascuas, tembloroso, que lo garchen a uno. Todo lo cual se constriñe, fija, regula, controla, cuando se filtran las estrías luminosas de la luz del día en esto que estábamos haciendo.

La pregunta, evidentemente, no es mía: 

“¿Qué pasa con la homosexualidad, si es que ella no vuelve a las catacumbas de las que era tan necesario sacarla…? Ella simplemente se va diluyendo en la vida social, sin llamar más la atención de nadie, o casi nadie.” (Los Devenires minoritarios, p. 114)

Sobre lo que decía mi amigo, no sólo ocurre que el SIDA, como se sabe, haya limado a los mejores; a tipos como el mismo Perlongher, que vivían en constante estado de novedad, en una apertura a la experimentación total, rehusando la vindicación obligada del registro civil y la vida conyugal. Lo que pasa es que, como bien se extrae de la lectura de Correas o de los ensayos de Perlongher, la legalización de la identidad gay, lejos de suponer la irrupción de la orgía en la clara luz del día y la vida civil, implicó la desaparición creciente de una línea de fuga vital y la consiguiente homogeneización de todo un abanico de experiencias bajo el catálogo imperialista de lo gay. 

El abandono del subsuelo como el lugar socialmente disponible para el impulso sexual corrió las tinieblas que diluían las formas concretas, los márgenes ruborizados de los cuerpos, y los sometió a las formas racionales y evidentes de la vida administrada. La esquina de Libertador y Austria, por ejemplo. Porque más allá de la rémora todavía existente de la intolerancia, el problema se plantea en términos de la administración y el control de lo que se llama, pomposamente, los sujetos, y no de represión o disciplinamiento o persecución.  

Todo un discurso cool y friendly de la visibilización reviste artistas más complicadas… Un medio como Dazed (no pienso dirigir tráfico a esa página), la revista británica de lifestyle y fashion “contracultural”, que se dedica a explorar la experiencia de las disidencias, ejecuta, alegremente, en realidad, dos antiguos mecanismos: la vigilancia y la alquimia. 

La liberación de lxs trans, de las mujeres, de las minorías, se traduce en la práctica, en una actividad concreta: desnudar. Desnudar cuerpos trans para revelar su verdad medicalizada: la herida o la cicatriz de las operaciones. Desnudar los entretelones de los cuartos oscuros en los que, como audiencia, me entrometo cual un ojo que va identificando: esto es X, esto es Y, esto es Z… Desnudar, en fin, o modular la experiencia minoritaria bajo el asentimiento general de la vigilancia. Le pongo like. 

Por mucho que se me haga agua a la boca el profit de los estudios de mercado y social listening que deben pagar para atender tan enteramente la vertical del negocio minority driven, alguna zona nada corrupta de mi ser se conmueve cuando veo tantos cuerpos capturados desde la ciénaga en que se frotan, desdibujados, en el bochorno y el escándalo de la orgía, y son expuestos a la fría luz pública, a la cultura oficial de la imagen, a la superficie de lo estadístico y lo calculable. Expuestos y transformados, en todo su antiguo horror que indignaba a la mierda moralista de la sociedad cristiana como lo hacen los monstruos, en assets de lujo para el consumo de millonarios y wannabes aceleracionistas de la Ciudad de Dite de la moda. Oro no rayó así flamante grana. La alquimia de la vigilancia, que vuelve oro quieto la monstruosidad (y uso esta palabra en el sentido más reivindicativo y triunfal imaginable). “La decadencia sería romántica si no fuese tan transparente, tan obscena en su traslucidez de polietileno alcanforado” (ibid. p.106)

***

Obligado por mi otro trabajo, me toca a menudo tratar con las más recientes y fabulosas novedades de esta época de vigilancia total. Del abanico de criaturas que Dios guarnece bajo su palma, mis clientes son digamos de genio mefistofélico, y de la cosecha de su ingenio, yo voy registrando los frutos mejores. 

Como, por ejemplo, el otro día, que me introdujeron un software de procesamiento de datos personales para la construcción de clones digitales de toda la población de cierta provincia con el fin vender informes de predicción de conductas electorales, pero por qué no, comerciales, recreacionales, anales, literarias y literales… Las retribuciones que paga este tipo por servicios como el que le vendimos las dedico por lo general al sostén de emprendimientos como Soja.

En todo caso, conviene ir cerrando antes de que se pierda el punto.

A menos que se escriba en la revista Los Años 20, uno puede dedicar su atención a objetos que todavía no revisten dignidad. Alain Badiou, en un libro que se llamó El siglo, hablaba de un “siglo que se pensara a sí mismo”. Si uno cuenta con el formidable antecedente de que lo haya hecho un francés, entonces cabe preguntarse ahora por un bar que se pensara a sí mismo. 

Hay una tarea grande para un gran bar nacional que se piense a sí mismo. Esa tarea es: no filmar, no capturar, no vigilar. Cubrir con un velo las formas visibles de los cuerpos. Y hay algo grande también: no contratar ni a unx de esa Gestapo de taradxs que con sus camaritas en mano seccionan el deseo, ordenan las formas monstruosas que debería amparar el caos indiferenciado.

Como decía jocosamente otro de mis amigos: yo, entre Cabezas y Yabrán, me quedo con Yabrán.

De todas maneras, en lo personal diría, y ya con veleidades de escritor, que yo ni al espacio aspiro. Dame antes que un bar una ínfima murga de pueblo, porque ahí, atrás de una tapia, donde no alcanza el sesgo de las luces de bromuro naranjas, ahí hay dos o tres, o un carnaval de varios, que se buscan sin reconocerse, que andan como bandidos celestes, soñando con grandes escupideras repletas de purpurina, y coros de angelitos reputos que llaman a una Belén de pijazos, y llevan consigo el canto que se escuchó brotar cuando, al concluir el primer día, el sol fue recibido por el mar.

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