Parte I: La historia según Javier Milei

El siguiente es un bosquejo de la historia Argentina según el presidente Javier Milei: en 1852 se publicó un libro sentando las bases del liberalismo en el país, lo que lo llevó a ser una próspera potencia mundial en la primera mitad del siglo XX. Después llegó al poder un embaucador con su séquito de sátrapas que bastardearon con su demagogia las bases de la prosperidad. La idea pareciera ser que, tras una sucesión turbulenta de décadas, hubo un intento accidentado de reorganizar el país, que adoleció de ciertos excesos. Después hubo 40 años de peronismo que llevaron a una debacle económica y social, así como moral y estética. En 2023, sin embargo, llegó él mismo, con un mandato tanto popular como celestial de recuperar la grandeza perdida, purgar el país para el disfrute de los argentinos de bien y terminar con la corrupción.. Hoy nos encontraríamos en este punto de purificación, digamos, casi espiritual. En el futuro (un par de meses, unos cuantos años, algunas décadas o, quizás, medio siglo), esta historia terminará con la recuperación e incluso superación de la prosperidad perdida, sacando a la Argentina del montón de sudacas que la rodean y posicionándola otra vez en la liga de faros mundiales del progreso y la libertad.

El licenciado Milei no es, por supuesto, historiador, y tampoco ha ofrecido una exposición sistemática de su visión histórica en ninguna declaración pública. Esta reconstrucción es un pastiche de afirmaciones y figuras retóricas enunciadas en declaraciones de diversa índole tanto en su campaña presidencial como durante su ejercicio en el cargo. A pesar de la poca sistematicidad, podemos ver que el presidente tiene, igualmente, una narrativa coherente, que no sin razón muchos consideran parte importante de su éxito político. Esta coherencia, en todo caso, está comenzando a volverse más temblorosa, y los esfuerzos por sostenerla públicamente dan cada vez más vergüenza ajena. Al hablar sobre política hoy en día, los expertos, periodistas y opinólogos utilizan con mucha frecuencia (demasiada frecuencia) la palabra “narrativa”. Las elecciones se ganan o se pierden por las narrativas de campaña, los conflictos territoriales se explican en términos de narrativas en disputa. Solo algunos ejemplos locales y recientes: Una nota de Perfil1 sobre el discurso del presidente para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso explica su agresividad como una estrategia para sostener su narrativa por medio de la identificación de un adversario. Una nota de La Nación2 de fines del 2025 habla sobre los triunfos electorales del gobierno como elementos de una narrativa optimista, pero también de las preocupaciones económicas como signos de pregunta en esas narrativas. 

Es notable el uso de la noción de narrativa para explicar momentos de crisis y de disonancias entre el discurso y la acción; se habla de narrativas en disputa o de rupturas narrativas. Los escándalos más recientes del gobierno no serían, de acuerdo con esto, meros casos de corrupción (que en Argentina no escasean), sino elementos que ponen en tensión las narrativas oficialistas. También se ha hablado en estos términos de las contradicciones entre el discurso liberal de Estado ínfimo con la realpolitik intervencionista.3 Y podríamos entender las actuales penas del peronismo como un vacío narrativo en que el relato de los últimos años ya está muerto y no ha surgido ninguno nuevo para reemplazarlo.4 Volveremos sobre esto.

El gobierno de Milei está, a solo dos años de su ejercicio, en un momento en que la narrativa que lo elevó y le ganó las elecciones está flaqueando: los escándalos muestran que la narrativa “anticasta” es incompatible con sus propias acciones. El arco no es tan diferente al que atravesó en su momento el kirchnerismo, que pasó de la fuerte voluntad estatista y de la promesa de una distribución abundante y popular del bienestar, a ser, con el Líder Supremo Alberto Fernández, un mero esfuerzo por administrar la decadencia de un estado de bienestar en el que estar bien era dudoso. 

¿Què es una narrativa?

Una narrativa es un discurso que establece una secuencia de eventos en el tiempo, identificando un inicio, un desarrollo y un final. En la asignación de estas funciones del relato, la narrativa logra coherencia suprimiendo o enfatizando ciertos eventos. Por decir un par de obviedades: el presidente parece olvidar que, en esos 40 años de peronismo, nos veríamos en rigor obligados a contar la gestión económica de su colega Cavallo o el gobierno de Mauricio Macri. Pero esto significaría admitir que el mundo no está poblado por héroes y fuerzas malignas sino por seres humanos. Las narrativas son coherentes, el mundo es más complejo. 

Una narrativa no es una mera “visión del mundo” ni la “descripción de un proceso” potencialmente proyectable al futuro, porque la política no es un juego de describir sino de contar historias. Lo distintivo de las narrativas es la centralidad que tiene en ellas la agencia humana. Tienen personajes, héroes y villanos, y son sus acciones las que motorizan el avance de la historia.  Milei habla de un elenco de villanos cuyas acciones han tenido como consecuencia el declive económico y político del país, y de un héroe que promete actuar para vencer a los malevos, revertir el declive y Hacer A Argentina Grande Otra Vez. 

La coherencia sirve para justificar determinadas acciones. Las narrativas políticas, a diferencia de las históricas, suelen poner su final en algún punto en el futuro. Si queremos ser Alemania dentro de 30 años, tenemos que hacer las acciones que forman parte del relato coherente que termina de esa manera. Otras acciones nos exponen al riesgo de estar viviendo cuentos que tienen finales alternativos, como ser Venezuela, Cuba o, peor, Argentina. Desfinanciar las universidades públicas es una acción coherente con el relato que termina en un mundo en que el gasto estatal es mínimo; que el Presidente de la Nación, en uso de sus facultades constitucionales, legales y mentales, cante El Rock del Gato en vivo es coherente con el relato de la extinción de la casta de políticos tradicionales. Etcétera.

Además, las narrativas constituyen y les dan identidad a las comunidades por el reconocimiento de historias compartidas. Esto constituye a ciertos grupos como actores unificados capaces de influir en el curso de la historia. Permite a los individuos, como dice un lugar común, reconocerse como parte de algo más grande, conectar sus propias historias de vida con La Historia (con H mayúscula), para que no sean meros observadores de contingencias o procesos bajo el control de otros.

Una campaña como la que hizo Milei en 2023 implicaba que los votantes tenían una elección no entre dos candidatos, sino entre la coherencia de dos narrativas diferentes: una historia trágica de decadencia, déficit fiscal y vedettes en la Casa Rosada, o una historia romántica de prosperidad económica, gloria y vedettes en el Congreso. Por la construcción de una narrativa, el acto de votar por un proyecto político se redescribe como un ejercicio de la agencia humana para influir en el curso de La Historia.

Mostrar la hilacha

El presidente Javier Milei, por su parte, tendría que saber que una narrativa no lo puede todo. Dicho de otra forma, hay que ver hasta qué punto la coherencia de un relato es verosímil, hasta qué punto las narrativas pueden ocultar sus costuras. Mirando al otro lado de Los Andes, la recientemente terminada presidencia de Gabriel Boric en Chile es un buen ejemplo. Asumiendo con una épica de renovación y nuevos aires en la administración del país después de 30 años de neoliberalismo desenfrenado, tenía como evento fundamental para su coherencia narrativa el cambio de la Constitución Nacional. Cuando este proyecto fracasó (de manera bastante patética, dicho sea de paso), el relato que nos contaba Boric perdió su coherencia, dejando el recuerdo todavía amargo de una gestión cuando menos mediocre. 

Milei tendría que preguntarse, por ejemplo, qué tan coherente es una narrativa de lucha contra la corrupción con la promoción (o difusión) de una criptoestafa. Lo mismo valió respecto del respaldo prolongado a Manuel Adorni en escándalos que no hacían más que aumentar. La pregunta más acuciante es cuánto aguanta la tensión una narrativa contra la política tradicional con un despliegue de las conductas más reprochables de la política; una narrativa de reducción extrema del Estado con varios episodios de manual de intervención estatal; o una narrativa de ultra-prosperidad híper-lujosa con la que ganó las elecciones con la actual insistencia en una austeridad extrema.

Cuando las denuncias como “el congreso está lleno de ratas” o “la casta está intentando proteger sus privilegios”, se vuelven demasiado burdas a la luz de los hechos, se corre el riesgo de un estallido interno. Pero es mucho más fácil para el ciudadano de a pie cambiar las narrativas épicas por narrativas más humildes: el tipo no salvó al país de la corrupción pero bajó la inflación, tarea casi tan hercúlea. Las acciones cotidianas que mantienen la coherencia de ambos relatos son, por lo pronto, más o menos las mismas: apoyar al oficialismo, pelear con quien corresponda en la mesa familiar y cumplir cada cuatro años. Al fin y al cabo ¿vas a votar a los K? De todas maneras, la continuidad de un proyecto político difícilmente puede sobrevivir con campañas basadas en narrativas oficiales que dejaron de estar en sintonía con las que cuentan los votantes. Habrá que ver en 2027 si el gobierno es capaz de construir una narrativa coherente que convoque a quienes se sintieron convocados por la epopeya disruptiva que fue tan efectiva en 2023.

Parte II: pesimismo progre

La pregunta que toda esta cuestión me despierta es la que les quita el sueño a todos: si de acá a 2027 nosotros somos capaces de construir una narrativa coherente que convoque a alguien.

Y acá salta de manera burlesca la palabra “nosotros”. Como están las cosas no creo que sea controversial intentar una definición por la negativa: varios podríamos aceptar sin problemas ser oposición al gobierno de Milei. Pero ¿hay una oposición al gobierno de Milei con una identidad propia más o menos afirmativa? ¿Hay algún proyecto político  más o menos afirmativo que sirva como alternativa realista al actual?

La desazón que sufre la oposición al gobierno libertario es la versión local de un hecho global. Como todos saben, el contexto internacional está signado por el avance de políticas neoconservadoras, y no aparece ningún proyecto político que se presente como una alternativa afirmativa y no meramente oposicional a este avance. Sin dudas, nosotros estamos en contra de todo eso, pero vuelve la pregunta, ¿quiénes somos nosotros?, y ¿qué puede hacer un nosotros sin identidad?

¿Corresponde hablar de la proverbial izquierda? Si bien su fragmentación estuvo en una época unificada bajo la tercera internacional, el apoyo a la URSS o el acuerdo en un proyecto socioeconómico similar, hoy en día lo único que queda de ella es esa fragmentación. ¿Corresponde hablar de peronismo, entonces? Hay que resistir la tentación profundamente argentina de exportar nuestras categorías al escenario global, que también involucra el riesgo de aislarse y fortalecer la impotencia. ¿Corresponde hablar de republicanos, entonces? ¿De liberales? Los términos liberals y republicans del norte demuestran ser vocablos tan vacíos que, dependiendo de dónde se usen, significan cosas completamente opuestas.

¿Habría que hablar de progresistas? El término se usa hoy de manera mayoritariamente peyorativa. Pero tras su vaga defensa de todo lo que es bueno y su igualmente difuso pero férreo rechazo de todo lo que es malo, tiene una idea de la sucesión de eventos a lo largo del tiempo que puede servir como base para escribir una narrativa: el famoso progreso. Habiendo superado en el siglo XX la ilusión del Progreso con P mayúscula, el término “progre” se usa hoy, no siempre de manera bienintencionada, para describir posiciones relacionadas con la justicia social, políticas afirmativas de inclusión y misericordia para los condenados de la tierra. Hablar de estas nociones como un “progreso” fija una narrativa en la que el pasado estuvo marcado por formas de discriminación e injusticia, el presente se volvió más inclusivo y el futuro debería serlo todavía más, desplegando un avance moral de la humanidad, etcétera.

Un acuerdo minimalista respecto a estos valores parecería ser plausible para constituir un “nosotros” cuya identidad sea tan vaga como la sensación de su existencia. Pero a primera vista no me convence, como, más o menos, ya casi no convence a nadie. Dejando de lado que el término “progresista” ha tomado los últimos años un tinte burlesco para referirse a una defensa insustancial, mayoritariamente estética, de políticas identitarias igualmente insustanciales y estéticas, hay dos problemas a los fines de marcar este difuso “nosotros” como progresista. 

Primero, el progresismo es muy heterogéneo. Hay, por un lado, variantes más sustantivas del progresismo asociadas a formas de vida concretas y a la acción afirmativa para su protección y florecimiento; por otro lado, hay versiones minimalistas del progresismo asociadas a las libertades individuales y la igualdad formal ante la ley. Podemos asociar estas corrientes, respectivamente, a diferentes formas del socialismo y el sector más a la izquierda del peronismo, y al liberalismo de izquierda por la otra parte.5 El contraste es tan marcado que ell reconocimiento de ambos lados como parte de un mismo grupo parece difícil; pero este es solo otro síntoma de la creciente fragmentación y tribalización de nuestro escenario político.

Segundo, en el último puñado de décadas quedó claro que ninguna narrativa de progreso dura mucho tiempo sin mostrar sus costuras, por más que los muchachos de Silicon Valley, último bastión de la teleología, traten de convencernos de lo contrario con computadoras que nos traerán revoluciones industriales cada fin de quincena y con neurochips que nos permitirán abandonar finalmente el barro de lo bestial.

Un fantasma recorre Argentina…

El problema de hablar de un nosotros progresista es que ya no hay una narrativa que constituya semejante comunidad. Reconocemos que ha habido ciertos eventos a nivel global ante los que hemos subido un dedito para arriba, y otros tantos respecto a los que hemos bajado un dedito para abajo. Lo que no entra más en la ecuación es la agencia propia. Somos meros observadores del curso de la historia, nuestras narrativas se derrumbaron  y no sabemos cómo construir el mundo que deseamos.

Una narrativa, dijimos, pone de manifiesto la agencia humana. La historia de un héroe es la historia de un ser humano, y nos muestra la manera en que el mundo que habitamos fue construido por manos humanas y puede ser modificado por manos humanas. Pero todos los que nos sentimos como parte de una oposición al reaccionarismo lo hacemos con pesimismo, no con la convicción de que está en nuestras manos hacer algo al respecto, porque nuestras manos no son parte de esta historia. No tenemos una narrativa que nos ponga como protagonistas de una historia que tenga una resolución que nosotros hayamos ayudado a realizar.

Enzo Traverso, entre otros, ha declarado la muerte del pensamiento utópico, y es un diagnóstico obviamente acertado.6 Pero el núcleo de este pesimismo no está en la incapacidad de imaginar mundos alternativos (digamos, con ternura, “mundos mejores”), sino más bien en la incapacidad para escribir historias que conecten nuestro presente con esos futuros posibles.

Quizás esta sea la esencia del albertismo: contar sombras de historias, narrativas vacías que ya no tienen la pretensión de ver al mundo como un lugar en donde la propia agencia pueda hacer la diferencia; acreditarse la muerte del patriarcado; declararle la guerra a la inflación como Calígula se la declaró al mar; rememorar con no poca nostalgia el tiempo en que supimos contar historias hermosas sobre un personaje que ahora está muerto y ya no puede actuar en el teatro del mundo.

Este pesimismo progre se vuelve fatalista cuando caemos en la cuenta de que hay un futuro que está siendo gestado por otros actores en el presente, que el curso de la historia está siendo guiado por manos que no son las nuestras, que los grandes hombres hegelianos hoy día usan varias camperas de cuero y bronceador en aerosol. Nosotros solo miramos.

En las narrativas se consolida la agencia humana. La falta de narrativas alternativas a las reaccionarias y neoconservadoras implica a su vez la incapacidad de sujetos anti-reaccionarios, colectivos o individuales, de surgir y actuar de manera afirmativa. Este nosotros fantasmagórico no tiene más identidad que la de un villano casi derrotado de una historia ajena, y no puede dedicarse más que a la descripción y al diagnóstico, manifestado en la proliferación onanista de piezas de opinión, de su propia incapacidad para elaborar proyectos políticos y para escribir narrativas que puedan realizarse.

Parte III: la vista desde el fin de la historia

La desazón generada por esta situación no es la de una mera derrota política. La política, al fin y al cabo, siempre tiene vaivenes: quienes hoy están abajo mañana podrían estar arriba; los últimos serán los primeros, como dijo alguna vez un carpintero. Este principio, de hecho, es narrativamente capitalizable: ¿no nos hemos cansado de escuchar discursos políticos que alegan la humillación pasada del grupo propio como razón para esperar una victoria adeudada por la historia?

Primera pregunta: ¿por qué perdimos, entonces, la capacidad de contar historias? Algunos recordarán que a fines del siglo pasado se terminó la historia, y su final ciertamente no careció de épica, aunque tampoco de cierto patetismo en lo que siguió. El progresismo, o al menos una versión de él, ganó la historia. Obtuvo su victoria a cambio de vaciarse narrativamente. La victoria política de fin de siglo fue enmarcada como el final romántico de una narrativa: los enemigos del liberalismo fueron reducidos a poco más que una mancha en la historia como en la cabeza de Gorbachov. El progresismo políticamente exitoso dejó de tener la necesidad de construir narrativas que reafirmen su agencia porque ya había alcanzado su futuro deseado. Lo único que quedaba era administrar lo logrado, y emparejar los bordes. La política dejó de ser una práctica narrativa para convertirse en la más noble y elevada de las manifestaciones del espíritu humano: burocracia.

Por supuesto que hubo buena parte de ornamentación en todo este asunto, pero si revisamos un elenco reciente y cercano compuesto por Boric, Macron, Biden y Alberto Fernández no vemos héroes de ninguna narrativa sino administrativos del fin del mundo. El “Fin de la Historia” fue más bien el fin de las historias porque se volvió innecesario contar más relatos para gobernar.

Ciertamente, la historia no es tan sencilla y las narrativas progresistas no murieron inmediatamente. Algunas incluso disfrutaron durante un tiempo de éxito político. En Argentina dicen que ganamos durante una década, en Bolivia hubo una experiencia humilde y enternecedora, e incluso en Brasil sigue resistiendo el compañero presidente Inacio “Lula” Da Silva. Sea como sea, todos asumimos, más o menos, que la fiesta se acabó y que estamos pagando la cuenta; ¡Epa! ¿Qué rompimos?

En fin, a medida que el progresismo se fue vaciando narrativamente, sus versiones màs afirmativas fueron aguantando persistentes frustraciones hasta llegar a donde estamos hoy; ninguna de las narrativas en las que podamos inscribir de manera verosímil el presente y el futuro terminan bien para los inmigrantes, los pobres, la clase media, las minorías sexuales, las minorías raciales, las personas con discapacidad, la autonomía corporal de las mujeres, los glaciares, los pingüinos, los países con petróleo y los niños del Chaco. Además, es más o menos evidente que los derechos ganados, la equidad distributiva de recursos, la tolerancia a más formas de vida y las libertades positivas no aumentan de manera lineal ni acumulativa, con lo cual cualquier idea de progreso está agotada. Quien sea optimista hoy en día es ignorante o imbécil. El futuro parece ser de los pillos, los patanes y los malditos.

La tesis del fin de la historia estuvo mal formulada: la victoria del progresismo en los 90 trajo el diagnóstico triunfalista de que no quedan enemigos imaginables y, por lo tanto, no quedan más historias interesantes para contar. Pero estos son los tiempos de monstruos gramscianos y de enemigos inimaginables que nos encuentran con nuestras armas romas o envainadas.

¿Y entonces?

Segunda pregunta: ¿qué podemos hacer al respecto? La respuesta es frustrante por lo circular: volver a escribir narrativas. Por mi parte, las apelaciones a la “agencia humana” me generan ciertos escrúpulos por caminar demasiado cerca de la “naturaleza humana”. Mientras tanto, algún salame en tiktok dice cualquier cosa y le ofrecen puestos de asesoría en palacios de gobierno a lo largo del mundo. La narración no es el descubrimiento de una naturaleza humana sino la construcción de la agencia. Lo sustancial no es una característica del mundo sino de las narrativas.

La vista desde el fin de las historias parecía siempre inenarrable… pero la historia sigue y han llegado otros narradores. Así que si la actual oposición pretende ganar las elecciones el 2027 es necesario que ponga ya mismo a todas las plumas de Puan y del Instituto Patria a escribir cuentos. No basta con sentarse a esperar que el gobierno acumule escándalos hasta colapsar por el desgaste de su narrativa. En realidad las narrativas más humildes pueden llegar a soportar mucho peso si es necesario. Cualquier oposición al neoconservadurismo que pretenda ser políticamente relevante hoy en día debe volver a jugar con la pelota que se usa en la cancha de la política: la narrativa.

Un fantasma recorre Argentina, pero un fantasma es un muerto. Yo, en cualquier caso, creo en la reencarnación.

  1. https://www.perfil.com/noticias/politica/mas-de-20-insultos-diferentes-y-el-anuncio-de-una-nueva-arquitectura-institucional-el-discurso-de-javier-milei-en-el-congreso.phtml?register=google ↩︎
  2. https://www.lanacion.com.ar/politica/milei-con-la-mira-en-2027-pero-antes-espera-2026-nid28122025/ ↩︎
  3. https://www.pagina12.com.ar/2026/01/22/discurso-por-un-lado-realidad-por-otro/ ↩︎
  4. Un ejemplo de este argumento es la siguiente nota de La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-peronismo-y-una-crisis-de-liderazgo-y-de-narrativa-nid06032026/ ↩︎
  5. Esta distinción, además, responde a la clásica diferencia entre libertad positiva y libertad negativa, pero no es necesario que metamos al señor Berlin en esto. ↩︎
  6. Traverso, E. (2018) Melancolía de Izquierda. Fondo de Cultura Económica. ↩︎

Una respuesta a «¿De qué hablamos cuando hablamos de narrativa?»

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