Las moscas caminan sobre mí y yo no tengo fuerzas para espantarlas, nadie más espantada que yo, más empantanada, con mis hermosos sentimientos y mi fabulosa sensibilidad
ALEJANDRA PIZARNIK
Llega una mosca y se posa en su boca
Y, sin embargo, mi mundo termina en ella
PATRICIO REY Y SUS REDONDDITOS DE RICOTA
La primera vez que leí a Pizarnik fue a través de una placa de Pinterest de fondo gris, escrita en Times New Roman: «Qué fácil callar, ser serena y objetiva con los seres que no me interesan verdaderamente, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan… Allí está la cuestión absurda: soy una convulsión.» Al lado, una decoración de flores a media muerte. Me sentí identificada tan rápidamente, yo también creía (o quería creer) que mi intensidad era una forma de verdad bella y no una forma torpe, incluso grosera, de herir. Empecé a buscar en librerías, pregunté por Pizarnik, recorrí mesas de poesía y vidrieras de autoayuda, hasta que encontré su Prosa completa. Y esa misma noche gracias a internet también conseguí un PDF de los Diarios, aún en su versión recortada de quinientas páginas (la mitad de lo que sería, luego, la edición ampliada). Leí desvelada, saqué capturas de pantalla en mi teléfono y subí a Instagram lo que ponía palabras a mi desamor del momento. «Te preocupas por no decirte que a veces, en verdad todos los días, en verdad a toda hora, recibir un gesto de ternura no te disgustaría demasiado. Pero jamás le pedirás ese gesto. No por orgullo sino porque comprendes que se trata de un deseo fósil. De manera que sólo tú sabes que tu vida depende de un gesto.» Leí largamente durante días y así a través de los años, encontré a otrxs que también la seguían de cerca, acumulé sus libros en mi biblioteca, con las esquinas dobladas y mis subrayados erráticos.
Vuelvo ahora a algunas páginas y me doy cuenta de que esa cita que me había convocado (…soy una convulsión) era, en realidad, un texto más largo y menos romántico de lo que creía:
Viernes, 14 de febrero
(…) soy una convulsión, un grito, sangre aullando. De allí proviene mi imposibilidad absoluta para sustentar mi amistad con alguien mediante una comunicación profunda y armoniosa. Tanto me doy, me fatigo, me arrastro y me desgasto que no veo el instante de «liberarme» de esa prisión tan querida. Y si no llega mi propio cansancio, llega el del otro, hastiado ya de tanta exaltación y presunta genialidad, y se va en busca de alguien que sea como soy yo con la gente que no me interesa.
El fragmento que en Pinterest parecía decir «soy intensa porque amo demasiado», decía otra cosa, hablaba de una inadecuación, de una forma de destrucción del vínculo, de una épica personal que se torna un padecimiento incluso para quien la ejerce. El fragmento recortado permitía la identificación, la entrada entera me obligaba a mirarme con un poco de asco. Porque la convulsión de Alejandra no era una palabra que nombrara una sensibilidad, ni una linda coartada para el exceso sentimental. Tampoco la muestra de que una siente más que los demás. Es, en realidad, una fuerza sobrenatural que arrasa en su pedido de amor y, al pedirlo, lo vuelve imposible. Anhela la comunicación más profunda, pero la aprisiona y la fatiga. La convulsión es la organización de la herida pizarnikiana. La idea vuelve siempre, aunque con otras palabras (siempre tan precisas), en los deseos de desaparecer, en el cansancio de estar viva, en su manera de mirar los vínculos, cada relación ya con su muerte inscrita. Vuelve cuando anota que S.O. le dice que inspira a que los demás la abandonen y se frustren. «Nada más cierto. La enemiga más poderosa que tengo es la traidora que soy yo.» Pienso ahora esa placa de Pinterest, si sería posible, aunque habría que hacerla mucho más fea, más trash o monstruosa. La frase no sirve tanto más que para decir «participo de mi abandono», «produzco la escena que después padezco», «soy la víctima y la agente secreta de mi propia expulsión». Alejandra sufre y erosiona todo a su paso. Esa es la parte que lo virtual debe recortar porque arruina la simpatía. Nadie quiere ponerse de fondo de pantalla a la traidora que es una misma.

Es que lo que nos agarra con Pizarnik, al principio, rara vez comienza por un amor ilustrado a su literatura, a su construcción del lenguaje, al trabajo con el silencio o la economía del verso, que puede llegar después, cuando ya pasó el primer embrujo o cuando una aprendió a disimularlo mejor. Lo primero es otra cosa, más una sensación de acceso, de puerta secreta. La idea de que hay alguien, quizá, en algún lugar, que padeció con la misma desesperación con la que nosotras respirábamos. Entonces Alejandra, para una chica, más que una escritora, es un cuarto al que entramos a oscuras con el corazón hecho un nudo, la lectura convertida en un espionaje íntimo permitido, deseando que al abrir un libro podamos, por fin, abrir a alguien.
A los diecisiete, con profundos deseos de aniquilación, Pizarnik se lee cual invocación. Llega por una rendija, una frase cortada en el momento justo que se queda pegada a nosotras. A los diecisiete se quiere estar peor pero con razón, peor pero con sentido, peor pero con un buen pasaje de un buen libro: Demián, La insoportable levedad del ser y Pizarnik, que aparece tras bambalinas en el teatro histérico adolescente, una amiga imposible, que no contradice, tampoco aconseja. Y no se va. Está siempre dispuesta porque está muerta en su obra, lo ha dejado todo dicho. Escribe «Lo espero y no viene», pensamos tal cual, hermana. La frase corta es el paso más fácil, el recorte más devastador. El fragmento verdadero corta y deja sangre, el otro vuelve la obra un set de líneas portátiles para pegar sobre la propia vida vuelta carpeta de escuela y el dolor, una figurita. Pizarnik-oráculo: qué frase de los diarios sos según tu cumpleaños, qué Pizarnik te toca hoy, qué línea te define esta semana, qué fragmento te salva, qué pedazo te representa.
Las chicas Pizarnik aprendimos un idioma de pertenencia armado con citas, extractos, capturas. En vez de leer, elegimos una frase con el mismo gesto con que se elige un filtro de Instagram. La tristeza con marco. El dolor en cursiva con una flor marchita al lado. «Le dije cuanto había en mi corazón. Por eso huyó», «Quiero nadar desnuda en tu sangre», «Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones», «Te odio, te necesito, ven a vivir conmigo, hagamos juntos el odio, el amor, lo que tú quieras pero juntos», «No quiero ir nada más que hasta el fondo». Y más flores marchitas.
Pero también hay otra Pizarnik que cuesta más pegar en una placa, una menos abarcable, más difícil de convertir en estampita. En los últimos textos, en Sala de psicopatología, en los Escritos de sombra, la frase aunque puede aparecer breve, se desborda, está sucia. Habla demasiado y a la vez pierde el habla. Pide silencio, pero «lo peor es que también el silencio la traicionaba». Alguien dice: «Es porque el silencio no existe». El jardín, las voces, la escritura, el silencio, cuatro palabras que arman una poética que está pudriéndose en vida. «No hago otra cosa que buscar y no encontrar. Así pierdo las noches.» El silencio, que nosotras leemos como refugio, es la imposibilidad. «Por más que hable no encuentro silencio.» «Ya no sé hablar. ¿Con quién?» «Cuando hablas no se entiende nada.» Pizarnik en sus últimas palabras es una boca abierta que no encuentra descanso y desarma el mito de la poeta del silencio. Hay hambre en esa boca, ruido, exposición, una lengua que no consigue aniquilarse aún.
Ahí, en esos últimos versos, aparecen la obscenidad, la furia, la comicidad negra, el sexo, la pija, la concha. «Hablo de la concha y hablo de la muerte», «Era su pija parada como un pájaro que está por llover, parada para recibirla a ella», escribe. Todo es lengüeteo, mineta, roña, pelos «como de rabinos desaseados», mediquitos de la 18 que besan al leproso pero no se casarían con él (con ella). Una inmersión en lo bajo y en lo oscuro, esa Pizarnik es más difícil de amar, ya no permite quedarse en la pequeña triste, la amiga muerta, la muchacha delicada del verso elíptico. Hay algo casi caníbal en esos textos, una escritura que se mastica a sí misma, que exhibe los restos, que deja sobre la mesa de luz el cuerpo de la literatura y el cuerpo de Alejandra mezclados hasta volverse indiscernibles.
El mayor destiempo entre la poeta y sus lectoras, que entramos a Pizarnik buscando un lugar al que ir y volver (un cuarto, una frase, una prueba); la autora, en cambio, escribe cada vez más cerca de una cueva sin retorno. Nosotras volvemos al libro; ella escribe como quien ya no sabe si hay vuelta del habla y del silencio. Nosotras queremos refugio en una obra que, hacia el final, empieza a comportarse menos como refugio que como intemperie. Queremos que Pizarnik nos reciba y Pizarnik deja, en cambio, una boca abierta, una sala, un jardín visto desde el borde, una frase triste, hasta el fondo: «sólo vine a ver el jardín». Ella se come a sí misma en la escritura y después quedamos nosotras, lectoras tardías, devorando los restos de su vida, su literatura, cuadernos, papeles, la sombra, la concha, la muerte. Todo servido, marcado. Todo disponible y, al mismo tiempo, cada vez menos legible para la fácil identificación.
Escribir un diario es disecarse como si ya se estuviese muerta
Leer sus diarios «sin censura», finalmente ampliados y «corregidos» con esa promesa ensuciada de marketing literario y de morbo seudointelectual, se parece más a robar. A revisar, como lo hicieron sus biógrafas, sus cuadernillos, sus cartas, su obra de teatro, su ensayo, sus libros de poesía, sus dibujos, sus borradores, su último pizarrón y cualquier papel que haya quedado arrugado. Una quiere tenerla de verdad, hasta que la vida parezca más legible que el poema. Como sabe Cristina Piña, «hablar de ella fue como profanar el tótem de una secta secreta». Su Biografía de un mito, incluso en su afán de ordenar el archivo y devolverle complejidad, habla a la vez que se delata a sí misma. Dice que viene a husmear en la vida poco convencional de Alejandra, en todo lo que parecía faltar. Ahí la promesa de conocimiento se vuelve algo más parecido al tacto, separar materiales con guantes blancos y manos ansiosas. Quiere entender, dice, y ser fiel en su reconstrucción. Y en algún punto su fidelidad también desea abrir una cerradura ya rota.
El deseo pornográfico de saber más, pornográfico no tanto por sexual (o sí, también), más por codicioso, por obsceno, por metiche en su mirada que lo quiere todo, siempre un poco más, insaciable. Con Alejandra el poema no alcanza, entonces vamos a los Diarios, y dentro de los cuadernos, tampoco todo: lo corto, lo más corto. La entrada mínima, frase de confesión, que puede arrancarse sin llevar la página entera.
Miércoles, 10 de abril.
Aun así, falta la ternura. Se la necesita.Viernes, 25 de octubre.
Es necesario olvidarse de todos.5 de diciembre.
Estoy peor que anteayer. He llorado mucho. Estoy sola, dolorida. No veo camino para mí. Y todos me han abandonado.23 de septiembre.
Todo lo humano me es ajeno.
A veces el diario parece entregarse. Ahí está, por ejemplo, el aborto, ofrecido en la biografía con todo el decorado de la desgracia padecida, la vuelta a la pieza con la cama sin hacer, aún la luz encendida. Sólo un vaso semivacío cerca del libro de poesía en francés, los barbitúricos, la soledad alimentada. Una escena perfecta para que la lectora pizarnikiana haga lo suyo, es decir, para que convierta el dolor físico en estación obligatoria de la poeta maldita, para que anote otro casillero en el santoral negro de Alejandra. Pero ella escribe:
He tratado de hacer mío lo sucedido. Me he dicho, me lo dije recién: Puesto que he sufrido tanto no volveré a reincidir. Pensando después en la experiencia del sufrimiento y en lo depresivo —para mí— de mi urgencia por rotular. Puesto que he sufrido debiera comprender mejor, no caer en los errores u horrores antiguos, etc. Pero no sé qué me obliga a incluir un aborto entre las grandes experiencias del dolor. Fue un dolor físico espantoso, de acuerdo, pero ¿por qué me habrá de traer la sabiduría? No. Sabiduría, no. Lucidez. O al menos prudencia.
Ese «Sabiduría, no» habría que escribirlo en la tapa de toda lectura pizarnikiana. Ahí Pizarnik no aprende ninguna lección profunda que la lectora quiere cobrarle al sufrimiento, no deja que el cuerpo se convierta tan fácil en metáfora. Desconfía de la experiencia vuelta capital literario. Y esa urgencia nuestra por ponerle nombre a todo, como ella, por rotular, por transformar cada golpe en un capítulo, cada herida en una iluminación, cada aborto en una «gran experiencia del dolor». Lucidez, dice. O al menos prudencia. Ahí es seca, casi antipizarnikiana para quienes la prefieren envuelta en una corona fúnebre. Prudencia, nada de hasta el fondo, ni pájaros vueltos jaula, ni sabiduría arrancada al cuerpo. Apenas una inteligencia que duele otro día más.
La biografía sirve también contra sí misma cuando habla de «una vida breve y dolorosa, su travesía hacia el infierno, que finalmente terminó en suicidio, destino coherente con la vida que vivió y que, en rigor, era inevitable que sucediera». Siguen así fascinando a los lectores, cuando se la inscribe dentro del mito del poeta maldito, la vida leída desde la muerte, la obra leída desde la herida. La adultez crítica, tan segura de haber superado la carpeta adolescente, arma su propio Pinterest mortuorio con mejor bibliografía, mejor sintaxis, mayores permisos. Y Alejandra, que parecía tan abierta, vuelve a cerrarse. Nos deja entrar al diario para mostrarnos la indecencia de nuestra lectura. Nos da una frase y enseguida la envenena.
A veces vuelvo a leerla y no la soporto, me pregunto ¿cómo es que no puede estar mejor? Leo «tengo miedo de pensar en mí», lo subrayo y anoto debajo: «pero si sólo piensa en ella!» Es tan cíclica, tan ciclotímica, pedante. Una semana su problema más grave es que es «Imposible ninguna orgía si me levanto a las 8 para ir a la oficina» y luego, al otro día, el repliegue masturbatorio sobre sí misma: «Quiero morir. Que me pase algo. Que me acuchillen. Que me pongan ventanas y puertas y que las abran. Me asfixio dentro de mí. Me peso.» A veces también me irrita tanto la ternura con la que la hemos rodeado, los homenajes y santificaciones, los poemas de otros poetas queriendo «hacer un mundo mejor» para ella, la postal de Pizarnik animal herido, niña monstruo triste en una foto blanco y negro esperando que el mundo la arrope y la entienda. Esa compasión la vuelve destinataria pasiva de nuestra bondad y nuestro tonto amor. Y aunque a sus prematuros veinte años escribiría «siento envidia del lector aún no nacido/que leerá mis poemas/yo ya no estaré», si alguna vez, en nuestro fervor adolescente, pensamos que Alejandra era nuestra amiga, ella se encargó de dejar anotado lo contrario:
Lo aclaro para mi propia claridad. Yo no escribo para nadie. Lo haría si se pudieran publicar libros en un papel envenenado que matara a todos los lectores. Pero aun así. ¿Cómo llegaría a los que no leen? Porque si hubiera una manera de hacerlos saltar a todos, de exterminarlos tanto como yo deseo, no me detendría ante ningún medio. Hasta les haría sonetos y liras para que introduciéndoselos donde ya saben revienten alegremente en el espacio de unas pocas horas.
Amenaza, deseo de exterminio, papel envenenado y barbitúricos. «¿Por qué leer con el entendimiento y la sensibilidad? Primero el entendimiento, luego la sensibilidad. No es así como se lee Artaud, Michaux y Rimbaud…» Por como la hemos leído, Pizarnik nos hubiese odiado, y quizá nosotras también a ella si aún viviera, si nos contestara, si nos devolviera algo más que poemas recortables, si apareciera con toda su demanda, su furia, su inteligencia tan genial, su capacidad de arruinar cualquier cosa. Pero el odio de una muerta no alcanza para detener la maquinaria amorosa de sus lectoras. En otra página (que marqué y subrayé), aparece una trampa todavía más perfecta, «La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura». Todas las piezas del desastre están ahí, la vida perdida, irrecuperable, la literatura ya no como salvación sino como culpa; el personaje literario ocupando la vida real hasta volverla inexistente. ¿Por culpa de qué? ¿O a manos de quién? De la literatura, o nuestra. En realidad las suyas. Por hacer de ella, de mí, de todas, un personaje literario en la vida real. Por ponerle poesía o prosa (que tanto le costaba) a la propia vida para que la vida sea narrable, posteable, citable incluso, una Alejandra lista para twittear, y fracasar igual porque la vida ya fue ocupada por el personaje. Porque la vida real, dice, ni siquiera existe en un territorio aparte. La vida real es literatura. No hay otro mundo.

Y otra vez, la imposibilidad de comunicarse espontáneamente con los otros, de sobrellevarlos, de tener amigos, amantes, con su preferencia por los amores fantasmas, entre sombras, el erotismo solitario, la masturbación como posibilidad de transformarse (o de paroxismo). Ahí Pizarnik escribe la escena perfecta de nuestra lectura, aunque todavía no nos conozca: ella se fabrica como personaje y nosotras venimos después a tocarla, a repetirla, a imprimirla en una remera, a volverla cuarto propio, estampita, frase de cumpleaños, compañía para el desamor.
Quizás lo verdaderamente insoportable, más que todas nuestras remeras, más que la frase recortada de Pinterest, más que el «qué Pizarnik sos según tu cumpleaños», más incluso que la reedición no expurgada vendida bajo la idea de que la intimidad es un derecho adquirido, sea esta obstinación nuestra en seguir abriéndola, llamándola, sacándole pedazos para que nos funcionen hoy, para que expliquen hoy, para que acompañen siempre. En no soltarla nunca. «Si trato de escribir de mí es para conjurarme», dice. Y nosotras, si tratamos de leerla, es también para conjurarla, para invocarla. Y así tenerla un rato más con nosotras.
Ella se mastica en la escritura y deja sus restos. Nosotras llegamos tarde, pero con hambre.
Todas las citas a Alejandra Pizarnik corresponden a Diarios y Poesía completa (Lumen).
Las citas a Cristina Piña y Patricia Venti corresponden a Alejandra Pizarnik: Biografía de un mito (Lumen).





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