De cómo la interpretación de la Biblia se infiltró en la carrera de Letras

1.
“Escribe tu interpretación de Mt 13, 31-32”. Tengo nueve años y me encuentro frente a tres o cuatro consignas semejantes. Me preparo para la primera comunión, tengo catecismo en la escuela y por las noches mi mamá y mi papá van a Catequesis Familiar, una instancia tan misteriosa de instrucción espiritual que los aspirantes a recibir la hostia tan solo podemos imaginar con intriga y un poco de temor.
Me frustra muchísimo leer y releer los versículos que tengo que interpretar. ¿Qué puedo decir yo que no esté dicho ahí? ¿Qué es interpretar? Me abruman el texto a dos columnas y su aparato de notas, tan desconcertantes como la parábola y el sermón de Jesús que, se supone, tengo que descifrar.
Sin saberlo, estoy frente a mi destino profesional.
La Biblia escenifica como ningún otro texto antiguo las actividades que atraviesan la carrera de Letras. Las alusiones a la puesta por escrito, a la documentación de las palabras divinas (que, al fin y al cabo, son el motor original del mundo), a la lectura en voz alta y al comentario de los textos son tan abundantes que constituyen en sí mismas una historia de la circulación de la palabra. Las profecías resignificadas con astucia, citadas aquí y allá para desplegar un crisol de nuevos sentidos; la glosa del maestro o rabí, frente a un auditorio confundido; la casuística que busca validar un punto de vista: todo nos remite a ese Behemot que nos acosa a la hora de analizar la producción de un autor y de volcar nuestras ideas en un texto más o menos ocurrente y novedoso. Somos el etíope que se empeña en comprender un pasaje de Isaías y que, al ser abordado por el apóstol Felipe, le dice: “¿Cómo lo puedo entender si nadie me guía en la lectura?” (Hch 8, 31). Y ahí estamos, sometiendo un párrafo de veinte líneas de Kafka a un escrutinio sintáctico, exegético, anagógico, lisérgico, imposible.
2.
El proyecto de dictar un seminario sobre la Biblia en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires surgió a partir de una invitación: Mariano Vilar, el secretario académico, me lo propuso porque sabía que yo me había doctorado con una tesis sobre una traducción medieval de los relatos bíblicos, La fazienda de Ultramar. Esquivando elegantemente el problema de la interpretación, me había devanado los sesos en un nivel más superficial de lectura: la transcripción paleográfica de un manuscrito no muy agraciado, el único, el primero de una serie de traducciones un poco más convencionales del texto sagrado (me gustaba decir que estaba trabajando en una guía turística de los paisajes bíblicos). Dije que sí al desafío, armé un cronograma de estudio para preparar los temas y me pasé medio año bordeando un brote místico.
La preparación del programa estuvo atravesada por dos dimensiones: una racional (la explicitación de un marco teórico coherente con el plan de estudios de Letras, la planificación de actividades que hicieran más dinámica la enseñanza a distancia, la selección de una bibliografía accesible y pertinente) y una emocional. La segunda consistía, sencillamente, en preparar el seminario que me hubiera encantado cursar veinte años antes, cuando mis lecturas de catequesis mostraron ser completamente deficientes. Como la gran mayoría de lxs estudiantes de Letras, analizaba las alusiones y reescrituras de la Biblia sin haberla leído.
Creemos conocer los principales segmentos de la Biblia; nos suenan, están resumidos en dos o tres líneas talladas rústicamente en nuestro acervo cultural: Eva es tentada por el diablo (no es el diablo), insta a Adán a comer la manzana (no es una manzana), su transgresión constituye el pecado original (no existe tal cosa en la inmediatez del Génesis). En nuestros vagos recuerdos de la narrativa bíblica conviven capas y capas de representaciones pictóricas anacrónicas, debates y discusiones doctrinales desarrollados a lo largo de siglos y un collage de imágenes que sintetizan diversas etapas de conceptos en perpetua mutación. Un corpus multitudinario de textos apócrifos chapuceros redactados pasivamente por nuestra herencia cultural.
Esta forma providencial de “tocar de oído” los relatos bíblicos tampoco es ajena a la historia misma de su transmisión. Esta descuidada forma de no-lectura se hace eco de una tendencia que preocupaba a los teólogos medievales, quienes denunciaban a los predicadores que, en lugar de citar correctamente los pasajes bíblicos en sus sermones, hacían referencia a pasajes que se impregnaban con mayor facilidad en la memoria: los cánticos litúrgicos, que a menudo se diferenciaban muchísimo del texto bíblico. Con todo esto, la fundamentación del programa se escribió sola. ¿Y ahora?
3.
Ahora tocaba enmarcar la lectura de la Biblia en el ámbito académico no confesional y hacer un recorte más o menos razonable para el dictado de un seminario cuatrimestral. Consulté algunos programas de otras universidades y todos me parecieron muy poco imaginativos: cada unidad era básicamente una parte de la Biblia, como si cada libro canónico fuera transparente por sí mismo y para nada misterioso. Como si realmente fuera posible leerla completa y en profundidad en plena cursada. Lo que resolví fue hacer un recorte basado en criterios metodológicos y que cada elemento del corpus sirviera para meterse de lleno en un eje de estudio. Por un lado, un abordaje filológico, que permitiera conocer la historia de la circulación de la Biblia en las lenguas antiguas y su traslado a las modernas, para cruzar la cuestión meramente lingüística con las dimensiones políticas, filosóficas, culturales y religiosas que hicieron que el texto mutara como ningún otro durante siglos.
La segunda mirada, la que ocupó la parte central del seminario, era la histórico-literaria. Una perspectiva que revelara el entramado fascinante de relatos mesopotámicos, egipcios y persas que conviven con un collage de narraciones que, contadas y vueltas a contar, conformaron la imaginación del pasado de los antiguos israelitas. A partir de la dialéctica texto-mundo, con este abordaje queda al descubierto la forma en que los autores de la Biblia hebrea construyeron, bloque a bloque, esa torre de Babel de una historia idealizada destinada a derribarse, y explicaron su presente despojado de gracia (probablemente, en el exilio posterior a la invasión babilónica) revisando los pasos que erraron desde el inicio del mundo. Leer la Biblia desde la historia permite, además, entender las tensiones políticas y religiosas que atraviesan la historia de Jesús, en quien confluyeron las profecías mesiánicas y la personificación subversiva de un líder antiimperialista.
El último enfoque, por su parte, proponía resacralizar lo desacralizado y enfrentarse a la dimensión enigmática de un texto que la fe postula como inspirado. En este paso, con la lectura de textos proféticos y escatológicos llegamos a la indagación de las estrategias por las que los intérpretes de la Biblia buscaron continuidades entre el Antiguo Testamento y el Nuevo e intentaron revelar verdades espirituales y teológicas. ¿Para qué están las anotaciones marginales de la Biblia, sino para hipervincular los versículos en su nivel más misterioso y místico? Así llegamos al Apocalipsis, tan seductor y oscuro con su miríada de símbolos.
Simultáneamente, se abrían los sellos de otro relato escatológico.
4.
Quedó lejos aquel #elijocreer en el que confluyeron las dos grandes épicas de los últimos años. Nadie prestó atención a los signos de los tiempos de vacas flacas cuando, como José, nos convertimos en intérpretes de pesadillas. Profetas en nuestra tierra, fuimos despeñados de la arena discursiva por una lectura de la Biblia que arrasó con toda su poética. Una exégesis paupérrima que fundaba su persuasión en el augurio de que, después de cuarenta años vagando por el desierto, llegaríamos a la Tierra Prometida (olvidando que habríamos de morir en el proceso, como Moisés, Aarón, Miriam y todos los que habían vivido esa —para entonces— añorada opresión en Egipto). Era inevitable reír catárticamente a medida que, desde nuestra clase virtual, desarmábamos el discurso que conectaba las fuerzas del Cielo de Judas Macabeo con la destrucción de todo lo que nos enaltece como Nación. Entrenadxs contra el anacronismo y las lecturas forzadas, procurábamos ceñirnos a una metodología que enmarcara los relatos en su tiempo y que repusiera las motivaciones de sus autores. Pero siempre hubo licencias; no somos inmunes a la tentación de encontrar en un texto una respuesta (el pecho, obediente acero frente al imán de la gracia). Como el etíope, pero ahora sí de forma colectiva, decodificábamos la maravillosa música de un salmo que anunciaba “Pisarás sobre el león y la víbora, hollarás al leoncillo y al dragón” (Sal 91, 13).
Elijo interpretar.

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