Estábamos brindando con ocasión de la inminente apertura del bar de unos amigos, Aquilea. Los muebles, aún ausentes o desarmados, cristalizaban toda nuestra ansiedad. Uno de los presentes, apellidado Sorongo o Sorondo, me había dicho justo antes de llegar “este es el momento que esperé toda mi vida, nací para esto: para que unos amigos se pongan un bar.” La idea es, a todas luces, una locura. El lugar es gigante, hermoso, está bien ubicado y necesita, claro, mucha plata y mucho trabajo. Cada visita implica una infinita recolección de todos los futuros posibles atados a esa esquina de Villa Urquiza. El entusiasmo, la ansiedad, el nerviosismo y la alegría: todo lo que precede a la concreción de una locura. Hacer una revista, pensé, también es una locura, pero evidentemente menos comprometida. Lo que sucede con Aquilea, incluso antes de que reciba su primer cliente, es lo mismo que pasa antes de tener la segunda cita con la que, te diste cuenta, será el amor de tu vida. Abrir un bar y cine de tres pisos con tus amigos sin tener ni 25 años, endeudado hasta la médula y trabajando todo el día, porque todo saldrá bien: enamorarse.
El gesto, tanto el de enamorarse como el de abrir un bar -llamado Aquilea, de todos los nombres-, parece anacrónico. Una epopeya de otro tiempo, cuando los hombres eran valientes y todavía quedaban cosas por hacer y el futuro parecía virtualmente de todos. También parece anacrónico pensar en un lugar bien puesto al que ir a encontrarte con tus amigos y conocidos lejanos: uno de esos famosos terceros espacios, asesinados por los shoppings hace treinta años. Pero ahí estábamos, mirando fijo la bandera que flamea en la plazoleta enmarcada perfectamente en la cúpula inverosímil que termina el bar, pensando si era una buena idea implementar un trago Hopper exclusivo para los que elijan sentarse en la barra a charlar con el barman.

En eso, Sorondo o Sorongo empezó a hablar largamente de sus antepasados. En todo caso, una conversación invariablemente aburrida: inmigrantes irlandeses, inmigrantes vascos, alguna familia patricia y criolla, algún linaje inhallable, alguna pelea por algún terreno en algún punto indistinto de la historia que lo dejó sentado en esa terraza con nosotros y no en otro lugar mejor, más fino. Pero, de un momento al otro, quizás inspirado por la bruma de absoluta locura suicida que se respira en la cuadra entera donde descansa Aquilea, Sorongo o Sorondo contó sobre un antepasado suyo, cordobés y separatista, que había sido candidato a legislador por el Partido Bromosódico Independiente, Enrique Badesich. Había tenido casi nuestra edad para los años 20 del siglo pasado, pero sus aspiraciones eran apenas más ambiciosas.
Su entrada de Wikipedia es la mejor que leí en mi vida: ni naciendo de nuevo podría mejorarla. Fue creada en diciembre de 2014 por un usuario llamado sólamente Marcelo. Por eso decidí limitarme a copiarla, y ampliar la historia al pie de página con lo que encontré en una nota de Página 12 del 2007, escrita por Sergio Núñez y Ariel Idez.
Nos deseo a todos nosotros, los jóvenes del 20, una vida remotamente parecida a la del finado Badesich; por los casos perdidos, los mentirosos, la plata quemada, los locos, la eliminación de las esquinas, Aquilea, Enrique Badesich y nosotros, acá presentes: ¡salud!

Enrique Badesich
Enrique Badessich, también conocido como Enrique Badesich (San Miguel de Tucumán, 14 de enero de 1896 – Buenos Aires, 8 de agosto de 1961) fue un periodista, poeta y político argentino, célebre por sus actitudes extravagantes y por haber sido elegido para un escaño en la Legislatura de la provincia de Córdoba, la cual sin embargo rechazó su incorporación.
Biografía
Nacido en San Miguel de Tucumán, realizó sus estudios en la ciudad de Córdoba, e ingresó al Ejército Argentino, en el que alcanzó el grado de cabo del servicio de telégrafos. Fue destinado al telégrafo de la base antártica de las islas Orcadas del Sur.1
Regresó a Córdoba poco antes de 1920, donde abrió una librería y escribió algunos libros de poemas. Editó un periódico humorístico llamado El Arlequín y se hizo amigo de intelectuales como Deodoro Roca y José Ingenieros.
En las elecciones del 2 de abril de 1922 se presentó como candidato a diputado provincial por el Partido Bromosódico; llevó adelante una extensa campaña, con alrededor de 300 discursos, en los que prometía
el amor libre, la separación de la Iglesia y el estado, la supresión del Ejército por antisocial y anacrónico, el acortamiento de los hábitos sacerdotales para, con la tela economizada, hacer ropa para los chicos pobres, la eliminación de las esquinas para evitar los choques, la implantación de la República cordobesa con representantes confidenciales ante los países de Europa y América, Argentina incluida.2
Daba sus discursos en improvisados escenarios en toda la ciudad de Córdoba, ataviado con un traje de papel y un enorme sombrero. En circunstancias normales, no hubiera tenido éxito alguno; pero la Unión Cívica Radical había renunciado a presentar candidatos para esas elecciones debido a que su propuesta de reforma política había sido rechazada. La victoria del partido conservador se daba por descontada, pero la lucha por el segundo lugar –sólo los primeros dos partidos aportaban diputados a la Cámara– no tenía demasiado interés en un verano extremadamente caluroso. Por esa razón, un grupo numeroso de estudiantes de la Universidad promovió en forma de broma la candidatura de Badesich, que logró –por apenas 22 votos– la cantidad necesaria para acceder a la Cámara.3
Badesich se presentó a asumir la banca que le correspondía, pero la mayoría conservadora rechazó su elección, argumentando que
es una persona notoriamente incapacitada para ejercer como legislador.
Ante la situación, Badesich viajó a Buenos Aires, donde intentó infructuosamente que el Congreso Nacional o el presidente Hipólito Yrigoyen intervinieran la provincia de Córdoba, a fin de obligar a la Legislatura a aceptar su diploma de legislador. No tuvo éxito, pero aprovechó su estadía en la capital para pronunciar conferencias sobre cubismo y amor libre.4
Se radicó en Rosario, donde se afilió a la Unión Cívica Radical Antipersonalista, publicó al menos dos periódicos, El Quijote e Yrigoyen; incorporado al radicalismo oficialista, propugnó la elección presidencial de Yrigoyen en 1928, asignándose parte del mérito de su elección. El periódico dejó de aparecer poco después de la asunción presidencial de Yrigoyen.
Radicado en Paraná, editó un periódico en que llamó al asesinato del dictador José Félix Uriburu, por lo que fue arrestado. Tras ser puesto en libertad por un juez que lo consideró insano, desapareció de la vida pública por quince años.
Reapareció en Buenos Aires el 15 de octubre de 1945, solicitando en el juzgado del juez Horacio Fox el habeas corpus a favor del coronel Juan Perón, detenido por esos días, lo cual perjudicó judicialmente al detenido. Cinco años más tarde fue imputado en un juicio por especulación con cemento Portland, y más tarde en otras causas; en todas fue sobreseído, por distintas razones.
Falleció en Buenos Aires en el año 1961, sin que nadie reclamara sus restos para un velatorio.

- Después de varios años tuvo que dejar el ejército, pero sus conocimientos en telegrafía le abrieron las puertas de la Armada, para la que trabajó en la Dársena Norte porteña, Formosa y las Islas Orcadas del Sur. En el segundo de esos destinos también escribió Las Pretensiones Amorosas, especie de manual porno soft barroco, al que luego le seguiría El Ósculo del Crepúsculo, extraña combinación de osadía erótica y divague mental. ↩︎
- “Desde esta tribuna desafío a los cremosos del Club Social y a los demás zánganos de la colmena a que se atrevan a impedir con su policía mi inevitable acceso a una banca”, disparó en uno de sus mítines esa rara mezcla de denostador de curas burgueses y predecesor de la generación pop, cuya labia era invariablemente interrumpida al grito de “¡Badessich!, ¡Badessich!, ¡al Congreso Badessich!” ↩︎
- (E)l bromosódico, para evitar volver a ser detenido, días antes del escrutinio había decidido atrincherarse en la Legislatura, donde sólo se alimentó con pan y salame.
(…) El fin de semana siguiente al recuento, Badessich acudió a un homenaje que le habían organizado un grupo de jóvenes médicos e intelectuales. Entre ellos, Pepe Ingenieros, el penalista Eusebio Gómez, Deodoro Roca, redactor del famoso Manifiesto de la Reforma Universitaria, Gregorio Bermann, después creador de la pionera revista Psicoterapia, el economista Guillermo Ahumada y el abogado Arturo Orzábal Quintana. Allí, el electo prometió 716 casas económicas para los que lo habían votado y, recargando aún más las tintas, vaticinó que accedería a la gobernación provincial. ↩︎ - Pero ese desdén tuvo su contracara en la masiva atención que concitaron sus dos conferencias, profusamente cubiertas por Crítica, en el hoy desaparecido Hippodrome de Corrientes y Carlos Pellegrini. Allí, el 2 de julio, reclamó la intervención de la provincia y advirtió que si eso no ocurría, haría “volar por los aires” la Legislatura mediterránea. Mientras que el 6 sostuvo: “Hay que practicar el amor libre. Ciudadanos… si queréis tener una buena mujer, paz, sosiego y tranquilidad en vuestro hogar, no la mandéis a la iglesia. En Córdoba, yo y 199 muchachos hemos puesto en práctica nuestras teorías; y puedo afirmar que, como me llamo Badessich, lo que se llama cuerno no existe”. Y sobre el casamiento, aseveró que no era necesaria la participación de “ningún empleado público ni de ningún fraile”, al tiempo que puso la lupa en el galante accionar de los curas en el asesoramiento matrimonial y confesión de las novias.
La repercusión fue tal que entre el 11 y 20 de junio Crítica decidió publicar las Memorias del personaje, quien en la primera entrega escribía: “No cerceno mi avanzado y sano idealismo por dinero (…) No milito en ningún partido de la aristocracia, no soy miembro de ninguna asociación reaccionaria, mafiosa, absurda, inhumana ni inquisitorial (…) Yo soy pobre en metálica fortuna, pero soy millonario en libertad”. ↩︎

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