
El día está horrible. Llegamos temprano, tratando de evitar el agua que cae en hilos de los balcones. Tuvimos que entrar por Bonifacio a una parte del edificio que ni los puaners de la comitiva, ya egresados, conocían. Un amplio hall casi vacío da paso, subiendo un ascensor, a unos pasillos con techo bajo y paredes brutalistas uniformemente mate. Mi primera sensación es la de estar en las oficinas del Brazil de Terry Gilliam. Falta bastante tiempo, así que vamos a tomar un café en un kiosquito interno. Mientras miramos llover en el patio, busco en qué rincón se sacó la mítica foto del asado de obra “en homenaje a Lovecraft”. Se están llevando a cabo las elecciones del centro de estudiantes. Deambulamos por las aulas antes de dirigirnos a la 101, en el edificio nuevo. En el camino, nos cruzamos a Selci, que viene en sentido contrario, acompañado por docentes de la casa; va a saludar a unos compañeros. Una vez frente al aula, nos empezamos a amontonar (hay que esperar a que termine una clase). Mientras miro las fotos en la pared -obras de, entre otros, Liliana Maresca, que alguna vez se instalaron en el patio de la facultad-, los editores empiezan a saludar a los que llegan. Entre los primeros, Martín Gambarotta, de quien se dice que muchos años atrás recomendó a un grupo de jóvenes críticos literarios que se sumen a militar, disparando la cadena de hechos que nos trae hoy acá. Un amigo me señala a Jens Anderman, a quien leí en mi cursada de Argentina I, en una universidad del conurbano, y cuya cara no conocía. Poco después llega la filósofa Vir Cano, cuyo libro sobre el duelo leí hace unos años como una necesidad personal. Veo a Matías Capelli. Escucho que está Rodrígo Páez Canosa, que enseña Filosofía Política en Filo; es casi imposible no pensar en la competencia Sbaraglia-Subiotto por ese puesto en la película homónima a todo esto que nos rodea. También hay compañeros del territorio que se organizaron para aprovechar los pocos autos. Al menos tres mundos se juntan en la actividad: el de Filosofía y Letras, el de la poesía, el de la organización política. Hay una clave en el modo en que esas disciplinas se fueron articulando y retroalimentando en la obra de Selci: qué tiene que ver la poesía de los noventa con la militancia orgánica kirchnerista y cómo se llega de ahí a la teoría. Desde luego, el trayecto no es lineal; de hecho, en el medio está -y como parte de un mismo programa- la escritura de una novela.

Selci ingresa al aula y se queda hablando en el fondo con antiguos compañeros de cursada que hoy son docentes en Letras y que se entiende que hace años que no ve. Finalmente se ubica en la mesa junto al editor Diego Caramés y a los presentadores, Marcelo Topuzian y Omar Acha. Iba a haber un tercero: Ricardo Manetti, el decano, pero no pudo participar por imprevistos vinculados al reclamo por el financiamiento universitario. Selci presenta hoy su último libro, Plenario, que redondea una trilogía con Teoría de la militancia (2017) y La organización permanente (2020). La presentación es en la vieja casa de estudios del autor, de la que más tarde va a decir: “lugar del que no me recibí, pero donde igualmente me reciben, veinte años después”. Antes de que empiece, me suspendo un momento en la limpidez algo chocante del aula, todo el ala nueva desentona con las paredes estilo palimpsesto que conocía. Su extrañeza, tardo en entender, deriva de la prolijidad verdosa del hormigón, sin afiches ni murales. Podría ser un aula de la Unsam (los estamos invadiendo, pienso, el mundo será Tlön).
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Topuzian, que hoy es profesor de Literatura Española Moderna y Contemporánea, cuenta que conoció a Selci cuando este cursaba Teoría y Análisis Literario “C”, la histórica cátedra de Panesi, donde él dictaba uno de los prácticos. En esa época, los estudiantes de Filosofía solían cursar la materia porque era la única que daba autores como Deleuze y Derrida. Era habitual el cuestionamiento: “¡Pero ustedes dan a Deleuze sin haber leído la Filosofía del Derecho de Hegel!”. El presentador destaca como un valor en la obra del presentado esa irreverencia por las jerarquías autorales, acaso propia de Letras, que habilita la lectura bastarda y compadrona de tradiciones consagradas. Años más tarde, recuerda, se interesó por las lecturas que se hacían en la revista Planta, editada por Selci. Entre los presentes están Ana Mazzoni, Violeta Kesselman y Nicolás Vilela, integrantes de la revista. Topuzian recuerda que quince años atrás, en un cumpleaños de Vilela, le propuso a Selci que aplique para una beca del Conicet. El joven se excusó enigmáticamente: “Estoy con otras cosas”. Topuzian entendió mucho después a qué se refería.
Del libro dice que lo sorprendió encontrar ahí, y de manera convincente, “las ideas más piantavotos”: que sí se trata de consumir menos, que sí se trata de que todos se hagan cargo de todo, que hay que volver a hablar de revolución. Los oyentes se ríen pero la enumeración es poco menos que exacta. El libro tiende a las afirmaciones incómodas, muy corridas de la lógica electoralista de lo que conviene decir, que cada vez pareciera más enquistada en el discurso político general y nunca termina de ser reemplazada por otra que asuma algún riesgo. Los libros de Selci son provocadores, en una época en la que todo el mundo repite que la provocación es de derecha… Topuzian señala el uso antiacadémico del sistema de citas, que no menciona fuentes, y lo asocia con el recurso de la ficción. Es que Plenario ficcionaliza un plenario, con sus comisiones y sus esporádicas apelaciones a la audiencia. La filosofía suele tener incomodidades bibliográficas cuando se mete en el terreno de la ficción (el caso extremo es el Zarathustra, que ni siquiera invoca otras fuentes). En todo caso, las citas del libro no son hallazgos; al contrario, toda la gracia está en lo que se deriva de las citas de siempre.
El cierre de Topuzian apunta a un tema bien actual: el celular, el algoritmo y la IA como la “irresponsabilidad absoluta” (en una inversión deliberada de una de las tesis centrales de Selci). Sería algo así: frente a las demandas constantes del teléfono, sentimos la necesidad de responder y hacernos cargo de todo, como si operara un verticalismo eficaz que desciende desde el capital de plataformas hasta los reflejos más mínimos de nuestra atención, que termina por entregarse y confiar la vida a los oligopolios tech. Esto toca una cuestión que el libro insinúa: el llamado a una militancia permanente puede parecer extravagante pero es perfectamente proporcionado en tanto eso mismo ejerce la derecha. No de otro modo se instala y reproduce el anodino sentido común de la época. Curiosamente, en internet cada dos meses uno encuentra un artículo dedicado, al pasar o de lleno, a atacar los planteos de Selci, pero las críticas más frecuentes no provienen de la derecha, sino de quienes podrían (a eso parecen reaccionar) sentirse interpelados.
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Para cuando le pasan el micrófono a Omar Acha, el aula ya está llena, incluso los asientos de adelante que, aunque se acumule gente de pie en el fondo, quedan siempre para lo último. Acha es titular de Pensamiento Argentino y Latinoamericano, la cátedra fundada por Oscar Terán. En su intervención, más teórica que la anterior, encara una lectura de conjunto de la teoría de Selci, del que dice que inaugura una variante inédita del postmarxismo, “una teoría propia, sui generis”. Acha hace notar que a lo largo de los tres libros algunos autores caen (Žižek), otros permanecen (Laclau, Badiou, Lacan) y otros ganan protagonismo (Latour). Sobre el uso bibliográfico, sostiene: “Lo importante no es la correspondencia técnica con las fuentes, sino lo que hace Selci con esos fragmentos, algo completamente nuevo y original”. La escena resulta del todo improbable: un intendente del conurbano en ejercicio viene a Puan 480 a presentar un libro y los docentes del lugar lo destacan por haber encontrado una manera productiva de leer a los clásicos del pensamiento político, de los que se creía todo dicho. Es inverosímil pero es parte de un fenómeno más amplio. Acha caracteriza la propuesta del autor como una deconstrucción con reconstrucción: “Asume reconstruir, de otro modo, algo que merecía ser reconstruido”. Luego termina con un excurso sobre una hipótesis de Jorge Dotti, que señalaba una homología entre el concepto de relaciones equivalenciales en Laclau y el conjunto de transiciones lógicas con que Marx explica la emergencia del dinero para el intercambio de mercancías. Una lectura muy fina, imposible de reproducir acá.
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“Yo soy de la época en que te dejaban fumar adentro del aula”, dice Selci cuando le toca hablar. Recuerda que, al dejar de cursar en Puan, siguió leyendo teoría y poesía pero también política. Define “leer política” en estos términos: “tomar la práctica militante, que ya empezaba a hacer, como si se tratara de un autor; el conjunto de lo que se dice y se hace, como un texto a ser leído y estudiado”. Cristina, desde esta perspectiva, es una autora, pero no de Sinceramente, no de sus discursos. Se trataba, explica, de hacer del kirchnerismo, de su praxis, una obra. Como es usual, su pensamiento se mueve en un campo en común entre la estética y la política. Cita la famosa frase de Lautréamont: “La poesía debe ser hecha por todos, no por uno”. “Si la utopía de una poesía hecha por todos era una consigna enunciable, si era una demanda digna del arte de vanguardia, era obvio que para la política también”.
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A continuación, Selci lee un texto escrito especialmente para hoy. Se produce entonces una modulación en la lengua: el registro de la política y de la camaradería universitaria dan paso a otro, que difícilmente se le escuche en otros ámbitos, altamente abstracto, en el que cada concepto carga con un linaje teórico y habla de cicatrices epistemológicas. Es la lengua del último medio siglo de filosofía. El texto repasa conceptos centrales y cuestiones de marco de la teoría de la militancia. Va de la responsabilidad absoluta, que es la idea principal del primer libro, a la responsabilidad por la responsabilidad del otro, que es el giro lacaniano del segundo. Mal y pronto: la primera categoría quiere decir que el militante, sin importar lo ínfimo de sus facultades, se hace cargo de todo (todo lo moviliza) porque sabe que no existe un Otro responsable que lo exima, que lo vuelva inocente; la segunda, que la organización es la instancia donde uno no es sino para otro, es decir que solo se llega a ser militante a través de (sumar a) otro. “Nada es, todo se otrea”, como escribió Yanko González.
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Podríamos decir que Selci se propone ofrecer una alternativa política más allá del gran relato de la posmodernidad; el esfuerzo está en reconectar, por un camino nuevo, la práctica de todos los días con una utopía enunciable, sin la invocación a entes supremos, sin punto de apoyo firme, sin garantías. Porque por el camino de la posmodernidad se llega a la inacción o a la evasión individual. En el mejor de los casos, el devenir minoritario; en el peor, el suicidio de Mark Fisher. Por ese camino aparecen discursos desmovilizadores, que desactivan la potencia de las mayorías, que es lo que en verdad teme el 1%. «La humanidad ha perdido. Ahora el problema es cómo desertar», se leía en grandes, morbosas letras de titular, en una entrevista reciente a Bifo Berardi. Un par de años antes, en La organización permanente, Selci prevenía: «Como esos soldados que son eximidos de una matanza solo para que den testimonio a los suyos y desalienten la resistencia, el intelectual crítico de hoy se ha convertido, más allá de su voluntad, en un apéndice de la propaganda depresiva neoliberal».
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La praxis, dice Selci, tiene que poder aplicarse a la teoría. Y enumera lo que entiende por teoría: posthegelianismo, posfundacionalismo, postestructuralismo, filosofía de la diferencia, deconstrucción… “En una palabra: Puan. Y entonces: ¿cómo aplicar Hurlingham a Puan?”. En eso, dos militantes del trotskismo estudiantil se asoman al aula; leen qué está pasando, dudan. “Puan es la teoría, y teoría significa: tengan cuidado con la metafísica. ¿Qué es la metafísica? Tener una concepción simple del origen, del principio, de la arkhé”. La situación desalienta al par de la puerta y se van sin pedir la palabra. Seguramente venían a hablar de las elecciones, que va a terminar ganando el peronismo. Un ringtone empieza a sonar. Es el celular de Acha, que parece sobresaltarse; se va con su mochila. La praxis efectiva de una responsabilidad absoluta, sigue Selci, es la única manera de asegurarse de no caer en el esencialismo.
A la hora de argumentar, Selci suele confiar en el poder de la variación. Por eso, tanto en sus libros como acá, ofrece reelaboraciones y no suelta una idea hasta hacerla evidente. Lo que dice después surge de una de estas reformulaciones, y recién entonces se me revela como tal vez lo más contraintuitivo del planteo: “No es que si no hay fundamento, entonces nos tenemos que hacer cargo nosotros. Es a la inversa: si ahora nos hicimos cargo, y hay responsabilidad absoluta, podemos estar seguros de que ahora hay desfundamentación. Mañana no se sabe. Habrá que hacerlo de nuevo”. Vuelve a entrar Acha (pensé que se había ido a dar una clase, pero al parecer solo salió a atender una llamada) y se suma otra vez a la mesa. ¿Será entonces que no se milita porque Dios ha muerto, sino para que no resucite? Hay un problema en el “para”. Al caer el fundamento, ya no podemos ofrecer una justificación racional para la militancia. Como la rosa de Angelus Silesius, que florece porque florece, la militancia es sin porqué. Y sin porqué convoca a los demás, a todo el planeta, a hacerse cargo de todos los horrores existentes. “Que todo esto suene desopilante forma parte de los costos que asumimos desde el principio: la locura es solo un primer nivel en la correlación de fuerzas”.
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Los presentes van a aplaudir, los editores van a vender algunos libros, alguien va a pedir una firma en su ejemplar. Al salir del aula, saludo a varios que no había visto antes. Me despido de los que se quedan en CABA. El resto nos reagrupamos, buscando cada quien con quién volver al oeste. ¿Cómo hace un porteño para saber que de verdad le interesa un libro si no tiene que viajar horas a la presentación para comprobarlo? Salimos por la puerta principal, parece otro mundo: mesas, panfletos, carteles, la sobrecarga visual que recuerdo de este lugar. De repente somos cinco caminando bajo una lluvia fina hasta un auto. En el viaje hacemos memoria, tratamos de reponer lo que se dijo. Capaz escriba algo sobre todo esto, pienso mientras miro la ciudad ajena. Ya es de noche, la lluvia golpea el parabrisas. No es de noche, no está lloviendo.

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