
“Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre”. Prematuramente en Black out (2016) se escupe esta frase o confesión o recuerdo, que queda a media muerte, insistente, funcionando de órgano ajeno en la obra de María Moreno. Una boca heredada o una lengua que arranca fuera del propio cuerpo, una manera de estar en el mundo que se contagia en el beber y en el hablar, y después se vuelve exceso. Cuando aparecía en ese libro, esa boca hablaba de más, enumeraba, mezclaba, se iba de boca de nombres, de muertos, de tactos, de bares. La Giralda, Ramos, Moderno, Mau Mau, BárBaro, La Paz, lugares donde la lengua podía equivocarse sin ser corregida, donde el alcohol era también una gramática. En el hogar todo evoca la reparación del día siguiente; en el bar, ese otro hogar despojado de culpa, se ensaya un olvido de la finitud por un rato, lo que dure el pegote en la mesa.
El sentido aparece tarde, como la resaca, cuando ya amanece, y la frase tiene diámetro, tiene garganta, y se usa, en la boca, como técnica de tragar. Es un aparato heredado para recibir el golpe. “A veces sueño con esa boca sola, la de mi padre, suspendida en el aire, separada de todo cuerpo, una abstracción, pero carnal.” Y cuando Moreno intenta parar, aparece una fantasía extraña, desbordante: “Cómo me gustaría, en lugar de esta angustia, tener un síntoma físico que me saque del mundo al hospital; entonces no sufriría así.” Y años después llega el ACV, esa interrupción real. Trae otra mecánica. Y ahí falla la lengua, en quien había vivido de ella.
En La merma (2025), su último libro, esa misma boca vuelve distinta por desgaste, por tropiezo. Arrastra palabras que antes se derramaban solas. La lengua falla y en esa falla aparece algo que estaba ahí desde el comienzo, antes mejor disimulado. Hablar “bien” pertenecía al orden del acuerdo social, de la escena, y ese acuerdo se aprende en la imitación o la herencia, también en cierta gimnasia cultural donde importa pronunciar sin tropiezo, citar rápido, sostener la conversación aun cuando algo no termina de comprenderse del todo. Moreno escribió muchas veces alrededor de esa pequeña violencia social del lenguaje, del prestigio pegado a ciertas formas de leer, de hablar, de entender a tiempo. En Contramarcha (2020) las malas pronunciaciones, los nombres extranjeros deformados por el oído, las lecturas hechas a medias o escuchadas por radio conservan todavía una potencia viva, plebeya, una manera de tocar la cultura sin pedir permiso.
Decir, ante ese acuerdo social, “soy monolingüe, una especie en extinción” (Subrayados, 2013) suena mal, poco inteligente, para nada elegante. Tanto como decir “no entiendo”. Por eso se dice rápido y se tapa enseguida con la sonrisa de una cabeza que asiente. En el último libro de Moreno, esa escena vuelve con una incomodidad constante de alguien que balbucea frente a un otro que acompaña la confusión con un ahhhhh. La lengua se queda atrás. Un segundo de más. Una sílaba mal entonada. Nadie pregunta, nadie se permite el “¿qué dijiste?”. “Solo los llamados subalternos dicen ‘no entiendo’… Los otros no se atreven a repreguntar, manteniendo una sonrisa boba.” Después del ACV, el cuerpo de Moreno entra en la escritura como entran los cuerpos cuando dejan de responder. Entra con instrucciones de manual. Pararse. Caminar. Repetir. Volver a (a)parecer, si se puede. El lenguaje aprende rápido esa pedagogía y también él se disciplina, se vuelve más prolijo. Las frases adelgazan. Las largas elegías (esas mareas donde antes entraba todo, incluso lo que no debía entrar) se repliegan. El ritmo cambia. La respiración también.
Luego, sin que mediara acuerdo alguno entre ellas, proceden a hacerme el mismo peinado: raya a la izquierda, frente descubierta, el cabello enroscado detrás de las orejas. Imagino que en sus casas lo practican en sus hijos pequeños antes de ir a la escuela. Para hacerlo no se necesita contar con un cuarto de baño, bastan una batea o una palangana, un trapo para completar el atuendo refregando la frente y quitando los quesitos que suelen formarse en los pliegues del cuello. Un peinado estatal de cara descubierta para delatar, por su ausencia, al somnoliento o al burlón.(La merma, 2025)
Ese cuerpo que ahora peinan, acomodan, enderezan, para una foto escolar, ya había sido antes un cuerpo fuera de régimen. Un cuerpo que se desbordaba hacia abajo, que obligaba a vivir con la atención clavada en lo físico. En la logística de no manchar. En la administración improvisada del dolor. En esa vergüenza rara donde incluso lo erótico puede contaminarse de sangre. “No quería que la primera imagen fuera la de un animal que sangra”, escribe, y ahí el cuerpo aparece como lo irreductible a la estilización. Lo húmedo. Lo animal. Eso que arruina un relato cuando el relato quiere quedar limpio. “Sacar de cuajo el órgano enfermo”, como fórmula de disciplina, como sueño de cortar de más para que no quede nada.
Anota el dato. Ha ganado lectores mientras su texto se ordena y se acorta y se vuelve más legible, con la eficiencia de una camilla sin desvíos, limpia, como la que sostiene su cuerpo en el hospital. El cuerpo entero inmóvil, «como una momia». «¿Para qué lado rota?». La respuesta se le escapa con la baba. La rotan entonces, violentamente, hacia la izquierda para insertar un pañal o el dedo en un enema. El cuerpo manipulado como harapos, capturado. No hay aprendizaje. Ahí manda la pura reducción, la frase cortada, «la vida mínima, de un animal capturado, sin acceso al lenguaje, pero con la desgracia de comprenderlo». La boca ya no recibe el golpe como en el bar: acumula, se queda con una masa húmeda que no baja; hay que empujarla con el índice.
Pero el desborde sigue ahí y tan lejos, el bar vuelve, como recuerdo físico. La horizontalidad del cuerpo borracho apoyado en una mesa pegajosa, sostenido por el murmullo, por una gloriosa sucesión de bebidas, nombres propios, ciudades, muertos, canciones. El beber para liquidarse, como el padre. Y beber también para escribir, con la mística de una ginebra barata que prometía algo más. La lengua se soltaba antes que la cabeza. Nadie pedía claridad. Nadie la premiaba. No era la escena, esa pretensión. El sentido se armaba por acumulación de letargo. Había que quedarse. Había que aceptar no entender del todo. En el bar se tragaba. Rápido y sin piedad. Whisky. Ginebra. Ajenjo. Café. Champagne. Curaçao. Oragnac. Parfait Amour. Bols.
La ginebra no habrá sacado a ningún Rimbaud, pero nos permitió una nostalgia del barro al alcance del bolsillo free lance; por los sesenta nosotras la tomábamos de parado o a la mesa y, si pegaba fuerte, no era porque tuviera más alcohol que el whisky sino porque el bajo costo permitía estirar el momento hasta la del estribo. (Black out, 2016)
En la clínica, ese murmullo es una deformación higiénica del bar y un ruido inaccesible donde la lengua pierde soltura. Cae. Y en el cuerpo la caída deja de ser suya cuando es girada por médicos. La horizontalidad, que antes se elegía en el letargo insoportable de la borrachera, ahora la deja postrada. El exceso que protegía deja de funcionar, permanece incrustado. La boca del padre cambia de tarea. Antes tragaba para seguir; ahora traga para sobrevivir. La ronda de tragos, el dedo, el habla que no responde. Las escenas insisten y vuelven. Quedan como ecos. La merma se deja leer fácil, aunque algo en ella siga áspero, algo en el texto aún desentona, la saliva no termina de secarse. Una frase entendida demasiado rápido y, horas después, otra vez incómoda. Queda rumiando. Black out también tenía su merma. Cuando los bebedores empiezan a faltarle al bar, cuando la mesa se achica, cuando una muerte (la de Briante) corta una época y deja el vaso en el aire un segundo de más.
Pero igual, aunque todavía pueda tomarse un trago y aunque el alcohol siga existiendo como sustancia y como recuerdo líquido, ya no puede volver al bar como se vuelve a ese hogar contra el hogar, porque ese lugar que la alojaba en la intemperie era una ecología de cuerpos que hoy no existe. Un teatro de nombres propios y mesas húmedas con codos y muertos a destiempo. Y Moreno sobrevive largamente a sus bebedores: Briante, Libertella, Soares, Uriarte, Feiling, Dipi, la botella vacía, las copas contadas, con el destino esperado de irse con ellos, y sin embargo sigue acá, a destiempo, contra reparto, con el vaso en la mano, sabiendo que La Paz persiste en la memoria, fuera de toda reconstrucción.
La escritura de María Moreno es una forma de forcejeo. Una frase se estiraba, se cortaba, se volvía lista, se dejaba caer, se movía de lugar desarmada. Volvía a armarla, insistía hasta que algo cediera, y esa gimnasia tenía el ritmo del trago tras otro, el mismo que sostenía la noche, la conversación, la deriva. Ese trabajo ahora cambia a un régimen donde el cuerpo ya no puede manosear la frase con la misma impunidad; el texto es más correcto, se escribe con menos margen para errar, con menos espacio para perderse. La claridad aparece entonces también como efecto secundario de una obra que entra hoy en otra pelea consigo misma. “He renunciado a mis excesos barrocos y a mis enumeraciones caóticas rococó. He llegado a la síntesis por un déficit, no por voluntad.”, y aun así Moreno sigue escribiendo desde ese punto incierto donde el cuerpo sabe antes que la sintaxis y donde la literatura todavía conserva el derecho a no explicar todo.
Algo persiste. Un resto caliente, una obstinación de su cuerpo “tullido”, por encontrar ese sublimador “relato posible de transmitir a un tercero” (Subrayados, 2013), por seguir metiéndose donde no lo invitaron, por seguir buscando el tacto, por seguir prendiendo en lo vivo esperando la noche para desvelarse, y después salir, aunque sea temprano, aunque sea torpemente, con una fiesta de tambores y tetas llenas de glitter y una frase de Perlongher. Ir a una movilización y volver con la lengua llena de consignas frescas, de panfletos pisados, de carteles que tatúan secretos mientras se deshacen. Tiene un solo dedo, sí. Un dedo que tipea letra por letra, que empuja el mundo hacia la frase, que corrige en amarillo, que escribe en bloques como quien guarda lo imprescindible para que no se pierda, y deja anotado, con esa mezcla de brutalidad y ternura para consigo misma que quizá el cuerpo vuelva a traicionarla, y que si se descuida deja al pueblo la silla que llaman eléctrica, a la rara Argentina, sus libros, sus plantas y sus gatos. Como si ya hubiese comenzado a repartir sus restos en vida sin querer irse del todo, como si hubiese algo o alguien ahí afuera esperándola. Y entonces vuelve a salir.
Mientras escribía este texto mi abuela perdió el habla y volvió a encontrarlo varias veces. Las palabras le volvían deformadas, repetidas, un lenguaje que parecía retomar su camino desde lejos. A veces se pegaba a la misma frase durante largos minutos, tomaba una palabra y la deformaba hasta el cansancio. Alejandra, Ale…jandra, A-le-jan-dra. Después volvía a retirase. Había algo insoportable en esa reiteración pero también algo obstinado de un cerebro en funcionar, un cuerpo buscando cómo volver. Pienso por qué la sentí tan pegada a Moreno y por qué volví a leerla convencida en que podía encontrar algo. Quizá por esa insistencia de la lengua incluso cuando el cuerpo empieza a replegarse, de salir hacia otros.
El primero de mayo mi abuela murió. A la salida de la morgue, la camioneta que la llevaba avanzó unos metros delante mío sobre los baches de la calle, después yo giré a la derecha y ella a la izquierda. Durante unos segundos todavía pude verla alejarse. Me quedó esa imagen mínima, apenas en movimiento, el cuerpo tardando un rato más en irse.

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