Literatura, verano y hormigón
I
A fines de la década de 1850, Georges Eugène Haussmann, prefecto de París, comienza, bajo órdenes de Napoléon III, a abrir una red de boulevares en el corazón medieval de la ciudad. París, hasta entonces, era un intrincado laberinto de barrios casi incomunicados, taciturnos, con casas vertiginosas y pestes de toda clase. La tarea de demolición de barrios seculares y mudanza forzosa de una enorme parte de la población fue uno de los primeros proyectos de urbanismo a esa escala durante la modernidad. «Dinamismo fáustico» llamo Marshall Berman en su clásico Todo se desvanece en el aire a este impulso modernista tan destructivo como creador.
Desde entonces, y sobre todo en sus realizaciones más monumentales, la obra pública ha tenido siempre algo de quijotesca y absurda. Incluso en sus efusiones menores, el dinamismo de la obra pública tiene como fin implícito –no importa si sus realizadores lo conciben así o no– interactuar, modificar o corregir la sensibilidad del ciudadano en sus movimientos por la ciudad. Finalidad difícil de justificar más allá de la arbitrariedad e imposible de sostener en los estrechos márgenes de la discusión pública en la actualidad.
La cosa es que la obra pública, por su absurdidad esencial (puede colaborar con, pero no consiste en ningún beneficio económico), ha dejado, como todo lo que se dirige a las facultades que el hombre no dedica ni a la compra ni a la venta, es decir, que no colaboran con algún grado de superávit fiscal, un rastro profundo en la literatura. De las arterias de Haussmann nace la lírica desacralizada de Baudelaire1; de la moderna Buenos Aires, los poemas eléctricos de Girondo2 o el tango en su momento de mayor vigor3. No sería difícil rastrear las marcas que han dejado en la cultura cotidiana de sus contemporáneos la construcción de los bosques de Thays, el trazado de las grandes avenidas del centro, el avance de la ciudad hacia el campo o los monumentos. Pienso en La cabeza de Goliat, de Martínez Estada; pienso en los primeros tres libros de poemas de Borges; pienso en el urbano divagar lunático de los personajes de Arlt; pienso en muchos otros casos menos conocidos y con menos orden: el Kavanagh de Viel Temperley, las tiradas policíacas de Fray Mocho, la Gran Aldea de López, algunas de las malas novelas de Gálvez.
Recuerdo una expresión de Sarlo en Una modernidad periférica: Buenos Aires, a principios del siglo XX, hace “verosímil y aceptable” una plástica como la de Xul Solar. Me pregunto ahora, ¿qué vida organizan nuestras nuevas ciudades? ¿Qué literatura hacen verosímil o aceptable?
II
San Carlos de Bariloche, Enero.
La costa es un pedrerío gris no sé si de descarte industrial o de piedra. Días después voy a ir descubriendo a lo largo de la playa los tubos que alimentan los grandes complejos hoteleros, los fierros herrumbrados y la tierra removida.
Mi amigo es de Bariloche y es un objetor de Caetano Veloso. En la mesa, se enfrían dos empanadas. Mientras intenta convencerme de que el declive de su carrera arranca, después de Transa, en 1971, noto el chisporroteo led de esos focos blancos que nos iluminan (o sería más justo decir, nos enceguecen).
Me acordaba de un adjetivo de un escritor argentino: Apocan la noche, pienso.
Sobre el paseo del Nahuel Huapi, en una de cuyas mesas cenamos y ahora vamos paladeando el vino, la municipalidad prolonga hace años una extraña remodelación. Es más extraño el efecto psicológico: no sé bien dónde estamos sentados. La mesa donde ahora mi amigo escucha con optimismo el disco Noites do norte desde mi celular –y veo que mi apología de Veloso va dando en el clavo– queda como en el medio de un lugar a medio destruir. A nuestra izquierda, más allá de la vieja muralla de piedra, está el lago. Junta estrellas a esta hora. A la derecha, el fárrago escolar de la ciudad. Habría luna sin las aureolas de esos focos led. Alrededor, está ese salón que parece abandonado al menos desde mi última vacación acá, hace más de seis años; más allá, el skatepark, con los ocasionales transas que nos vienen a ofrecer sus cosas; y del otro lado, la costa, que es un pedrerío gris no sé si de descarte industrial o de piedra.
Hablamos de los refugios que íbamos a subir en esos días. Pertrechos y provisiones para dos o más días: trekkings de 15 o 20 kilómetros. Como para conmover un aletargado patriotismo, mi amigo me señala el flamante memorial de la guerra de las Malvinas. Supuse que sería tan flamante como los palos de luz ultradelgados que me hacían invisible el mundo exterior.
Vamos a verlo.
La pasarela de hormigón conduce a un cuadrado de hormigón que anoticia “MEMORIAL ISLAS MALVINAS” y a una fuente sobre la que asoman unos pitutos que escupen el agua. Bajo la superficie, unos led intentan recrear el color que, a salvo de un perjuicio posimpersionista, todos le adjudicamos al mar. Las hileras de hormigón se interrumpen con un pedregullo gris cada dos pasos. Una arista gris asoma por sobre el edificio. Me toma un segundo ver que asemeja una proa de barco. Subo las escaleras de hormigón, agarrado de una barandita. Arriba, es decir, a cubierta, sobre la proa, hay una esfera gris bastante irregular con el dibujo de las Islas Malvinas. Más focos enclenques led y más chisporroteo de luz blanca. Creo que hay unos plantines en un cantero. Nos sentamos en los geométricos banquitos de hormigón y hay tres mástiles blancos que no acusan bandera. Advierto una constante: la delgadez. Todos los objetos tiemblan, se encogen, avalan un diminutivo. Advierto otra constante: la ausencia del conjunto. Es difícil entender cómo el sitio querría ser mirado; no entiendo cómo, ahí sentado, lo que veo podría despertar mi repudio pacifista, mi recuerdo, mi valentía.
A nuestras espaldas, un soporte metálico aguanta, en la oscuridad, la carcaza de un Mirage III.
Nos obsesionamos. De nuestra charla y poniendo en común otros ejemplos dedujimos un nombre para este fenómeno: la arquitectura de intendente. Es decir, la arquitectura que elabora una clase muy especial del homínido, el intendente argentino, quien, empoderado en sus fantasías por el caudal del erario público, va redibujando las ciudades a una marcha que no promete sino el dudoso idilio de un absoluto mundo de hormigón.

Memorial Islas Malvinas, San Carlos de Bariloche.
Pero entonces, ¿qué marca va a dejar en nosotros la arquitectura de intendente?
Días después de aquella cena, cruzaba un puente que hay sobre un lago esférico en la plaza del centro del Bolsón.
Parece que a partir de algún número de años, la vida exige ciertos compromisos con la alegría. A nadie le gusta aceptar sin más la derrota que imponen naturalmente las circunstancias, por eso se opta por algunos gestos y se anda como un ciego. Así, nos conducimos por hábito a los mismos lugares; frecuentamos gente que si la vida no fuera finita hace rato hubieramos olvidado. Algunos, más ineficaces, siguen queriendo rockear para toda la vida. Otros, veranean en la misma cabaña. Acá, en el Bolsón, como en el Pont des arts, la gente fue dejando unos candados en la reja del puente sellando vaya a saber qué pactos.
El agua abajo se estancaba de musgos, y mientras lo cruzaba encontré la misma luz: el led blanco, que emitían unos palitos rectos y pulidos que apocaban –de vuelta la misma palabra– la noche. Los pilares del puente eran unos rodillos de hormigón que nos cruzaron de una orilla de hormigón a la otra orilla de hormigón. Nos sentamos, iluminados por los palitos de luz led blanca, en los geométricos banquitos de hormigón que daban a la esfera irregular del lago, a mirar la rejita y la barandita que no tenían ninguna forma en especial.
Pensé primero, como una ocurrencia, que si se caminaba 1000 o 2000 kilómetros en cualquier dirección del país uno se iba a topar tarde o temprano con otras de estas obras rectangulares, enclenques y grises. Después mi memoria fue haciendo más plausible la conjetura. Yo, que soy un típico producto cultural de zona norte, recordaba varios
Pensé en escribir algo sobre esto: sobre la pobreza de las interacciones que esa arquitectura flaca e inorgánica autoriza (las pocas combinaciones que podemos ejecutar recorriéndola); sobre la pasividad que exige de nuestros sentidos; en fin, sobre el ser humano que tiene la obligación de recorrerla capaz a diario.
Podría ser una paradoja: no había nada para decir, o acaso de nada es de lo que se debía hablar. Pero también me pregunté: “¿para qué?”. Pregunta nada menor cuando se escribe una revista y se tiene a un grupo de personas unidas por un interés editorial. Aún asumiendo el legado de un pasado (una fantasma conocido como el pasado intelectual de la Argentina), el deber de ser algo más que una generación que habitó fugazmente el planeta, ¿no había nada más importante, más urgente, algo que demandara de mis energías una atención más atenta? ¿Soy avaro con el catálogo de miserias? ¿Me hago un reclamo acá porque hay un libro que no me termina de salir? No lo sé.
Días después, anotaba en mi diario mis sensaciones urbanas: “Un mundo extenso, sin densidad: la materia se escurre infinitamente, las voces se disuelven. En este país, no hay cómo decir algo que pueda aguantar su propio peso y sostenerse un segundo sin ser barrido para siempre”.
A lo sumo, concluí, puedo decir que este inestable mundo de hormigón no aguardaba a ningún Baudelaire. Renovado por los ríos helados y el aire de bosque, después tuve muchas dudas al respecto.

El puente del centro del Bolsón.
En todo caso, no resolvimos este tosco debate entre la literatura y lo social. Mi amigo coincidía en otras conclusiones. Mientras en el Bolsón mirábamos la luz led blanca de los palitos de luz sobre la vereda de hormigón sentados en los bancos de hormigón nos pusimos de acuerdo en algunos aspectos:
En primer lugar, la arquitectura de intendente es un dispendio moderado, un oxímoron, un derroche que se racionalizó debido probablemente al consejo de algún prudente secretario municipal. Fracasando en su absurdidad (el antihaussmann), no estimula a los seres humanos a modificar sus hábitos, a ampliar su percepción, a actuar de una determinada manera que concierne al gobernante. Pero al mismo tiempo, fracasa en su razonabilidad: todo tiene la apariencia de un enorme desatino, de ser –como el Memorial de Bariloche o el Puente del Bolsón, pero pensemos en GBA– producto del rapto de una necesidad de belleza, de patriotismo, de bondad o de cólera de un intendente inspirado o vagamente inquieto.
En segundo lugar, la arquitectura de intendente nos acostumbra a diario a la infatigable victoria del tiempo sobre el producto del trabajo humano. La decadencia de los materiales y la fragilidad de la facción obligan a una incesante refacción que culmina casi siempre en el abandono.
En tercer lugar, la arquitectura de intendente pertenece a la idealidad del sentimiento de su instigador o al trazado de los planos: jamás a la realidad. Los desarrollos de la arquitectura de intendente suelen contrastar con el espacio a su alrededor y, en muchos casos, a destruirlo.
En cuarto lugar, nunca está claro qué debe hacer una persona cuando interactúa con ella, como si hubiera sido creada de espaldas al ritmo natural del ser humano que le indica dónde echar la reposera, dónde ponerse a pensar, dónde bailar o cantar, dónde hacer ejercicio físico, dónde acudir al toilette.
Si este criterio constructivo se parece de algún modo a la personalidad de sus habitantes, la fomenta o la determina, eso queda a criterio de los lectores. Si, además, alguien quisiera advertir en la arquitectura de intendente una característica que resuma el estado de la Argentina, a esa persona se le puede adjudicar el gusto por la metonimia y los juegos del lenguaje.
- Como se verá, la protagonista del poema «À une passante” (1861) parece ser la ciudad misma que ahora hizo posibles estos cruces milagrosos:
La calle ensordecedora alrededor de mí rugía
(…)
Una mujer pasa, de un gesto fastuoso,
Ágil y noble, con su pierna de estatua
(…)
Yo, yo bebo, crispado como un extravagante,
En su ojo, cielo lívido donde germina el huracán,
La dulzura que fascina y el placer que mata.
Un relámpago… después la noche! — Fugitiva belleza.
¿No te veré ya más que en la eternidad?
(Traducción mía)
↩︎ - En “Apunte callejero” de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía se lee: Pienso en dónde guardaré los kioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas
↩︎ - De hecho, en un tango tan modernista como Anclao en París (1931), vemos a una pantalla el París de Haussmann y el Buenos Aires del 30’:
Contemplo la nieve que cae blandamente
Desde mi ventana, que da al bulevar…
Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes
Suipacha, Esmeralda, tu mismo Arrabal
Alguien me ha contado que estás floreciente
Y un juego de calles se da en diagonal
↩︎

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