El autor prefirió mantener anónimo este texto. La revista lo publica a su nombre.
Quisiera hablar de un grupo de gente que conozco bien: los economistas. Me parece un tema importante. No solo porque, por primera vez en nuestra historia, tenemos un presidente economista. Sino también por otra situación intrigante, algo que se ha llegado a llamar, en el mundo anglosajón, imperialismo de los economistas.
Porque, en efecto, creo que hace 40 años nadie hubiese pensado que un economista tenía que estar a cargo de una de las entidades más importantes para la producción de cine nacional (después de todo, que yo sepa, los economistas no ven muchas películas, por lo general). O que regulaciones sobre prácticamente todos los ámbitos de la vida, desde salud a transporte, iban a ser revisadas una por una, y revocadas o modificadas, por un todopoderoso economista. Aparentemente, la idea de que estudiar economía te brinda algún tipo de saber arcano y superior, una llave que abre todas las puertas, es muy fuerte en algunos. Hablo, claro, del Ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger, quien quizás represente a la perfección algunas de las tendencias intelectuales y conductuales, de las que voy a hablar a continuación —pero que, aviso para aquellos que piensan que esto se trata de un conflicto ideológico sobre más o menos Estado en la economía, no son privativas de él (ejem, Martín Guzmán…).
De lo que quiero hablar, entonces, es de la persona-economista. Quiero hablar de los economistas como humanos, más allá de sus diferencias doctrinarias o ideológicas, de si les gusta más este partido político, o este otro. Humanos que comparten ciertos hábitos intelectuales, ciertas conductas personales, cierto modo de vida. Y quisiera hablar de ellos porque cada día son más importantes. En algún momento de nuestra historia reciente, la sociedad (y sobre todo, personas que habitan esferas de poder, de toma de decisiones) decidió que los economistas eran la gente adecuada para tomar decisiones muy importantes en áreas como la salud, la educación, las políticas urbanas. Para todo aquello que en la jerga se denomina, de forma lavada y pulcra (como para no contaminarla de los vicios de la política), policy-making.
Hoy por hoy, los economistas son tenidos como reyes de las ciencias sociales. Y, mucho más importante que ser influyente en los claustros universitarios, y ser envidiado por los politólogos, es el hecho de que los economistas son los tecnócratas por excelencia del siglo XXI. No siempre fue así. Hace algún tiempo, el tecnócrata modelo era… ¡el general militar! Hace mucho menos tiempo, lo fue el epidemiólogo (aunque el enamoramiento con ellos fue breve). Pero actualmente, es a los economistas a quienes sentimos que tenemos que escuchar, los que entienden cómo funciona el mundo. Como gente formada, inteligente, y muy seria, tenemos que delegarles a ellos la gestión de una multitud de áreas importantes. Siéntense: educadores, sanitaristas, politólogos, historiadores, e incluso productores de cine. Ahora es el turno de los economistas.
Déjenme adelantarlo: no creo que estos desarrollos sean buenos. No creo que el peso exagerado que se le confiere en la toma de decisiones, a un grupo humano muy compacto y de mentalidad muy bien definida (por no decir, estrecha), sea positivo. No creo que la confianza que depositemos en sus credenciales esté a la altura de sus capacidades reales. Por el contrario, creo que en manos de los economistas, las cosas tienden a la trivialización, a las respuestas mecánicas, sencillas, por el simple hecho de que en muchos casos opinan sobre temas de los que no saben. Y, más riesgoso aún, que creen que sus opiniones (bastante arbitrarias y ligeras) son verdadera ciencia, porque tienen mucha estadística detrás. La historia que quiero contar es, en principio, una sobre la petulancia y pedantería injustificable que la posesión de ciertos métodos (tenidos como técnicamente superiores) le da a algunos. Pero, más que una cuestión técnica, quiero hablar, como ya dije, de una cuestión humana. En el fondo de esta fatal arrogancia —las legiones de policy-makers egresados de respetables universidades privadas, harían mejor en leer algo de Hayek— hay un tipo de mentalidad, que nuestras universidades y centros superiores, y nuestra cultura y época, manufacturan en masa. Una de pobreza y chatura del pensamiento, de arrogancia, y permítanme decirlo, incluso de resentimiento (¿a cuántos de ustedes, participantes de algún debate sobre historia, política o actualidad, se les dijo que no podían opinar por no entender la elevada ciencia económica?). En el fondo de toda cuestión cultural y política, hay vidas humanas, a veces bien vividas, y a veces mal vividas. Lo que quiero contarles ahora, es de la vida de los economistas.
La piedra de Rosetta de las ciencias sociales
Se sabe: los economistas tienen la piedra de Rosetta de las ciencias sociales. Aquello con lo que responderán a todas las preguntas, terminarán con todas las especulaciones inútiles de las ciencias sociales, con verdadera Evidencia Científica. La descubrieron en los setenta, y se llama inferencia causal. O, como la llamamos en la jerga, simplemente econometría aplicada. Déjenme aburrirlos, por un par de párrafos, con algo de la historia reciente de la disciplina. Porque hace a cómo los expertos en muchos campos fueron gradualmente reemplazados por economistas, y por qué a politólogos, sociólogos, u otros cientistas sociales, se les dice muchas veces que sus disciplinas no son serias, que son una paja intelectual, o un curro para robar una beca del Estado. Detrás de esta animadversión no hay, créanme, ninguna conspiración neoliberal que busque entronar a los adalides del mercado como reyes de las ciencias sociales. Sino un proceso mucho más gradual, mucho más sútil, de trivialización de los saberes, en el que la historia que voy a contar juega un rol clave.
Fue en los años setenta, cuando investigadores de otras disciplinas científicas (sí, los economistas no creamos realmente muchas cosas nuevas, pero somos muy buenos aplicándolas) idearon una nueva manera de pensar, de abordar, preguntas muy viejas propias de cualquier estudio empírico. Desde hace ya varios siglos (pues los datos no son una invención de CoderHouse para vender cursos) tenemos datos sobre muchas variables: mortandad de algún grupo humano, precio promedio de un bien, milímetros de lluvia por temporada, etc. Nuestro fin, como investigadores objetivos y serios, es validar con esos datos, alguna de nuestras hipótesis. Para que se den una idea de la generalidad del problema del que estoy hablando, tengan en mente algunos ejemplos como: ¿tenemos evidencia para creer que la provisión de una Asignación Universal por Hijo, aumenta las tasas de escolaridad de los niños de las familias que la reciben? ¿Reduce o no la tenencia de armas la criminalidad? ¿Cuál es el efecto sobre el nivel de desempleo de una legislación de salario mínimo? ¿Tinder? Creanlo o no, hoy en día, todas estas preguntas serían objeto de interés para un economista escribiendo un paper.
¿Y cómo sabemos o no, si la evidencia valida o contradice nuestra idea? Es más difícil de lo que parece en principio. Quizás queremos ver qué tan asociadas X e Y están, para probar que cambios en X generan cambios en Y. Pero quizás X e Y están asociadas porque en verdad Y causa X. O quizás nos olvidamos de una tercera variable, Z, que causa ambas. No lo sabemos. Por sí mismos, los datos no nos dicen mucho. O, más precisamente, pueden decirnos cualquier cosa. Todo depende de cómo queramos combinarlos, de qué historia queremos contar. Todos los problemas que mencioné anteriormente son intrínsecos a la observación empírica. Durante mucho tiempo, estos problemas fueron, en verdad, fuente de eternas discordias entre cientistas sociales.
Eso es, hasta que los economistas aprendimos, y aplicamos, la inferencia causal. Según la historia convencional, vinimos a salvar el día. Cuando hablo del conjunto de inferencia causal, hablo de un conjunto de técnicas: técnicas matemáticas, estadísticas, relativamente fáciles de aprender, cuyo propósito es permitirnos contestar, de manera creíble, cuál es el efecto causal de alguna variable X sobre otra variable Y, estando seguros de que no estamos omitiendo ninguna variable importante, o de que no tenemos la causalidad al revés, o de muchos otros problemas del mismo tipo. En una palabra, que la evidencia no nos engañó.
La aplicación de estos métodos fue considerada tan exitosa, que inició una nueva época en la economía. Propició un giro empírico: los economistas bajaron a tierra. De la torre de marfil de la matemática avanzada, al barro caótico de los estudios aplicados. Y la disciplina le dio la bienvenida, y lo premió. Los papers sobre temas aplicados (nuestra forma un poco peyorativa de llamar a todo paper que investigue un tema empírico, en una disciplina que sigue teniendo como máximo signo de estatus el conocimiento de la matemática más avanzada) aumentaron significativamente frente a los de teoría pura (matemática, básicamente). Los últimos premios Nobel fueron a gente que trajo la inferencia causal a la economía, o que la aplicó de manera influyente. O sea que aunque en la cabeza de muchos de nuestros colegas de otras disciplinas, los economistas son gente abocada a construcciones teóricas abstractas e irrealistas, la verdad es que, por el contrario, cada vez dedican más tiempo a la estadística aplicada. Al día de la fecha, esta es la moda académica en la economía. Ya tiene su buen par de años (al menos, dos décadas), pero no hay, por ahora, nada en el horizonte que amenace con reemplazarla (y no, no hay indicios de que leer a Murray Rothbard vaya a ponerse de moda en los claustros académicos).
Por lo tanto, hay, a mi entender, una razón bastante obvia y transparente (y bastante trivial, me temo decirle a mis amigos conspirativos) por la cual la economía se volvió de cierto modo la reina de las ciencias sociales: simplemente, manejan más estadística que sus colegas. Son, entre los cientistas sociales, los que mayor formación tienen para eso. Y no hay que menospreciar este motivo aparentemente técnico, objetivo, y algo aburrido. Muchas veces, las explicaciones más simples son las correctas.
Ahora, déjenme decirles porque, en primer lugar, esto podría no ser tan bueno. Y porqué, además, es solo una parte de esta historia.
Y es que, en lo fundamental, no creo que este imperialismo de las ciencias económicas haya mejorado nuestro conocimiento. No creo que gracias a él tengamos un entendimiento más claro sobre algunas preguntas muy profundas. Con bastante arrogancia y pedantería, los economistas trivializan cosas que realmente no entienden. Abusan de las herramientas que aprendieron sin cuidado o entendimiento real de cómo funcionan. El resultado puede ser catastrófico.
La triste industria de los papers
Déjenme decirlo ahora. La inferencia causal no tiene la culpa. El pobre Joshua Angrist, no tiene la culpa. Es más, es él quien advierte en sus papers más citados que la aplicación de estas técnicas no puede reemplazar el dominio de campo. De nada sirve entender y poder aplicar modelos estadísticamente sofisticados y correctos, cuando no se sabe dónde poner el ojo. Y saber donde poner el ojo, intuir, es algo que viene con años de experiencia, con años de familiaridad, estudio y meditación. Y sobre todo, con buen juicio. Buen juicio (que solo nace de un buen carácter) es lo que le falta a muchos economistas —y, la verdad, a muchos académicos). Pero es algo que no se aprende en un curso trimestral de econometría como los que te ofrece cualquier universidad privada Muy Respetable.
Lo que pasa es que la formación académica fomenta cualquier cosa, menos el pensamiento. No estimula el pensamiento crítico y el buen razonamiento, sino la memorización mecánica de técnicas sofisticadas. Una vez que el alumno memorizó las suficientes técnicas, y las regurgitó una y otra vez en infinitas Guías de Estudio de Econometría™ y en exámenes, llega al siguiente paso. Es momento de aplicarlas.
Y rápido, porque las becas son pocas, y la competencia es mucha. Uno no quiere quedarse atrás. Tiene que publicar, publicar y publicar. Publish or perish. Así que el economista sin dominio de campo, cuya formación humana se reduce a guías de microeconomía, matemática bastante básica para cualquier estudiante de exactas, y estadística —un poco menos básica— empieza a poner sus manos sobre todo, a buscar nuevas áreas, nuevas preguntas, y llevarles la luz de la inferencia causal a los oscurantistas sociologos y politologos que todavía no inventaron la rueda o el fuego. Pobres de ellos, los primitivos. Solo saben leer autores muertos y viejos (aunque eso es algo que a un economista le vendría bien hacer, de vez en cuando). Estos son los incentivos de la academia, los que invitan a trivializar preguntas e ideas, en pos de la acumulación de prestigio del estudiante.
El resultado es Acemoglu, el último Nobel de economía: verdadero modelo humano de académico, al que todo alumno aspiraría parecerse. Acemoglu descubrió por qué fracasan económicamente los países. Simplemente, es porque tienen malas instituciones. ¿Cuáles son las malas instituciones? Bueno, casualmente, son las que no nos gustan a nosotros, occidentales civilizados, en Cambridge, Massachusetts. Son las autocracias atrasadas y corruptas del tercer mundo. Venezuela, el Congo, o la Argentina “peronista”. Todas ellas tienen instituciones extractivas, que no respetan la propiedad privada, y por lo tanto no dan lugar a la generación de riqueza e innovación técnica por parte de la iniciativa privada de los individuos. ¿Y qué hay de las autocracias eficientes? Ustedes saben: Singapur, Corea del Sur, China. Mmm, bueno, de esas, olvídense por un rato. Son apenas 3 datos de 195 en la regresión lineal de Acemoglu. Outliers, le dicen a eso.
Pero Acemoglu no sabe esto, por prejuicio ideológico. No, recuerden que él es alguien muy serio. Fue al MIT (¡palabras mayores!), igualito a nuestro Acemoglu local de las pampas, Sturzenegger. Acemoglu sabe que la Democracia™ es buena, y las podridas y tercermundistas autocracias son malas, porque midió la asociación estadística que existía entre las Instituciones Buenas (ya saben, las capitalistas, las que no son extractivas: y aquí los politólogos pueden brindar ayuda inventando un número mágico que las mida), y la riqueza actual de los países, medida por su PIB per cápita. Pero quizás los países desarrollen buenas instituciones, porque primero se hacen ricos, ¿no?. Este es un problema típico de inferencia causal. O quizás se deba a motivos de orden cultural. Ciertas culturas, generan tanto riqueza como buenas instituciones. Ah, bueno, no hay problema. En vez de medir la asociación entre las buenas instituciones y la riqueza, podemos eliminar la simultaneidad, o la racista variable omitida Cultura (porque a los economistas, todo aquello que no trate a las personas como tabulas rasas maximizadoras de una función de utilidad les huele a racismo), viendo la asociación entre… la mortandad de malaria en 1870, y la riqueza actual. Suponiendo que ahí donde los europeos morían a tasas muy altas de malaria, y no podían colonizarlos con su propia población, entonces elegían edificar no instituciones buenas (respeto a la propiedad privada, igualdad ante la ley) sino las malas, las extractivas (esclavitud, etc.), y que las instituciones se eligen una vez y para siempre (idea muy verosímil, por cierto…), entonces deberíamos ver una asociación negativa entre las muertes por malaria en 1870 y la riqueza actual. Logramos llegar a la conclusión que buscábamos: cuanto menos hayan muerto los europeos de malaria en 1870 en Australia, más rico debería ser Australia hoy, y sabemos que es debido a las instituciones. Sí, efectivamente, los números cierran. ¡Bingo! La gran Mortandad de los Mosquitos nos permitió aprender que los think tanks de Washington D.C. tenían razón, y que Beijing se equivocaba.
Esto, ni más ni menos, ganó un Nobel. Si les parece ridículo, es porque lo es. Economistas más serios y comprometidos con la verdad, demostraron por qué se trata de un mal argumento, hace ya tiempo. Historiadores económicos le recordaron a Acemoglu que su teoría no explica algunos de los casos más recientes (como los ya mencionados) e importantes de crecimiento económico. Pero no importa. Porque la inferencia causal está de moda. Y Occidente contra las autocracias está (o lo estuvo, gran parte de la década pasada) de moda. Si multiplicas moda por moda, tenés moda a la segunda potencia. Receta para el éxito académico. Y esto te amerita un Nobel. Nobleza obliga: además de su carrera como escritor best seller de libros de aeropuerto, Acemoglu maneja con destreza sobrehumana las demostraciones abstractas que tanto impresionan a los economistas. Sí, Acemoglu no ganó el Nobel por una malévola conspiración tecnocrática de think tanks, sino por un motivo mucho más aburrido, mucho más humano: escribió sobre temas de moda en un mundo donde los espejos de colores valen más que el pensamiento profundo.
Hasta ahora, esta nota fue demasiado académica. Me temo que no aborde el tema central. Lo que está detrás del imperialismo de los economistas y su trivialización de preguntas importantes y profundas no es una discusión abstracta sobre métodos de estadística (por más que esto también importe). Sino algo personal, algo humano. Algo sobre la manera en la que nuestros centros de Seria y Objetiva educación forman en la pobreza del pensamiento, en la trivialización de las preguntas y en las contestaciones rápidas, mecánicas, y correctas según el muy objetivo parámetro de las modas académicas. Sobre eso quiero hablar ahora.
Miseria de la academia
¿Por qué esa mediocridad de pensamiento? ¿Por qué la trivialización de preguntas profundas y el modo acrítico y mecánico de proceder? Un economista no-tan-convencional, de la vieja escuela (y también del viejo mundo) ofreció a mi juicio la respuesta adecuada. Los economistas son, simplemente, gente aburrida. Pero no son aburridos porque la economía es aburrida. Por el contrario, la economía incluye algunas de las preguntas más interesantes de la historia del pensamiento, y por eso ha atraído históricamente a brillantes figuras, de ideas muy dispares. David Hume y Karl Marx, o Friedrich von Hayek y John Maynard, por nombrar algunas polaridades.
La economía no tiene la culpa. Los humanos, las personas, los economistas, sí la tenemos. Las vidas de los economistas son CV’s. Escuchenlo de sus propias bocas. En todas las arduas etapas que el estudiante tiene que atravesar, en todos los esfuerzos que se le proponen y todo el sacrificio que se le exige, nunca se lo invita a pensar por sí mismo, a crear, a imaginar. Tengo profesores que me han dicho: no, no sigas esta idea, mejor intenta replicar este otro paper que fue muy exitoso, que tuvo muchas citas. Así, es más probable que te publiquen. El momento para crear llega después, mucho más tarde. Quizás luego del PhD. Pero para el momento en el que los economistas terminan sus doctorados, el entorno ya te formó (o deformó) como una persona habituada a la copia, a la reproducción de opiniones válidas. En una palabra, te formó en el conformismo. Ya vimos el resultado: el verdadero modelo humano de académico, encarnado en Acemoglu. Pienso que hubo muchos otros economistas, mucho más originales y profundos que él, que nunca recibieron un premio o reconocimiento así, tan solo porque no publicaron tanto como debían, o trabajaron siempre temas marginales, pero profundos.
Nuestra educación superior promueve la memorización, la obediencia, y el achatamiento mental, antes que la intuición y la creatividad, las verdaderas bases de todo descubrimiento profundo. Sumado a un ritmo verdaderamente maquinal y a una competencia despiadada de alcance global —porque los argentinos no son los únicos que intentan entrar a una universidad top 5, no, también hay indios, chinos, etc. y contra todos ellos hay que competir— el resultado es que la generalidad de los economistas son gente aburrida, pedante, y frustrada. Frustrados porque internalizan desde jóvenes una mentalidad de escasez y masoquismo: nunca alcanza. Nunca son suficientes publicaciones. Nunca el promedio es lo suficientemente alto. Siempre se puede ser mejor, siempre podés merecerlo más. De alguien frustrado y aplastado, nunca va a aparecer un pensamiento original, porque de entrada se priva a sí mismo del largo recorrido íntimo, solitario, y algo orgulloso, que es la creación de nuevas ideas. Solo habrá lugar para la copia, la reproducción del consenso. Aunque, lo admito, de esto si puede salir una beca o dos para el MIT o Columbia. Y si algo premia nuestra cultura, no será la originalidad, pero sí las credenciales. Estas son las reglas del juego.
¿Qué puede decirle de interesante al mundo una persona que pasó sus veinte años resolviendo guías de estudio de microeconomía? Atareado por todas las actividades extracurriculares que embellecen un CV: las ayudantías de profesorado no pagas, los “proyectos de investigación” (esencialmente, vehículos de redireccionamiento de fondos hacia algún titular de cátedra ocioso), etc. Nunca con un minuto libre para pensar, para reflexionar. ¿Qué aporte valioso puede hacer un eterno estudiante que carece de curiosidad por asuntos filosóficos, epistemológicos o históricos; que ni siquiera conoce los clásicos de su disciplina y jamás los leyó? Créanme, colegas economistas, que por algo son clásicos. Y no, lo siento, el manual de micro de Mas Collel no es un clásico. Hayek lo es, por otra parte. O Tom Sargent, si ese les gusta más. Lo son porque allí hay algo que no está en los manuales: hay preguntas, y está el ejemplo vivo y edificante de personas intentando contestar por sí mismas algo que no pudieron aprender en ningún lugar. Eso es algo más que técnica y método.
Una persona formada en este medio no tendrá, seguramente, ideas propias y profundas. A lo sumo, podrá escupir muchas demostraciones abstractas de microeconomía. O darnos un catálogo de medicaciones psiquiátricas para la ansiedad, y de estimulantes para tomar previo a un parcial. De eso estoy seguro. Y un día, esa persona terminará sus estudios. Saldrá del claustro e irá al mundo, con una falsa sensación de control y poder. Dejará de llevar la cabeza gacha frente a los profesores con PhD en el exterior, porque ahora él mismo tendrá uno. Y saldrá orgulloso y arrogante al exterior. Ahora es mejor que la gente vulgar, estúpida. Después de todo, estudió mucha, mucha matemática. Ahora hay que escucharlo. Ahora, él va a tomar las decisiones. Y si todo sale mal, ya saben, no fue su culpa. Es que ustedes son unos brutos que no fueron al MIT.
Una formación verdaderamente humana
Keynes dijo alguna vez que un buen economista tenía que ser parte historiador, filósofo, matemático. No creo que haya que tomarse esta frase de manera literal. Creo que lo que quiso decir es, no que el economista promedio debía ser un genio polímata, sino alguien curioso. ¿De dónde viene el conocimiento? ¿de dónde vienen las ideas realmente revolucionarias? No soy un epistemólogo, ni esto es un escrito de filosofía. Pero creo que todos podemos entender que, en un nivel fundamental, vienen de la familiarización con el fenómeno de interés: vienen del pensamiento quieto y prolongado, de la concentración, y de la mente penetrante que fija su energía en una cosa por mucho tiempo. Viene de la escucha empática al fenómeno vivo. Escucha que demanda que en algún momento acallemos todas las voces exteriores, todas las convenciones y consensos de la disciplina, y nos preguntemos nosotros mismos ¿qué es esto, qué está pasando? ¿cómo funciona la cosa?
Y esta curiosidad es algo que debe nutrirse. Quisiera que muchos más economistas, que en general muchas más personas supuestamente interesadas por el pensamiento, de cualquier disciplina, resolvieran menos guías de estudio, y leyeran menos manuales, pero viajasen más, conocieran más. Que tuvieran vidas más interesantes, movidas por su deseo propio y su afán de curiosidad. Creo que esto es lo que alimenta la creatividad y la profundidad mental. En los veinte de uno, nuestro interior nos pide a gritos movimiento, expansión, y esta es una demanda que la cabeza tiene que escuchar. Y no, no hablo de movimiento en su sentido más literal. Porque estoy seguro que muchos economistas, gente pudiente por lo general —y quizás este sea parte del problema: quizás nuestras élites, nuestras clases más acomodadas, hace mucho tiempo dejaron de emplear el privilegio de la riqueza para habitar el ocio y la curiosidad, costumbres que hacen al espíritu, y prefieren en cambio vivir la misma rat race que todo el resto: persiguiendo dinero, prestigio y credenciales, y embruteciéndose en el camino— viajaron a Punta del Este, a París, o a Nueva York. Pero no son de estos viajes de los que hablo. Hablo de los viajes interiores, del conocimiento de uno mismo. Creo que estos son los atributos personales necesarios para ser un buen pensador.
Las reglas de juego de la academia son las que son. Y desearía profundamente que cambien, y pronto. Pero mientras tanto, tomémonos menos en serio las voces autoritarias de mentes mediocres que pasaron su vida encerrados en un cuarto, y animémonos a pensar por nosotros mismos.

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