Una introducción: algunos datos
Vayamos al problema directamente. Todos queremos una vivienda propia y, en una Argentina sin crédito y con escasa capacidad de ahorro, ese deseo es casi imposible de alcanzar. Es un problema que atraviesa a Occidente cuando entra en juego el factor temporal: aún en los países con crédito tener una casa hoy es más complicado que hace 40 años. Sirvan los datos de la Reserva Federal estadounidense como ejemplo de que la crisis global: en 1985 una casa promedio costaba lo que 3 ingresos promedios familiares, mientras que en 2022 el valor ascendía a más del doble.
Digo “todos” pero pienso en un grupo demográfico particular: hablo de los jóvenes, ese universo extenso que se inicia con la mayoría de edad y se estira, con más o menos rigor, hasta mediados de los cuarenta. En 2024 solamente el 10% de las personas entre 18 y 41 años tiene una casa propia.
Es una preocupación centrada en el AMBA (la Ciudad de Buenos Aires y cuarenta partidos que la rodean), como casi todas las cosas en Argentina. El último censo muestra que, a nivel nacional, el promedio de viviendas ocupadas propias alcanza el 65%. En CABA ese número baja estrepitosamente hasta un 8%, una cifra que sube en el conurbano bonaerense gracias a la regularización de tierras tomadas —un leitmotiv municipal muy propio de los años con elecciones ejecutivas.
Las campañas políticas dirigidas a los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires y esas pequeñas provincias aledañas llamadas municipios toman nota y el problema de la vivienda fue uno de los grandes protagonistas del discurso de Juan Grabois en su precandidatura a presidente. No me interesa ser leal con los detalles de su propuesta porque lo que me interesa es su base más simple, la misma que repiten otros actores políticos que van desde el conservadurismo nacionalista hasta la izquierda trotskista: la clave está en los pueblos a 100 km de los grandes centros urbanos. Las distancias pueden variar según cómo se mida; en Buenos Aires acaso sean esos pueblos que viven en la franja de un soñado cuarto cordón del conurbano que se extiende entre la ruta 6 y la 41. Solís o Carlos Keen, desde Tomás Jofré o Uribelarrea, Doomselar o General Mansilla.
Cuando el proyecto de la casa propia en un pueblo no está atravesado por fantasías expropiatorias circulan números y son bastante atinados. Un entramado de entusiastas experimentados, diseñadores de políticas públicas de café y publinotas de grandes medios hablan de terrenos entre 10.000 y 30.000 dólares. Son números que están en los sueños de la cada vez más pequeña clase media: lo que quizás gaste un joven profesional exitoso en viajes a lo largo de un lustro. Los 5 años no son azarosos: muchos loteos de barrios abiertos ofrecen 60 cuotas. Un sweet spot apropiado: olvidar publicar fotos en algún país europeo durante unas docenas de meses a cambio de tener un pedazo de tierra que llamar propio.
Hasta aquí el estado de la cuestión. A partir de ahora mi testimonio. Esta breve y humilde crónica autobiográfica no pretende ser un análisis profundo ni un estudio pormenorizado. Son solo algunas impresiones de vivir eso de lo que hablamos: cuando comenzó la pandemia COVID-19 junté mis ahorros, compré un terreno en un pueblo y construí mi casa. Lo hice por convicción: la promesa de una vida con verde, tranquila, con espacio y aire limpio. Lo hice por necesidad: es a lo que podía aspirar un hijo de docentes del conurbano cuyo capital fueron años de ahorro gracias a becas extranjeras. Entre la convicción y la necesidad: ese intersticio donde hacemos lo que podemos con nuestras vidas.
La idea
Todo cerraba. En algún momento había sido una añoranza nacida en pareja, un ensueño común entre amigos y conocidos. Comprar algo en un lugar que nos dé más calidad de vida y, a la vez, nos permita continuar más o menos con nuestra vida. A veces los vínculos terminan, pero los planes anidan y tienen vida propia. Este fue el caso. El mundo parecía girar para siempre al trabajo remoto y, en medio de una crisis sanitaria, el confinamiento invitaba hacia la naturaleza. El peso de sentir que para pensar una vida es necesario un pedazo de tierra, un lugar que llamar propio. Con un terreno se abría un universo imposible de pensar en la gran ciudad: una casa grande y linda llena de luz y verde, espacio suficiente para hacer asados, una pileta, una huerta, reuniones con amigos y la familia.
Ahí fuí.
Ahí estamos ahora, querido lector. Vayamos juntos a construir nuestra casa en un pueblo.
Acceso a servicios
El terreno está allí. Desnudo en medio de la llanura pampeana, rodeado de unas pocas manzanas. ¿Quinientas familias a su alrededor conviven con nosotros en el pueblo? ¿Tal vez un lote largo, de 12 metros de frente y 50 de fondo? ¿Una quinta de 2000 m2? ¿Miramos hacía el campo o la ruta, compramos frente a un boulevard o la plaza? No importa demasiado porque ya estamos. Es nuestro. Pocas cosas se sienten tan bien como saber que esa tierra lleva nuestro nombre, que es nuestro, pero también de nuestra familia y nuestros amigos. Pocas cosas se sienten así: solo el amor.
Llegó el momento: ahí se va a levantar nuestra casa. Ese es el primer problema, que habla en realidad de un problema mayor: la dificultad de acceder a bienes y servicios que, en rigor, son complejos de adquirir aún en los centros urbanos más importantes del país. Pensemos rápido en la Ciudad de Buenos Aires: una de las ciudades más caras del mundo con luminarias que fallan, veredas sucias y calles rotas. Las comparaciones injustas funcionan: si eso es lo que pasa en CABA no era difícil imaginar que algo parecido iba a pasar en un pueblo pequeño. Otros problemas, pero similares: las calles tal vez no estén mejoradas, la recolección de residuos no es diaria, las luces de la calle corren por cuenta de los vecinos. Todas cosas previsibles porque nos estamos mudando a un pueblo: gas, agua corriente, cloacas y asfalto son comodidades de la gran ciudad. Nos detenemos, recalculamos y seguimos.
Ahí está nuestro terreno. Ya cambió, ya lo cambiamos. Lo tuvimos que proveer de servicios. De algún modo agenciamos el agua, la electricidad y el gas. Tal vez entre varios vecinos se compraron luces para la calle y se juntó el dinero para entoscar o alisar la calle. ¿Es posible aprender sobre movimientos de suelo mientras se trabaja al menos 8 horas por día? Por supuesto. No es una opción: es lo que necesitamos para construir nuestra casa. La relación entre lo público y lo privado es distinta a la que estamos acostumbrados: acá, junto con nuestra casa, cambia el pueblo mismo.
En el AMBA, donde la demanda abunda, es muy difícil conseguir un albañil, plomero, gasista o electricista de calidad y confianza. Los hay, son muy requeridos y, por tanto, costosos. ¿Qué pasa en estos pueblos, donde la baja demográfica es una marca constante hace décadas y de donde la mano de obra jóven y calificada se aleja? La respuesta es clara: se paga más, se espera más o se trae gente de otro lado (cosa que, por supuesto, es más cara). La solución de rigor es la vía del autodidacta; es más ágil y seguro volverse su propio changarín: armar un pastón para revocar, pasar cables hacia una térmica y termofusionar codos de agua se van sumando a las habilidades necesarias para ser propietario. No es la falta de dinero: es la imposibilidad de acceder de forma segura a servicios aún estando dispuesto a pagar. “Desarrollo desigual y combinado”: el capitalismo nunca llegó a terminar de armarse bien en nuestro país. Sea como sea, tenemos un nuevo repertorio de habilidades para las que no tenemos tiempo. La casa se demora y pesa, nos duele en la carne y arde en los nervios.
Acceso a bienes
Puede ser que lo hayamos negado, pero esto ya lo sabíamos. Todo arquitecto, todo maestro mayor de obra, todo familiar y amigo ya nos había avisado: hacer una casa es un desastre en el que siempre salen las cosas mal. Ya lo sabíamos y entonces no hay tanta angustia: nuestra casa fue avanzando, lenta pero constante, con la irrupción de albañiles que se ausentan, las estafas habituales del rubro y las uñas llenas de cemento y cal. Ya está. Está ahí. Es nuestra casa.
Nos sentamos, miramos lo que construimos con esfuerzo. Conocemos cada detalle: qué está bien, qué está mal. Esa casa es una extensión de nuestro cuerpo: la odiamos y amamos a la vez con esa intensidad que solo se puede tener con la propia piel. Ahora, en este momento (en que nos dimos cuenta de que, en verdad, una casa nunca se termina de construir), finalmente podemos descansar.
Y entonces vamos a hacer las compras para preparar una comida simple. Unas milanesas de peceto con ensalada de tomate y lechuga. En cuanto llegamos a la carnicería del pueblo recordamos: el peceto se trae a pedido. Tampoco hay pechugas de pollo: se acabaron las pocas que había. Ir a la verdulería también fue nuestro error: no hay tomate porque está caro y entonces no sale, y la lechuga está vieja, mañana recién viene el camión que trae cajones del Mercado Central. Nada extraño: los circuitos de producción hortícola abastecen al AMBA y la mayor parte de las veces no tienen conexión directa con las ciudades intermedias. Nos disponemos, entonces, a ir a la ciudad cabecera del municipio (seguramente un porteño también la llamaría pueblo). Calculamos una hora y media de ida y vuelta: la ruta está medio destruída. Cambiamos de plan y hacemos unos fideos con manteca. “Lo de la huerta ya no es una opción. Sí o sí vamos a tener que cultivar nuestros propios tomates”, pensamos.
Transporte público
Mientras hicimos nuestra casa cambió el mundo y cambió el país. El trabajo remoto ya no es tan remoto. Puede ser eso u otra cosa, lo importante es que parte de nuestra semana se vive en Buenos Aires o sus alrededores. Algo habíamos previsto, por eso compramos en un pueblo con buenas conexiones. Uno de esos a donde llega el tren y el colectivo, verdaderas joyas que aún sobreviven el desmantelamiento ferroviario: Open Door, Zapiola, Alejandro Petión, Jeppener o Gowland. Estábamos seguros: de alguna forma llegábamos a la ciudad.
No. Ahora lo recordamos. Argentina es un país con pésimo transporte público. Irregular e imprevisible, pronto a cancelaciones y cambios de horario. Los pueblos a 100 km del AMBA tienen una forma específica de ruina arqueológica para atestiguarlo: la estación de tren abandonada. El transporte más rápido y eficiente para ampliar el universo inmobiliario está quebrado. En la Île-de-France un pueblo a 40 km de París está conectado a la metrópolis por un tren rápido. De Melun a Gare du Nord en veinte minutos. En los pocos casos donde aún existen vías (por ejemplo, la línea Sarmiento Mercedes-Moreno-Once) esos tiempos se multiplican por diez: cerca de tres horas separan a un pueblo bien conectado de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en un recorrido ideal. La mitad de las veces las locomotoras diésel no andan y a las dos horas de esperar nos avisan que se cancelan los servicios.
Existe otro transporte: el colectivo. Muchos de los pueblos tienen una conexión titilante por esa vía: unos pocos servicios por día organizan el contacto con algún otro centro de transporte o, en el mejor de los casos, con AMBA. La realidad es que, incluso en el pueblo mejor conectado, hacer esos 100 km en colectivo puede demorar también cerca de 3 horas. Volvamos sobre el injusto ejemplo de Luján, una ciudad cuyo mercado inmobiliario no tiene nada que ver con esos pequeños pueblos: el 57, una línea regular y con comodidades, tarda más de una hora y media en alcanzar Plaza Miserere en un buen día. Y lamentablemente hay que reconocer que, en Argentina, al menos en lo que refiere a transporte público, hay muy pocos buenos días.
Transporte propio
Siempre lo padecimos, pero ahora una demora significa, tal vez, no llegar a casa. Terminamos de abandonar el fetiche del transporte público. Vamos por lo seguro: un auto, una moto, una camioneta. La experiencia nos enseñó que contar con un transporte propio es de vida o muerte. Para las milanesas que no pudimos conseguir, en principio. Luego, por una cuestión de real supervivencia: ¿qué pasa si tenemos que ir, por alguna razón, a un hospital? ¿Qué pasa si un amigo o un familiar precisa de ayuda? ¿Qué pasa si, tras un cambio en el régimen laboral, necesitamos viajar todos los días a CABA?
Los 100 kilómetros de distancia, esos que nos permitieron comprar nuestro lote y hacer nuestra casa, pesan. Pesan en peajes y combustible. Pesan en el desgaste del auto. Y, sobre todo, nos pesan en el propio cansancio: horas y horas de manejo en una red caminera completamente saturada. No somos los únicos que pasamos por lo mismo: mucha gente compró, como nosotros, un terreno en un pueblo. O en un barrio cerrado o un club de campo: ellos tienen historias diferentes, pero problemas muy parecidos. Los horarios que manejamos son similares y repetimos el ritual con persistencia: nos movemos durante largas horas a velocidades que a veces podrían ser las de un hombre a pie. Tres horas por día entre ida y vuelta, con suerte. Lo logramos, reducimos el tiempo del transporte público a la mitad a costa de dinero y agotamiento. Convivimos todos juntos en ríos de asfalto pobremente mantenido por donde transitan los bienes de nuestro mundo. Tal vez uno de esos camiones lleve al Mercado Central el tomate y la lechuga que no pudimos conseguir en el pueblo.
Vida social
“Los amigos van a venir. Tenemos un montón. Diferentes grupos, horarios y profesiones. A todo el mundo le gustan los pueblos. Y la pileta. Y el asado. Tiramos verduras para los vegetarianos” pensamos durante toda nuestra aventura inmobiliaria.
Y sí, vienen. Vienen porque nos quieren. Además, ahora pueden venir a casa en vez de pegarse una escapada a comer asado en Villa Ruiz, Gouin, Ranchos o Abbott. Pero lo cierto es que los ritmos nos cambiaron: se perdió el café rápido al mediodía en un hueco y no podemos organizar unas birras de improviso. Vamos armando nuevos esquemas, pensando encuentros con tiempo: una vez vienen ellos, otra vez vamos nosotros. El tiempo se dilata, dos semanas se vuelve un mes, dos, tres. Eso en el mejor de los casos. Extrañamos a nuestros amigos, ellos nos extrañan a nosotros y quizás algo peor: extrañamos todo lo que hacíamos con ellos.
Pero somos ermitaños. En el pueblo nos hicimos conocidos. Hay gente muy buena, adorable, con la que nos llevamos bien. Pero no son nuestros amigos. Ahora nos damos cuenta de que cada vez estamos más lejos de todo. ¿De qué exactamente? De eso que en algún momento fue nuestra vida.
Con ese vacío Intentamos construir en comunidad: buscamos teatro, cine, talleres, club, cursos, algo ¿Qué de eso podemos encontrar en un pequeño pueblo a 100km del AMBA? ¿Qué podemos crear, qué podemos ofrecer? La respuesta depende del más puro azar. “Como la ruleta rusa”, pensamos.
El sueño encarnado
Nuestra vida ahora está dedicada a ese verde que nos llamó. Para bien o para mal nos gusta domesticar la naturaleza: cortamos el pasto y los arbustos, regalos los árboles y las plantas, cuidamos que el camino que lleva a la tranquera esté bien delimitado. Acá también elegimos ser esclavos, como lo somos de tantas otras cosas. Horas y horas.
Los tiempos son diferentes: lo que antes era simple y rutinario ahora puede ser el plan de un día. Reparar un par de zapatos, conseguir un vidriero, comprar un buen vino: aprendemos a hacer las cosas nosotros o nos dedicamos una tarde a viajar hasta donde nos puedan solucionar el problema. Tiempo y dinero. Esta, nos damos cuenta, es también una forma de pagar nuestra casa: algunos costos son más visibles que otros.
Nos levantamos mirando la llanura larga y áspera regada por el sol naranja y violeta de la mañana. Dormimos con la brisa fresca que silba entre los árboles. Planificamos con tiempo o comemos lo que se consigue en el pueblo.
Los cambios en los horarios del trabajo nos destruyen: nos cansan, nos desorganizan. En los últimos años somos varios en la misma y vamos viendo cómo las idas y vueltas nos acercan y nos alejan: algunos encajan perfecto con esta vida, otros piensan quedarse y de pronto deben volver a la ciudad; está la generación que ve pronto una jubilación acá y los que hablan de reencontrarse con ellos mismos. Esos últimos nos llaman la atención: suelen venir los fines de semana y ven todo desde fuera como quien mira la lluvia caer con miedo a mojarse. Nos instruyen sobre la paz, el contacto con la naturaleza y la vida en comunidad, aunque se encierran en su quinta sábado y domingo. “Esto no es un retiro espiritual. Nosotros vivimos acá”, le decimos una vez que nos quieren dar alguna lección de vida vaga e imprecisa. Esa vez sí nos sentimos del pueblo.
¿Seguimos en el pueblo, ahora nuestro santuario y refugio esporádico para amigos? ¿Vendimos la casa que construimos con nuestras manos? Sea cual sea la respuesta: miramos hacía atrás, a ese lote que compramos, y sabemos que fue una inversión plagada de dificultades. Muchas más de las que hubiésemos estado dispuestos a enfrentar. No desciframos cómo logramos parir esa casa que levantamos de la nada, pero sabemos que hicimos algo necesario. Fue la única forma que encontramos, nosotros que no somos herederos, para tener algo propio en este mundo donde, cada vez más, todo se alquila.

Deja un comentario