
Soy, creo, un sano hijo de la universidad pública. Allí conocí a muchísima gente que admiro, incluyendo a mi novia, docentes y muchísimas amistades que me hacen todos los días la vida mejor. Encontré la que, creo, es mi vocación. Pude conocer otras provincias y a gente de todo el mundo. Tuve la oportunidad y el privilegio de poder cambiar de carrera gracias a la universidad pública. Estudio cosas que no conocía y que, sin exagerar, me dan ganas de vivir. Esta revista existe, en gran medida, gracias a la universidad pública. Siempre que charlo con algún conocido que todavía no terminó el secundario y que no sabe bien qué hacer le recomiendo que vaya a una universidad pública, porque para mí, como decisión personal, por todo esto que mencioné y por la excelencia académica de las facultades, es la mejor. Yo, personalmente, me atrevo a decir individualmente, voy a preferir siempre que exista la universidad pública. La defiendo y abogo por la recomposición del salario docente y no-docente, y me encanta escuchar de gente que accede a la educación superior y que en otro contexto no hubiese podido siquiera soñarlo. Pero ¿alcanza con eso?
Desde el año pasado, cuando empezó fuertemente el conflicto por el presupuesto universitario, notaba, junto con otros amigos y compañeros, que había algo raro, extraño, flojo. El enorme consenso, expresado en las multitudinarias marchas en defensa de la universidad pública, en redes, en la tele y demás era, al menos, anómalo. La UBA hizo unos spots rarísimos, con psicólogos laburando en call-centers e ingenieros manejando un taxi. Lo que resultaba siempre más conmovedor, más convocante, eran siempre las historias de superación personal. La consigna de la primera marcha fue llevar un libro que te haya marcado. Rondaba, y lo sigue haciendo, una frase que, luego me enteré, es del Che Guevara: “seamos la pesadilla de quienes pretenden arrebatarnos nuestros sueños”.
Por otro lado, había todavía algunos trasnochados que lamentaban perder clases por los paros, que se quejaban de las clases públicas, que no iban a marchar para estudiar, porque eso es lo importante. Justo ayer salieron en la tele unas chicas de la Facultad de Medicina asegurando todas estas cosas, que sin duda no son un fenómeno nuevo. Algunos se quedaban con el discurso de los curros: los centros de estudiantes y los rectores roban plata todo el tiempo, y por eso no quieren que se hagan auditorías (palabras —curros y auditorías, junto con woke, zurdo, kuka y tantas otras— que no tienen ni tuvieron ninguna referencia real, al menos en el discurso público —nadie fue preso por ningún curro universitario, ni sabe nadie cómo se hace una auditoría, ni vió algún kuka ideal suelto en la naturaleza—; operan por sí mismas, con los mismos efectos que si fuesen cosas tangibles, clasificables, peligrosas). Aún estando a favor de la Ley de Financiamiento Universitario, tenías a otros que decían (y dicen): la universidad es de todos, porque la pagamos con nuestros impuestos. Yo te estoy pagando la facultad, zurdo, así que terminala rápido, y de paso estudiá algo que a mí me parezca útil.
Antes de ayer, empezando a adivinar alguno de los problemas del debate acerca del financiamiento universitario, tuiteé que la universidad pública es un recurso estratégico del Estado, y no un lugar para cumplir tus sueños, que no le importan a nadie. Ortiva, ya sé. Automáticamente, después de que se viralizara un poco la publicación, muchos saltaron a matarme. Algunos justamente, por ortiva y por cancherito, calificaciones de las que no me defendería. Pero, otras, de gente bien formada, se animaron a decir que el argumento era un error, que no convencía, que no motivaba. La cuestión, creo, no es tanto esa.
El mensaje era claro: a la universidad pública hay que defenderla como política pública, de Estado, y no como un proyecto personal, aspiración o sueño. Está todo bien con los sueños de todos, pero, a la hora de planificar un Estado, armar su presupuesto y definir sus instituciones, las cuestiones importantes son probablemente otras. Si no, la universidad pública no dista tanto de querer jugar en primera, ser streamer o viajar a Disney. Ante mi total sorpresa, me encontré con gente que decía que soñar con debutar en Barracas Central era menos valioso que soñar con cursar con Astarita, casi como si hubiera sueños de negro y sueños de gente bien. Verdaderos catadores de sueños. Esos mismos, y otros, decían que estaban hartos de que se hable de carreras estratégicas, que todos deberíamos estudiar lo que nos guste para ser felices y resistirnos al modelo mercantil-productivista. Otros decían que el Estado nos debe (¿porque pagamos impuestos? ¿porque sí?) un camino allanado para que cumplamos nuestros sueños. Casi como si la universidad pública fuera solo una reducción de costos para los estudiantes. Todos argumentos que, noté, se parecían mucho al principio fundamental del liberalismo que cita tanto el presidente: “el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, la libertad y la propiedad privada”. Mantengamos todo como está, así podemos hacer lo que queramos sin molestar a nadie. Yo solo quiero venir a estudiar y tener mi título en tiempo y forma, ser feliz con mi laburo y mis libros. Investigar este tema súper específico porque a mí me divierte. Proyectos personalísimos de individuos que se encuentran de casualidad en un marco común. Coincidencias al menos curiosas, que tenían como principal diferencia quién financia la educación universitaria y no tanto más.
Comprendí entonces el problema. Un espectro recorre los pasillos de la universidad pública argentina: el espectro del liberalismo.
La educación universitaria, gratuita y de calidad, la que defendimos ayer en el Congreso manifestantes y diputados, no existe para vos ni para mi, ni para nadie en particular. Existe, debería existir al menos, para contribuir a la grandeza de la Patria, la soberanía de la Nación, y, por ende, la felicidad del pueblo. Depende de un proyecto de país que tenga a los dos primeros puntos como premisas que llevan al tercero como conclusión. ¿Implica esto que vos deberías estar estudiando una carrera que el país necesite? No, sólo significa que el punto de partida para discutir políticas de Estado es una visión colectiva, que es mucho más que la suma de los individuos. Estamos acostumbrados, en general, a tener una relación personal con los organismos públicos, de tú a tú. Yo pago mis impuestos, yo quiero ir a estudiar, yo quiero que al país le vaya bien, el Estado me/le da subsidios, el gobierno quiere destruir tus sueños. No significa que todo eso no sea cierto: simplemente, a la hora de discutir política, a menos que seas liberal como Milei, la matriz de pensamiento debería ser otra.
La discusión sobre la distribución de los recursos, incluyendo también el financiamiento de la salud y las jubilaciones, no existe porque del otro lado sean malos, brutos, y feos, por el amor de Dios. Lamento muchísimo que te estés enterando por este medio, pero no, no sos todo lo que está bien, y los que piensan distinto no son todo lo que está mal. Podés tener un desacuerdo mortal con los libertarios —yo también lo tengo—, pero moralizar la discusión solamente la anula, y entender los problemas de Estado desde lo personal te saca de cualquier proyecto colectivo. Justo la semana pasada me tocó escuchar una clase de Martin Kohan en Puan, diciendo de manera muy acertada pero sorprendente que la universidad pública debía ser un lugar para que todas las opiniones tengan su espacio, incluso las mileístas, explicando por qué estaba mal la persecución a los libertarios y los beneficios que se podían obtener de generar un debate en serio.
Pensar si el Estado quiere o no que cumplas tus sueños solo logra evitar charlar, debatir, considerar cuáles son los problemas reales que enfrenta hoy nuestro sistema universitario: ¿existe realmente la autonomía y la autarquía o dependemos de actores muy específicos del mercado y el Estado que definen los perfiles de egresado? ¿Permite hoy la universidad movilidad social ascendente? ¿Qué ventajas no económicas pero reales, fácticas, concretas, trae hoy el sistema universitario? ¿Sueñan todos con un título? Los que sí lo hacen ¿lo hacen porque pone orgullosa a su familia ver un título con su nombre o por otra cosa? Si el Estado debe gestionar y garantizar los sueños de sus ciudadanos ¿qué otros están quedando afuera? y ¿cómo hacemos para cumplirlos? ¿Qué relación tenemos con los derechos garantizados por el Estado? ¿Qué responsabilidades implican? ¿Vemos un derrame de estas lógicas de la educación universitaria en los estadíos educativos anteriores?
Todas estas preguntas deberían motivar la lucha colectiva por la universidad pública, y no tanto tus sueños, Karina es alta coimera, la historia de superación de tu viejo o de tu primo, traigan al peluca de Milei para que vea que este pueblo no cambia de ideas, pelea y pelea por la educación. Estas consignas, muchas veces vacías, solo ayudan a esconder el debate real, el que nos puede dejar un mejor sistema universitario que sea (ya lo es) indiscutible. La universidad pública es un recurso invaluable, único y estratégico que le puede permitir al país alcanzar grados de soberanía cultural, económica e intelectual con los que la gran mayoría de las naciones no puede empezar a soñar. Permite (o puede hacerlo) formar lazos de comunidad específicos, ricos, que hacen a la Patria, e individuos potentes con capacidad operativa sobre sus condiciones y su futuro. No hace falta caer en sentimentalismos para convencer a más gente de que vaya a marchas: ya tenemos un montón. Tus sueños, si bien están bárbaros y ojalá los consigas todos, no son ni van a ser nunca cuestión de Estado. De última, hablemos en otros términos: podríamos decir que, por ejemplo, estudiar una carrera es parte de la ética cultural argentina, o que permite el progreso económico e intelectual (todas preguntas abiertas, claro). Seguimos hablando de deseos y efectos específicos del individuo, que son sin dudas parte de cualquier debate político, pero sin necesidad de hablar de los sueños particulares y específicos de nadie. Moralizar en vez de discutir ideas nunca va a dejar de ser un gesto de pajero: vago y masturbatorio. Si te parece que todo esto es un hombre de paja, que nadie afirma estas cosas y que me inventé este problema porque estas discusiones ya se están dando: ¡bárbaro! Un problema menos.
Ayer, en el Congreso, después de ver que el resultado de la votación se festejaba como una copa del mundo, de escuchar a los monigotes que hablaban en el escenario agradecerle muchísimo a los diputados y pedirles por favor que no se olviden del pueblo, pensaba que había también un espectro recorriendo la plaza. Jijiji, Juguetes Perdidos y rolingas prolijos, con rico olor y ropa rota a propósito. Gente posando con sus carteles, acaparando los lentes de las cámaras, que quieren hacer fotoperiodismo comprometido, denuncias sociales, arte político. Cosas de un mundo viejo, que nos acechan fantasmagóricamente desde un más allá perdido para siempre, como los audios de Cristina en los actos y los hologramas del Indio en los recitales de los Fundamentalistas. Otra vez, el pasado conservado en criogenia, como una momia, vuelve pero pervertido. No me quiero cagar en el festejo, en la lucha popular y la movilización, pero es como si hubiera algo en el aire, una bruma, un olor, un ambiente raro, avinagrado, viejo. Y nosotros, los pendejos, estamos atrapados entre sentir nostalgia por un tiempo que nunca vivimos y un futuro que parece aterrador, porque parece que no podemos hacer nada al respecto. Algunos deciden que es más fácil fumarse un pucho y quedarse al costado del camino, del lado del bien, en la vereda de enfrente del mal, defendiendo nuestros sueños. En fin, o conservadurismo disfrazado de resistencia o apatía y desesperanza. Quizás, y peco de nuevo de ortiva y de canchero, tengamos una tercera opción: sacarnos la paja y hacernos preguntas en serio, hacernos cargo de definir el mundo que se viene, que, evidentemente, tiene poco que ver con el mundo que se fue para no volver.
Lo que nos queda, al revés de como dijo Darío, es juventud, divino tesoro, y mucho trabajo por hacer.

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