Hernán Vanoli
La literatura argentina está desinflada. Es una pelota de tenis que no pica, una espada sin filo, una de esas plazas tapizadas de goma eva, donde los niños pueden jugar y al caerse no se lastiman. Podría decirse que hay un déficit de pasión, de controversia, de ambición en la literatura argentina; uno se ve tentado a decir que es un mundo que se está difuminando, como las fotos de Marty McFly en Volver al Futuro, como las obras de arte que Cai Guo-Quiang hace en el cielo, como los consumos culturales que recomiendan las gacetillas que persiguen la novedad.
Diferentes personas afirman que esto es un fenómeno global. Que la literatura ya no calienta a nadie, que no se lee, que hay cada vez menos novelas memorables. La cultura digital, las satánicas “ultraderechas”, el colapso de la educación. Dime desde dónde vienes y te daré tu razón favorita. Como siempre, creo que todos tienen su parte de razón. Lo que también podría significar que ninguno la tiene.
En los países que se plantean su destino histórico, la literatura es soft power nacional
Sin embargo no vengo a quejarme, vengo a traer buenas noticias. Creo que hay dos argumentos de peso que van en contra de la idea de que la literatura va a desaparecer. El primero es que la literatura siempre tuvo una función social, muy ignorada por los profesionales de la literatura, y es que está vinculada a la construcción de soft power. En el caso francés, la imposición de criterios globales de refinamiento literario sirvió como insumo para matizar su derrota ante el poderío militar e industrial británico o alemán entre los siglos XIX y XX (pero venía de antes). En el caso estadounidense, a la administración de la frustración política y del goce lacaniano de las clases medias post-estado de bienestar, junto la imposición del canon del realismo minimalista que acompañó tanto al derrumbe de la tasa de ganancia de las empresas y a la crisis del petróleo como a la lucha por los movimientos soberanos de América Latina. Hubo una operación triunfal de la CIA para apagar una serie de elementos interesantes que germinaron en el “Boom” latinoamericano de los sesentas. Elementos que la crítica literaria hegemónica, jugando siempre para el enemigo, catalogó de “fenómeno comercial”.
Mi punto es que aunque hoy la mayoría del público lector sean Mabeles o burócratas académicos, el soft power de la literatura sigue funcionando. Las instancias internacionales de legitimación siguen funcionando. La maquinaria editorial hipersegmentada y con economías de cola larga sigue funcionando. Los posters de Samantha Schweblin en el subte siguen funcionando. La literatura es un contenido más, pero un contenido de alto prestigio, que hace la diferencia. Líderes de distintos países -no sería el caso argentino, con demasiados economistas y abogados que no llegan ni a la metáfora- leen literatura. Content Managers de empresas de narcomenudeo de la atención como Netflix o HBO reciben briefs sobre novelas que después pervierten para aniquilar espiritualmente a las poblaciones de “Latam”. El soft power sigue su camino, más allá de que la vitalidad artística y social de la literatura esté desteñida. Si tienen dudas, lean a Han Kang, la coreana que ganó el Nobel, y compárenla con Cortázar o con Borges. O mejor: compárenla con los premios nóbeles que resultaron electos mientras Borges o Cortázar vivieron. Tenemos mucho que aprender de Corea del Sur si pensamos en soft power.
Por suerte las tradiciones se resisten a morir y son nuestro arsenal simbólico
El segundo argumento en favor de la supervivencia de la literatura tiene que ver con las tradiciones. Yo creo en la literatura. Incluso podría decirse que la conozco, en el sentido en que Walter Benjamin decía que la única forma de conocer a alguien es amarlo sin esperanzas. Y porque la conozco, y porque la amo sin esperanzas, creo que la literatura subsiste como un gran texto sagrado, un corpus donde vive la genética de las tradiciones sociales, de las estructuras del sentir, del espíritu de los pueblos. Conocerla sirve para percibir cuáles de esos elementos se activan en diferentes momentos históricos; conocerla es una vía privilegiada hacia la hiperstición nacional. David Viñas, Josefina Ludmer, Beatriz Sarlo, Horacio González, Ricardo Piglia, Carlos Gamerro, Martín Kohan, Maximiliano Crespi, César Aira, Martín Prieto, Daniel Link, Fogwill, Sebastián Hernaiz, Alejandra Laera y tantos otros más fueron y son arqueólogos de esas estructuras, por más que muchos de sus corpus teóricos sean el efecto de la colonización europea, por más que las conclusiones a las que en general arriban sean liberalismo bastante cuestionable. Pero la buena nueva es que incluso si quedasen diez lectores de la tradición nacional, esta herencia sagrada es inmortal y es activable.
Pero hay además un segundo plano en el que se inscriben las tradiciones, que operan sobre los escritores vivos más allá de que estos las desconozcan. Hablo de la dimensión religiosa de la literatura. Hace algunos años escribí un libro que intentaba pensar las formas en las que, en nuestro país, la organización del campo editorial siempre desbordó a las disputas estéticas, potenciándolas. Todo lo contrario de lo que pasa en los campos de producción cultural de sociedades europeas como Francia y fue muy bien teorizado por Bourdieu. Somos un país donde más importante que decir es hacer. Desgraciadamente, y como uno de los tantos efectos de la siniestra dictadura militar de 1976, para los ochentas el ethos de la poesía se concatenó con la teoría postestructuralista francesa y su lectura reaccionaria del formalismo ruso, dando lugar a una profecía que desactivó muchos elementos vivos y potentes que habitaban al sistema social de las letras argentinas. Se hizo hegemónico pensar la literatura como un sistema de textos, es decir de entelequias espirituales sin capacidad de otorgar a sus fieles otra recompensa simbólica que una gracia vaporosa e individual: la literatura entendida como una droga de élite que genera un goce estético de inmersión en la complejidad del mundo. En términos de Max Weber, la literatura fue condenada a ser una religiosidad de huida del mundo, y no de fortalecimiento del alma nacional ni de sanación espiritual. El canon contemporáneo es fruto de esta derrota.
El canon socialdemócrata: entre la culpa y el formalismo antipopular
Luego volvió la democracia. La academia fue colonizada por intelectuales con buenas intenciones que llevaban en sus espaldas el fracaso del proyecto de emancipación setentista. Tras el exilio o las catacumbas, muchos de ellos se habían vuelto socialdemócratas. Y consolidaron un canon que se venía construyendo desde los sesentas. Un canon que eligió poner a Borges en el centro, y hacia atrás una genealogía que pasaba por la gauchesca, por el Martín Fierro, por Esteban Echeverría, por el Facundo de Sarmiento. Un sistema que intentaba unir todos estos cabos y convencernos de que, en el fondo y como hacían mis profesores de sociología cuando enseñaban a Marx, Weber y Durkheim, “todos decían lo mismo”. Fue así que dejaron afuera al nacionalismo, a Horacio Quiroga, a Ernesto Palacio, al padre Castellani, a Hernández Arregui, a Daniel Moyano, a Jorge Asís, a Andrés Rivera. Incorporaron a Manuel Puig, sumaron también a una singular pasteurización vanguardista de Haroldo Conti y de Rodolfo Walsh. Y luego fueron haciendo un movimiento de incorporar poetas, en un delirante giro formalista y antipopular.
Pasando en limpio: los setentistas hicieron un giro socialdemócrata al reincorporarse a las instituciones alfonsinistas e impusieron un canon europeísta y retrógrado que fue el resultado de su experiencia política. En muchos casos fueron intelectuales brillantes, pero en la misma medida los que se impusieron en la universidad y en la prensa fueron un ala cipaya que no pensaba en una Argentina vital y expansiva sino en una Argentina que había secuestrado y matado a sus amigos y conocidos. Esta tragedia todavía repercute en nuestra cultura literaria.
El globalismo noventista: modernización estética y subordinación cultural
Como toda etapa de modernización cultural, los noventas trajeron consigo una nueva disputa por el canon. Hablando mal y pronto, se conformaron dos grupos que sostenían estéticas contrapuestas, con espacios de inscripción diferentes, y un par de acuerdos fundamentales: una mirada globalista y subordinada a las metrópolis culturales, un deseo de disfrutar económicamente del menemismo pero marcarle límites morales desde la cultura, y un progresismo sensual y modernizador que permitía un piso de diálogo común.
Los “Babélicos”, agrupados en torno a la revista de libros Babel, en muchos casos con amistades o rancho en la UBA, defendían una literatura más artística, vinculada a la lectura del postestructuralismo francés, que fetichizaba la cita, la ironía, la deconstrucción, los juegos con el lenguaje, y una actitud que emulaba el refinamiento sarcástico y contenido de Borges. Eran todos buenos escritores: Caparrós, Bizzio, Guebel, Charlie Feiling, Alan Pauls, y por detrás de todos ellos el genio de César Aira, nuestro eterno candidato al Nobel, el que anticipó las formas de sociabilidad cultural contemporáneas, el mejor escritor argentino del siglo XX, el que odia o acaso incomprende al siglo XXI.
Los “Planetarios”, por su parte, habían llegado al sistema cultural desde el Diario Página/12, y más que como académicos o diletantes se identificaban como periodistas con veleidades de estrellas de rock. Escribían para todos aquellos que habían llegado lo suficientemente tarde a los setentas para no sentir culpa sobre el tema, para los que podían sostener una estética globalizadora y al mismo tiempo invocar al Che y a los derechos humanos. Se querían validar en el mercado, lo de por sí me resulta algo saludable. Copiaban y hasta traducían a Carver, a Cheever, a Richard Ford y al resto de los salieris de la CIA que conformaron el realismo minimalista. Juan Forn y Rodrigo Fresán eran los emergentes más visibles de este grupo, pero Martín Rejtman que es mi escritor favorito de esta camada también los frecuentaba, así como el propio Jorge Lanata, Miguel Rep, Guillermo Saccomanno, Vicente Battista, y otros. Claudio E. Benzecry describió con maestría este escenario de mediados de la década del noventa en sus investigaciones pioneras. Agrego: así como los becarios de CONICET fueron los herederos de los “Babélicos”, los “Planetarios” tuvieron una continuación en los jóvenes irreverentes que hacían la revista “V de Vian”, otro intento modernizador y globalista del campo literario inspirado en la figura de Boris Vian, un francés autopercibido como eterno adolescente. Este grupo estuvo encabezado por Sergio Olguín, Claudio Zeiger, Karina Galperín y Cristian Kupchik, entre otros. Y su alma mater fue, en gran medida, Elvio Gandolfo.
Sería divertidísimo trazar la historia estético intelectual de Rodrigo Fresán, de Caparrós o de Sergio Olguín. Son personas que valoro, buenos escritores, y al ver su sinuosidad me brota lo que Bourdieu llama el “amor intellectualis”: cruzaron de calle varias veces, inventaron posiciones, se exiliaron, encontraron su mercado o al menos su lugar bajo el tibio sol del mercado del libro de habla hispana. Argentina tiene una potencia cultural impresionante y ellos son su síntoma. Sin embargo, voy a tomar un atajo y voy a pasar hacia un breve diagnóstico de lo que pasó con el debate sobre el canon desde después de, aproximadamente, 2015.
El feminismo y la adaptación al mundo de la cultura literaria
Mi madre es feminista. Me habla sobre y ejerce el feminismo desde hace décadas. Lo ejerció cuando muchas de las feministas actuales peinaban Barbies, jugaban con las valijas de Juliana Periodista o saltaban sobre los parlantes de Caix. Y me crió feminista. Soy feminista porque apoyo la ley que habilita la IVE y porque no naturalizo los privilegios ni la cultura discriminatoria en los que fui criado. Porque creo que todas las personas tienen derecho a vivir su sexualidad como se les cante, y a casarse con quien quieran. Soy feminista, además, porque sé que las mujeres son, en general, mejores y más capaces que los hombres. Porque las admiro. No sé si esto que escribo estará bien o estará mal, pero en general apoyo las iniciativas del feminismo y creo en la razón histórica que lo sustenta.
Dicho esto vengo a proponer la hipótesis de que la influencia del feminismo en el campo cultural argentino produjo una transformación: la literatura pasó de ser una religiosidad de huida del mundo a una religiosidad de adaptación al mundo. Hubo algo que se mantuvo: su globalismo y su afán de legitimación en proyectos de dominación cultural impulsados por USAID, la CIA, Soros, la universidad, etc., es decir, su neoliberalismo epidérmico. Pero el tono de las prácticas, así como sus vías de salvación, y el tipo de gracia que otorga la literatura cambiaron en los últimos años.
El feminismo logró un avance con respecto al estado anterior de las prácticas culturales. Desde el progresismo de la contracultura independiente y su religiosidad de huída del mundo, el feminismo pasó a proponer un proyecto civilizatorio que encontró en el Estado su herramienta privilegiada. Mientras que la antigua cultura literaria ni siquiera pudo motorizar una Ley del Libro acorde a su tiempo, el feminismo logró un cuerpo de leyes y de posiciones burocráticas. Se adaptó a la fuerza política existente capaz de alojarlo -el kirchnerismo- y, luego de un primer momentum de marchas masivas basadas en el justo rechazo a los femicidios y en apoyo a la ley de IVE, pasó a funcionar como un importantísimo movimiento cultural con anclaje en lo político institucional. Colonizó espacios en medios, en la universidad y en la tecnoestructura, e incluso diseñó colecciones de libros propuestas desde el Estado.
En lo referente al canon, el intento del feminismo por renovarlo fue superficial. Su apuesta parece haber sido la de “visibilizar” mujeres, con el rescate de Sara Gallardo como un puente de doble circulación entre la vieja cultura de huida del mundo y la nueva cultura de adaptación al mundo. Por lo bajo, desestimó cualquier cosa escrita por hombres, pero oficialmente no realizó una operación de rediscusión de las condiciones de lectura. Más bien intentó amoldar sus principios a lo existente. Contaba con una fuerza fundamental, una base material que garantizó su éxito: la enorme preponderancia de las mujeres en el público lector argentino que aún compra libros, esto es, mujeres mayores de cincuenta años, a las que logró incorporar una nueva masa de mujeres afectadas por el movimiento feminista y con ansias de marco teórico. Editorialmente esto lo hizo indestructible, y de hecho uno podría pensar que el género principal de la industria editorial es, hoy, el feminismo.
Una revolución conservadora y sus posibilidades
De esta manera, el feminismo no se destacó por trascender a las teorías importadas para entender el funcionamiento social de la literatura, sino que les agregó teoría queer, un poco de estudios decoloniales, peaje de género, buena voluntad multicultural y algunos otros add-ons al canon socialdemócrata. No generó un aparato de lectura más disruptivo que el que ya existía en los departamentos de lectura de las universidades estadounidenses,sino que las emuló. No cuestionó a Deleuze ni a Borges; a lo sumo guardó un piadoso silencio mientras sostenía la crucial batalla del lenguaje inclusivo. Fue una revolución conservadora.
Generó por lo tanto una versión del progreso social que es melancólica y excluyente: ordenó un poco la macro, pero no potenció ninguna promesa de redención nacional. Cualquier coincidencia con el proyecto cultural de Toto Caputo o de Sturzenegger podría no ser pura coincidencia. Su revolución literaria es melancólica porque su aspiración suele ser la de unas micropolíticas de la diversidad custodiadas por el Estado. Y es excluyente porque en el fondo les habla sólo a las personas en situación de feminismo, resignando por lo general una aspiración a discutir los grandes temas de la tradición, y abandonando también la propuesta de futuros alternativos para la comunidad nacional, a la que presupone patriarcal en oposición al crisol de opciones de género propuestas por Soros y sus divulgadores. Sus ideales de tolerancia y de convivencia son genuinos, pero lo que se excluye detrás de estos valores que comparto es la pregunta por la geopolítica, por la conformación de un nuevo Estado, por la cosmotécnica, etc. Hay un emergente claro que grafica este movimiento: el sub género encarnado por psicólogas, chamanas y comentadoras disidentes, pedagogas severas contra un feminismo radical que solo existe en Twitter, que en lugar de analizar a la sociedad argentina, sus posibilidades, sus contradicciones y una posible utopía nacional hablan de cómo mantener relaciones de pareja sanas, de problemas en el chat de mamis y papis, de los dramas de las parejas abiertas o de series de MUBI. La literatura abandonó el malditismo y se politizó, lo que fue bueno, pero de una forma moralista y ciudadana, lo que fue siniestro.
Este ethos de adaptación al mundo moderadamente estatal y socialdemócrata en lo político, anarco-liberal con reparos de diván en lo micropolítico, melancólica del rescate kitsch de la alta modernidad decadente del capitalismo en lo estético, globalista en lo geopolítico y descalificador por género en lo personal, esta nueva cultura literaria, resignó la discusión por el cánon pero no puede escapar de la tradición. En el 18 Brumario de Luis Bonaparte Marx avisó que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”; en algún momento agregó que las mercancías son personificaciones fantasmagóricas de relaciones sociales de producción. Entonces, muchas de las autoras que encabezan las listas de best sellers y las posiciones dominantes en el mercado editorial, pulverizada la crítica, vuelven a encarnar arquetipos preexistentes en el campo literario nacional. Lo hacen en versiones muchas veces pervertidas, otras vitales, siempre sintomáticas.
A modo de despedida, entonces, algunas hipótesis. Hay una relación directa entre “Sobre Héroes y Tumbas” de Ernesto Sábato y “Nuestra Parte de Noche” de Mariana Enríquez. De hecho, la figura misma de Mariana Enríquez es una actualización doctrinaria de Sábato con un plus de actitud rockera noventista nacida y criada en Página/12. Otra: Las Caras del Monstruo, de Julia Mengolini, es una reescritura de Operación Masacre de Rodolfo Walsh. La diferencia es la relación que uno y otra sostienen con el Estado, y su idea sobre la verdad y la vocación de servicio, sobre el riesgo y sobre la militancia. Vamos con una tercera: No podemos leer los cuentos de Samantha Schweblin por fuera de la tradición borgeana, pero desnutrida de la pregunta por la singularidad nacional.
Mi mirada, sin embargo, no es decadentista: Enríquez supera a Sábato en versatilidad, en oficio, en sutileza, en capacidad por reversionar un género conservador y anglosajón como el terror gótico llevándolo a territorios de frontera, dando lugar a un Frankenstein kitsch que hace convivir a Horacio Quiroga con Hanif Kureishi y una capacitación para la Ley Micaela. Mengolini tiene un nivel de compromiso que estaba en Walsh y en muchos militantes de su generación, y aunque la escritura literaria no sea lo suyo, conserva algunas dosis de valentía que los acercan. Schweblin se animó con la novela, y se apropió de temas del futuro como el riesgo ambiental, cuando Borges siempre miró hacia atrás y hacia Europa para pensar lo argentino. Existen tensiones y aportes de mucho valor. La posibilidad de reflexionar sobre un salto cualitativo a la hora de interrogarnos en serio sobre el rol de la Argentina en el mundo y sobre su destino histórico sigue abierta.

Replica a Vieja Nueva Literatura Globalista Artificial • Dolar Barato Cancelar la respuesta