
Personnel:
Tomás Torres – guitarra
Jeanette Nenezian – trompeta
Facundo Vidal – teclados
Andrés Chirulnicoff – contrabajo
Nicolás Del Águila – batería
Prólogo con descargo necesario
Hace unas semanas se me encomendó la ardua tarea de escribir un artículo sobre el disco La Mano, de Tomás Torres, publicado hace unos pocos meses. La dificultad radicaba, sin embargo y en primera instancia, en la relación que tengo con el músico en cuestión. Pues resulta que me une a él una amistad de más de diez años de antigüedad que interfirió sin dudas en mi capacidad de entregarles una reseña objetiva. Pero esta crisis filo-ético-moral-existencial quedó superada por completo cuando se me presentó un segundo obstáculo: escribir con cierto orden y prolijidad… le pidieron a un músico. Escribir, en general, es una tarea llamativamente desacostumbrada en los conservatorios de música.
Pero no estaba tan mal la cosa: después de todo, en un país donde tuiteros y panelistas terminan en el gobierno, el descaro de considerarme músico tiene la inocencia de una carmelita descalza sacando un crédito UVA en el 2016. Por otro lado, hallé en ese mismo reconocimiento la solución a la primera dificultad: como buen músico, carezco de ética (y sobre todo de la profesional), de manera que escribiré mis pensamientos sobre La Mano sin tantas esperanzas de que encuentren imparcialidad en mis palabras. Eso sí, si me excedo en elogios, sepan que son merecidos, o que simplemente la amistad no me deja otra opción. Pero les aseguro que todo lo que siga a este preámbulo no faltará a la verdad, ni por una sola letra.
Hablemos de la música.
La Mano, de Tomás Torres (2024): algunas claves para escucharlo correctamente
Siempre pensé que la música se dividía en dos tipos: la que invita a bailar y la que llama a la introspección. La Mano arruinó esa hipótesis (que, admito, estaba floja de papeles). Para quien lo venga escuchando hace tiempo en los clubes de Buenos Aires –y para los que no– se sabe que el estilo de Tomás Torres acude a melodías contemplativas, bien escritas (pero nada pretenciosas), concisas y que saben dejar aire para que la música respire. Los temas de este disco son la mejor encarnación. El empaste entre la guitarra y la trompeta podría inducirnos a un trance que llevaría a un alma de paseo, pero no tardaría mucho en ser interceptada y sujetada por la cabeza. Porque eso, ese músculo que toma tu cabeza y te obliga a moverla en contra de tu voluntad como un perrito de juguete sobre la guantera de un taxi, eso es el groove. Pero habrá tiempo para hablar de esto. Mientras tanto, hay que decir que la sección rítmica tiene bien en claro cómo hacer que eso funcione y lo ejecutan con la certeza de quien sabe que lo que están tocando es inevitable, como si la música no pudiera ir de otra forma. Cuando el groove se hace presente, la distinción entre géneros pasa a un segundo plano (tema que trataré más adelante) y sin embargo, la música de Torres tiene una identidad clara: una fusión de distintos géneros con raíces afro, siendo el jazz el idioma predominante, pero sin dejar afuera elementos del hip hop, funk, soul y R&B.
Entonces, el disco te envuelve en una atmósfera de meditación profunda pero a la vez te patea la cabeza con el groove que tiene. Ya está ¿Qué más querés? Tené’ que cerrar el estadio. Pues no, como si esto fuera poco, falta detenernos en la devoción y el flagelo de los músicos todos, la conciencia colectiva que dicta la vida de los que cometimos el error de estudiar música, el código oculto que regula todo lo que tocamos, aquello que nos conecta con la sabiduría universal, con la revelación que todos buscamos y nadie posee: la data.
Acá quiero hacer un pequeño apartado de lexical al que recurriré cuando lo considere necesario. Un espacio para desmenuzar el vocabulario que emplea la monada («dícese de cualquier grupo de músicos en Buenos Aires»).
El significado tradicional de “data”, como sospecharán, es el de “datos” o “información”. Pero en el contexto musical data es el conocimiento que se transmite de un músico a otro. La data tiene calidades que se miden en función de su capacidad para generar nuevas ideas musicales a la hora de improvisar o componer, y de revelar aspectos de la música que antes no comprendíamos. Cuanto más expanda nuestro horizonte, mejor, «más picante” va a ser esa data.
Ahora bien, el músico ha pasado del uso al abuso de esta expresión, aplicándola en situaciones de la vida cotidiana y alejándola de su origen sagrado, haciendo que la frase: “Después te paso esa data” pueda significar tanto “Después te paso el libro de Bergonzi sobre las escalas hexatónicas formadas con pares de tríadas” como “Después te paso el número de la dentista que atiende rápido por OSECAC”.
Si el disco de Tomás Torres tuviera que pasar por la ANMAT, llevaría sus octógonos de advertencia, dejando su consumo bajo la estricta responsabilidad del oyente. La Mano tiene un sello bien grande que dice: “exceso de data”. Tocar esta música conlleva un peso y una responsabilidad, no solo por su historia, sino también por las altas expectativas que la rodean, lo que inevitablemente empuja al músico a dedicarle horas de estudio e interpretación. Y, como era de esperarse, el quinteto no solo está a la altura, sino que las supera con creces. Sus improvisaciones muestran que cada uno de los músicos conoce y se interiorizó en la tradición del género pero, sin embargo, han logrado imprimirle su impronta personal.
Me gustaría destacar tres temas y compartir algunas claves que pueden enriquecer su escucha.
Toda Madrugada
Quiero centrarme en el solo del guitarrista (min 2:52) para tomarlo como claro ejemplo de un tema que explica el contrabajista Christian McBride en una charla con Open Studio. En esta clase virtual, McBride reivindica el lenguaje bebop como una base fundamental que se ha usado, justamente, para improvisar sobre temas más “modernos”. Sostiene que figuras como Ornette Coleman, John Coltrane y Wayne Shorter partieron de ese lenguaje y que el sonido “modernoso” surge, en realidad, de reorganizar y repensar sus elementos. Pareciera que Torres hubiera visto ese video justo antes de grabar ese tema. En otras palabras, hay en la ejecución de Torres -y en este disco- algo así como el punto de encuentro de la tradición y el futuro.
Este solo (como cualquier otro) puede analizarse desde dos enfoques: motívico, basado en el desarrollo de pequeñas ideas musicales, y lineal, centrado en el despliegue de varias notas de escalas o arpegios. Arranca con un desarrollo motívico sobre una frase de cuatro notas, tocando poco, repitiendo ritmos y construyendo discurso de forma gradual. Cuando aparecen las frases lineales, el lenguaje bebop se vuelve más evidente a través de líneas que delinean la armonía, cromatismos, pivoteos y aproximaciones. Sin embargo, aunque utilice esos recursos, Torres logra imprimirle su propio estilo. A lo largo del solo también podemos escuchar otros elementos como ciertos desplazamientos rítmicos o algunas secuencias. Llegando al pico de intensidad de la curva, comienza un despliegue de virtuosismo (justificado y bien conducido), es decir, el guitarrista carapachense se pone a *pistear un poquito pero no se engolosina. Conclusión: un solo para transcribir si te interesa analizar algunos elementos del lenguaje bebop vistos desde otra perspectiva, desarrollo de motivos y curva de intensidad. A todo esto sumale que el tema está en 7/8, dejando en claro que si hay algo que le sobra a este disco, es data.
*Pistear: Ejecutar música a alta velocidad.
La Mano
Este es mi tema favorito del álbum. A diferencia de los demás, que suelen presentar una melodía, dar espacio a los solos y luego cerrar retomando la melodía o con una coda, aquí la misma frase se repite como un mantra, mientras los solos se van desarrollando alrededor de ella. Les propongo un ejercicio de escucha activa: sigan la melodía a lo largo del tema y fíjense cómo va pasando de un instrumento a otro (sobre todo trompeta y guitarra). Después, vuelvan a escucharlo poniendo el foco en los solos y en cómo dialogan con la melodía de fondo. Revelación anticipada: en el solo de Facundo Vidal hay unas líneas y rearmonizaciones que valen la pena el ejercicio. Desde la producción (a cargo de Tadeo Mangudo y Tomás Torres), es el que más refleja una búsqueda estética vintage. Grabado en Estudio Locatel (Olivos, Provincia de Buenos Aires), el espacio y los recursos técnicos disponibles jugaron un papel clave en la construcción de su sonido. La batería, por ejemplo, fue procesada con una samplera que agrega compresión y distorsión de cinta, logrando un sonido más cálido y roto, como si saliera de un amplificador valvular con el parlante pinchado. El chorus en la guitarra de Torres refuerza esa vibra «lofi» cuando se mezcla con la trompeta, dejando en claro que este no es un disco que persiga una estética de jazz tradicional. Y que a Torres no le da miedo jugar con los *autitos.
*Autitos: Pedales de efectos de guitarra o bajo.
Búhos
Siendo la única balada del álbum, Búhos es una buena muestra de lo que es y lo que debería suceder en la música: una conversación, y al igual que las palabras, cada nota tiene un peso, y tocar no se trata solo de decir, sino también de escuchar. Por eso, la música es un eterno ejercicio de corrimiento del ego, de tomar conciencia de lo que sucede alrededor y tocar en consecuencia. En criollo: no tocar tanto todo el tiempo, saber callarse y escuchar. El grupo entiende esto a la perfección, sabiendo escucharse, dar aire cuando es necesario y entrelazarse en el momento justo. El solo de Jeannette Nenezian es un reflejo de esa sensibilidad: frases concisas, silencios, desarrollo motívico y una construcción bien conducida que se siente natural y orgánica.
Mi propuesta con este tema puede sonar contraintuitiva, pero la idea es escuchar los silencios, prestar atención a qué pasa entre los espacios que deja la trompeta y a la actividad de los instrumentos (si todos tocan todo el tiempo o si alguno se retira para reaparecer más adelante).
El Groove Argentino
Este es un punto polémico, porque cada vez que alguien intenta ponerle categorías a algo, puede herir susceptibilidades de quienes se creen dueños del campo en cuestión. Pero más que una definición cerrada, esto es una excusa para hablar de un momento que está sucediendo en Buenos Aires hoy, ahora. Eso que está pasando es que, cada vez más, las nuevas generaciones de músicxs se nutren de esa sensación rítmica que se ha llamado el groove.
Explicar qué es el groove no es fácil. No es una cuestión técnica ni algo que se pueda aprender en los libros. El groove se encuentra en los discos, y sobre todo se siente. No basta con estudiar rudimentos, licks o voicings; hay que desarrollar una conciencia espacio-temporal y contextual para poder aplicarlos. Es algo individual y colectivo a la vez: un baterista puede groovear por sí solo, o un grupo entero puede entrar en sintonía y generar esa sensación de fluidez rítmica que hace que todo se mueva.
El groove es transversal a varios géneros, muchas veces con raíces afros (funk, jazz, soul, entre otros) pero no necesariamente es así en todos los casos. Es por esto que pienso que el groove argentino, es una sensación y no un género musical en sí mismo: un disco puede tener una esencia groovera y tener una identidad de jazz o funk (o ambos). A la vez que este movimiento es muy amplio y variado, tiene por contraste una identidad clara y definida.
En mi opinión, La Mano suscribe a este fenómeno, su esencia es groovera y su identidad jazzera. Lo mismo sucede con otros grupos que, desde mi punto de vista, también adhieren a esta tendencia. Palta & the mood, por ejemplo, que comparte la misma esencia, pero ellos buscan un estilo más funky. Crewrod vira hacia un sonido más neo soul progresivo, mientras que An Espil se acerca más al R&B, aunque con un groove innegable. Otros ejemplos que forman parte y recomiendo escuchar son Vinocio, Tiger Mood, Sacrum, Ekathé y Abril Olivera (entre muchísimos otros).
También me parece adecuado aclarar que no se trata de dos mundos que coexisten paralelamente, sino todo lo contrario. El groove es intrínseco a los géneros mencionados, pero esta relación no es recíproca. Tomemos de ejemplo al funk, es muy difícil pensar que un funk bien tocado no groovee, sin embargo, el groove no precisa del funk exclusivamente para existir, ya que encuentra su expresión en varios géneros.
Sé que hablar de estas cosas puede ser delicado, porque toca algo tan personal como la identidad artística de cada une. Pero el groove argentino está pisando fuerte hace rato y, parece, no va a hacer más que crecer: esta es sólo la punta de lanza. En este caso, pienso que ponerle un nombre es un reconocimiento que fortalece y legitima el movimiento, y no que lo limita. Y si este pseudo manifiesto no es más que un flasheo personal, que Dios y la Patria me lo demanden.
Pensamientos finales y despedida
La Mano es un disco que funciona en muchos niveles: como material de estudio para transcribir o simplemente para dejar que el groove te sacuda la cabeza. Pero también es una buena puerta de entrada a la escena musical actual en esta ciudad. Es el tipo de música que te condena a quedar como la persona más cool e interesante de la fiesta cuando te piden que pongas algo. Por eso recomiendo fuertemente seguir al grupo ahora, antes de que se vuelva mainstream y quedes como un careta sin remedio ni salvación.
Este disco mira hacia atrás sin nostalgia y hacia adelante sin ansiedad. Se apoya en la tradición, pero sin quedarse atado a ella. Es parte de un movimiento que sigue expandiéndose, un testimonio de la música que está pasando ahora y que no deja de transformarse.
Concluyo aquí mis pensamientos sobre el debut solista de Tomás Torres, con la esperanza de que, si llegaste hasta acá, sea porque ya pusiste play. Si no, todavía estás a tiempo de corregir ese error. En cualquier caso, la música de este disco va a seguir sonando con o sin mi intervención. Así que, antes de que me pidan otra reseña, me retiro con la tranquilidad de haber hecho lo que tenía que hacer: avisarte que esto está pasando.

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