En Buenos Aires: el horror. Bulnes y Perón, encima de la bicisenda. El olor a pis de gente con cirrosis quema los pelos de la nariz. Nadie tiene un mango, el efectivo que tenía se lo acabo de dar a otro tipo, disculpame. Están los viejos de siempre, que toman pala por deporte; los famosos, que también; algún tanguero, tanguero en serio; los turistas de intercambio, los de año sabático, los exóticos de países raros; los de Puan, los de Sociales, los de la UNA, los de la FUC, los de la ENERC; están los chetos del conurbano que quieren tener una noche así, bien porteña para sacar una fotito: están todos. La parafernalia del local los hace sentir bien: son nacionalistas, están comprometidos, les gusta el tango. Adentro está siempre húmedo y hace siempre calor y a menos que sean las 7 de la tarde de un miércoles, llegar al patio es como ir al baño en aquel fatídico recital de Olavarría.
Antes era más barato, en efectivo o a tango331; ahora, ahora que van todos y que hace guita y que cambió la gente de la barra: posnet y crédito. Como pasa en todos lados, las mil historias subidas a Instagram llegarán con denuncias de gentrificación, que solo significa que algo se haga conocido entre gente de guita con usuarios activos de redes sociales. Como es viejo y está hecho mierda, todavía sueñan con el milagro de encontrar tierra virgen, todavía no alcanzada por toda la pelotudez del siglo XXI. Se dice que una vez pasó Gardel antes de ir al Abasto: entró, pidió algo, cantó un tango y se fue. Como que te digan que una vez en la canchita de fútbol 5 de tu barrio fue a jugar Maradona: es mentira, pero no te importa. Afuera se habla de lo de siempre. El FMI, Rebord, formalismo ruso, la nouvelle vague, el Che en Bolivia, Revista Soja o Catriel y Paco Amoroso. Como en el patio de un preuniversitario. Todos se entienden con aguante: van ahí porque resisten, para cuidarse entre todos, porque están en contra. De algo. No importa. Bueno, ¿encaramos? Está todo cerrado, che. Acá fuman todos, vamos a algún lugar donde se pueda fumar ¡Y si! ¿Si no, a dónde querés ir?
Sarmiento y Medrano. A los lugares no los nombro: claro, yo también juego a que son antros under, pero también están tan trillados que da un poco de vergüenza decir los nombres en voz alta. La puerta de la pinturería de al lado del tugurio está toda sucia y meada. El tipo de la puerta, el pelilargui, es el mismo siempre: lo tienen encadenado (Enorme fue mi decepción un día que lo ví caminar por Núñez ¡y con amigos! ¿Tendrá salidas mensuales habilitadas?). La primera vez que vas te parece todo mágico; con el tiempo te das cuenta de por qué: después de las dos, siempre llegás viendo borroso. La entrada a la pista es tímida o triunfal, como si todos te vieran. Las puertas de los pasillos llevan a un laberinto de habitaciones satánicas, me contaron. El nombre religioso del local me recuerda que Almagro no tiene nada que envidiarle a Sodoma y Gomorra. En el altar, una fotocopia en blanco y negro.
Abajo de las ventanas, que son altas, parece que había un piso, osea que donde está la pista no entraba luz: ¿habrá sido una fábrica de manteca? ¿Contrabandeaban? Siglo XIX, eh, puede ser. Dice un conocido que su viejo fue de los que tomó la fábrica, que lo llamaron unos amigos porque sabían que andaba calzado. Primero hacían eventos privados, después se fueron abriendo al público. Una fábrica abandonada que era también un centro de contrabando fue tomada en los 90 por un grupo de fisuras que lo convirtieron en un refugio cultural para cirujas y jóvenes universitarios: la Argentina.
La parte de afuera de la pista, al costado, es muy distinta: el humo te deja ver el aire, y en lugar de flotar en un tango llorón, los gritos de los borrachos te revientan la cabeza. El tablero de ajedrez suele ser una lástima: a 5 cuadras y más temprano la gente juega mejor. Siempre hay también alguna señora con lentejuelas en la ropa, maquillada de más, medio putona: paso y me mira y yo la miro o no y sigo caminando.
El público es, más o menos, parecido al de Mamita, pero en lugar de algunos rockeros desperdigados, tenés tangueros. Adentro, parece zona de excepción: aguas internacionales. La música es una excusa. En los dos podés bailar, pero en ninguno salís a bailar. En realidad, el público de ambos lugares, por ser gratis y cerrar tarde, suele querer tomar falopa tranquila y algo barato en la barra. Recordemos al Fogwill de Los libros de la guerra. Una especie de mezzoground: “Claro que el mezzoground es un lugar estúpido, inútil, imbécil, estético -eso sí-, y antiético y trágico”. No, no es el under, anoche vino Wos. Pero ojo, no tiene nada de jet-set: la jeta de los fisuras que se juntan en el baño es de terror. En el medio, pendejos que van a la facultad y que laburan poco y por eso van seguido entre semana: gente linda, pintona, guituda. Pueden verse entre todos las caras de asustados cuando se cruzan en los pocos lugares que le escapan a la penumbra. El mezzo. Además, cumplen la misma función: son lo que hago entre el primer plan de la noche y la decisión de irme a dormir. Después de las primeras dos noches, nunca te morís de ganas de ir. Pero va un amigo, y seguro me cruzo a esta piba, y el tubo es baratísimo, y hace frío para sentarse afuera y acá se puede fumar, y bueno: ¿a dónde vamos si no?
El chicle entre el finado siglo XX y el decadente XXI, con una estética ciruja de collage y ropa vintage con nostalgia de Cromañón: el aguante, loco, el aguante. La cultura. Buenos Aires. Y así mi cariño, al tuyo enlazado // Es sólo un fantasma del viejo pasado // Que ya no se puede resucitar. Una generación desesperada por encontrar un antro, un afuera de algo, un off-the-grid, una zona autónoma, una ginebra con gente despierta y argentina, un lugar para ir de levante y darte vuelta sin sentirse un pelotudo atómico que baila Emilia; lo mejor que encuentran es quizás esta pichicera de refritos y rezagados con olor a pedo y los dientes violetas. Como para no querer pegarse el tiro.
El deprimido y pálido campo cultural argentino se junta cada tanto en las mismas dos esquinas de Almagro a tomar merca y acongojarse en paz con el intimismo conchita y fetichizado del siglo XX. Están todos invitados al gran museo argentino de muñecos de cera: no tarden, se están derritiendo. Ahí nos vemos.


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