Esto no es una nota sobre las camperas deportivas de La Cámpora.

Desde hace años me desvela el uso de ropa deportiva por parte de dirigentes políticos. Más allá de una posible moralina inintencionada, mi curiosidad es sincera: me cuesta entender por qué alguien que no hace actividad física usa indumentaria especialmente diseñada para ese fin. Mi hipótesis siempre fue bastante llana y estaba vinculada con la apelación a lo que fue la estética popular durante buena parte del comienzo del milenio: el conjunto deportivo. Hoy creo que es posible darle una pequeña vuelta a esa propuesta e historizar el uso de la ropa de entrenamiento en las últimas décadas. Vayan mis agradecimientos a Love Story (2026) y a la incansable militancia de Mayra Mendoza como embajadora de Adidas.
Como para universales tengo mi trabajo, toda revisión de lo cotidiano empieza por mi historia personal. Vicios de millennial. Mi primer contacto con la ropa deportiva está en recuerdos borrosos y en los viejos álbumes Kodak con fotos familiares. No retrocedo a mis abuelos: voy hasta mis padres, que se conocieron a fines de los 80. Sus primeros años de pareja y mis primeros años de vida fueron arduos para dos docentes del conurbano: el fracaso del Plan Austral, la hiperinflación y el congelamiento salarial durante los 90 marcaron una época difícil. No obstante los tiempos de crisis y las penurias económicas, esas fotos de hace más de 30 años muestran una relación con el deporte y su indumentaria hoy perdida para la clase media trabajadora.
Déjenme narrar las fotos.
Mi madre, rubia descendiente de irlandeses, y mi padre, un morocho hijo del campo bonaerense, están abrazados sobre una cancha de arcilla. Sonríen transpirados y, atrás, junto a la red, se ve a algunos amigos. Tienen vinchas de toalla blanca y violeta y llevan remeras a tono junto con sus zapatillas de tenis.
Otra imagen. Mi viejo, con un short corto azul eléctrico sacado de la escena de la playa de Rocky III, una musculosa con pechera y una riñonera colorida, avanza sobre alguna maratón en un Mar del Plata otoñal. Tiene una bandana naranja en la muñeca y, enganchado a una de sus medias, lleva uno de los escarpines de mi hermana, nacida hace dos años. Ella y yo, junto con mi vieja, lo esperamos en la hoy cerrada Confitería Bristol, frente a Playa Varese.
Una escena más. Avanzamos en medio de algún cerro por Córdoba o San Luis. Hace frío, vestimos algo de polar de colores brillantes, jean y botas de nobuck con suela gruesa y refuerzos. Mis viejos llevan unas mochilas y de una cuelga una campera de tela impermeable amarilla y negra como taxi porteño.
Pienso en esas imágenes y lo primero que se me viene a la cabeza no es el olor salado del mar o el viento frío envolviéndome las orejas. Hay algo de fondo, una cosa que me repiquetea en la nuca: el recuerdo del tiempo libre. No es simplemente el eco de esa despreocupación infantil, ese ocio casi adánico e irrecuperable propio de los niños: no, es algo que veía en mis viejos. Mis viejos, aun trabajando 12 horas por día, tenían momentos de desconexión, de descanso, de autocuidado, de disfrute. (Tengo que decirlo, lo he hablado con ellos: sostienen que la diferencia está en la hiperconectividad que trajo el teléfono y en la manía por la autoexplotación que llegó tras su generación).
Vuelvo sobre la ropa. Y anoto:
La ropa estaba hecha para durar. El short Adidas negro que mi viejo usaba para jugar al fútbol cuando era chico es el mismo que me presta hoy cuando no encuentro el mío. La calidad de los materiales era superior y la rotación de diseños, más baja (de las dos temporadas tradicionales en los 90 se pasó a usar el esquema de cuatro temporadas, mientras que hoy los gigantes del fast fashion tienen una rotación de productos quincenal). Cierta atemporalidad estética y la robustez de confección alentaban la sobrevida de la ropa.
La ropa era cara. La ropa tenía un valor en relación con el salario que hoy es difícil de dimensionar. Recuerdo cuando le regalamos a mi madre, para un cumpleaños, una campera Columbia. Habíamos ahorrado todo el año. Mi viejo a veces evitaba el bondi para guardar algo más de plata. Y digo “habíamos”, pues en esos años de temprana adolescencia yo cortaba el pasto por mi barrio antes de que eso se volviera el trabajo de tiempo completo de mucha gente. Pero hoy esa campera sigue en uso; mi hermana se mudó frente al mar y mi vieja se la llevó: era ropa que se podía y se puede legar.
La ropa tenía usos delimitados con flexibilidad limitada. La combinación entre costo y calidad producía, al menos en mi familia, un fenómeno extraño. La ropa tenía un uso específico para la tarea que le correspondía y un uso adicional asociado al trabajo manual y al fin de semana. Mi viejo, que como orgulloso albañil levantó buena parte de su casa, colocaba ladrillos con un buzo que usaba para correr. El jogging servía para hacer el jardín o para subirse a la bicicleta y hacer compras. En otras palabras, la ropa deportiva tenía su uso específico y otro uso, paralelo y extendido pero nunca ubicuo. Tal vez el ámbito excluyente era el espacio laboral: nunca he visto a mi madre ir a dar clases con zapatillas de correr; nunca mi viejo fue al trabajo con una visera.
No creo necesario justificar que hoy estos tres axiomas están invertidos: la ropa no está hecha para durar, el costo de la ropa es relativamente bajo y su uso no está determinado por el contexto.

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Es difícil localizar cuándo fue el largo quiebre argentino que destruyó la potencia de la clase media. Empieza, sin duda, con la dictadura; se profundiza con el menemismo, pero ¿cuándo es el punto de fractura? Aquí entra en juego mi propia trayectoria militante: a fuerza de ver familias que nunca se levantaron de ese caos pasadas décadas, me cuesta no ubicar ese momento en el pre-2001. Aun en los mejores tiempos de Néstor Kirchner, lo único que se pudo hacer ahí fue emparchar, y la herida no había llegado a cicatrizar cuando un nuevo golpe (la crisis del macrismo unida a la pandemia) volvió a abrirla.
Sea como sea, por esos años el conjunto deportivo se vuelve índice de clase social (como pasará en el Reino Unido con la cultura chav). La evidencia está en una mezcla de productos audiovisuales masivos y de nicho: desde Okupas (2000) y Tumberos (2002) hasta Alejo y Valentina (2002-¿2006?), pasando por El Polaquito (2003) y la estética de la cumbia villera. “Visera a 45°” y “altas llantas” nacen en ese tiempo tanto como expresiones populares como marcas de clase en años de pleno desmadre social. Había fronteras y eran porosas. Cabe recordar el hecho más olvidado (por ser acaso el más traumático) de la crisis de 2001: en un principio, cuando los piqueteros eran percibidos como clases medias caídas del catre, las marchas hacían paradas en algunos de los mejores barrios del conurbano, donde se organizaban ollas populares.
Aquí una intuición: sí, el uso y consumo de camperitas Adidas y etcéteras tiene que ver con su percepción como bienes de prestigio, pero también con el vestuario stockeado que se empieza a consumir frente a la crisis. Y, por supuesto, es la ropa resistente que puede tener usos múltiples frente a la imposibilidad de un conjunto que responda a características más específicas. Cuando el cinturón aprieta y solo alcanza para una sola cosa, la ropa de deporte es una salida fácil. La Victorinox o el kilo de harina: eso que sirve para todo. Pero, si así nace el fenómeno, aún resta preguntarnos qué pasó en estos más de 20 años.
La respuesta habitual es simple y, navaja de Occam mediante, seguramente correcta. Los cincuentones que fueron funcionarios de Alberto Fernández o intentan ganar alguna banca panperonista en las próximas elecciones fueron los jóvenes de clase media que vivieron el 2001 en sus 20. Para los menos brillantes, los más rústicos, los elementales, nada cambió: la ropa deportiva es la forma que imaginan de vincularse con ese pueblo hoy inexistente y con esa juventud perdida. Nada distinto de la crisis de mediana edad que lleva a comprar un descapotable, aunque ciertamente más patético. Ya mucha gente ha dicho suficientes cosas sobre esto.
No obstante, en la Argentina de los últimos años la ropa deportiva ocupa lugares inauditos. En Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, Adidas tiene apuestas fuertes en algunos sectores contraculturales, pero sobre todo en el ámbito de la música joven. En Argentina se expande por fuera de esas fronteras y alcanza lugares ciertamente inauditos. En Olga, uno de los canales de streaming más populares, un cómico y divulgador de filosofía anda patrocinado por el conjunto oficial de Boca Juniors. En Blender y Gelatina, panelistas y militantes políticos visten asiduamente buzos de la marca de las tres rayas. El presidente tiene como uniforme una campera Under Armour.
De nuevo, quiero ampliar la explicación más inmediata: la impostación de algo que se piensa como popular. Insisto en “se piensa”: ese universo donde lo popular usa ropa deportiva sólo vive en la imaginación de La Cámpora, perdida al menos veinte años en el pasado. Un repertorio imaginado más o menos estable, reconocible y disponible para ser citado desde arriba. Y lo que aparece, más bien, es otra cosa: una escenografía de lo popular, una evocación degradada, de segunda mano, separada ya de sus usos reales, de sus contextos. Las clases populares no se visten con cápsulas retro, camisetas reeditadas, remeras blokecore de diseño ni prendas de club convertidas en objeto de curaduría urbana; esa operación pertenece a otros circuitos, a otros consumos. A otras añoranzas, a otros deseos. Bien me señala el editor de esta nota: importa recordar que ni siquiera la relación entre fútbol e indumentaria fue siempre la misma; durante mucho tiempo a la cancha no se iba con camisetas como hoy en día. La expansión contemporánea de la ropa de club como vestuario de calle habla menos de una continuidad plebeya que de la captura fashion de una vitalidad que cada vez es más difícil de encontrar. La impostación existe, desde ya, pero se ejecuta torpemente y se vuelve una parodia, la administración estética del fantasma de un pueblo que no existe más allá de la fantasía de dirigentes alienados. Lo que una vez fue una práctica, una necesidad y una bandera de pertenencia hoy es un chiste ejecutado torpemente.
Mi explicación, precaria e incompleta, es que la relación argentina con la ropa deportiva habla de la larga destrucción de la clase media durante los últimos 40 años. Ese gran diferencial argentino llevaba grabado a fuego un sueño aspiracional muy constatable en sus exilios forzados o voluntarios: el migrante argentino de clase media universitaria, hijo o nieto de inmigrantes, se inserta en las sociedades del norte global con cierta facilidad, obtenida de códigos y conductas más o menos cosmopolitas. ¿Qué distingue a la clase media? El tiempo de ocio. Lectura, deporte, entrenamiento, reuniones con amigos, cenas, hobbies, aficiones. A cada actividad, su uniforme: la campera de acetato al final del partido, la remera vieja o el delantal para pintar con óleo, la campera de cuero para la salida en moto. La clase media argentina, aun en sus peores momentos, supo tener tiempo libre. Más aún: supo qué hacer con ese tiempo libre y cómo compartirlo con otros.
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Hoy todos somos Rappi. Algunos, para fortuna o quizá como muestra de un destino inevitable, no precisamos de plataformas externas: somos nuestra propia app. Nada alcanza, ni el tiempo ni la plata. Nuestro día a día es un continuo en buena medida uniforme y desesperado, donde se pierde el lugar para sutilezas.
Para una élite, la ropa deportiva sigue siendo una declamación de su flexibilidad y posible desparpajo, sea ya como fashion statement, por reflejo estético o por comodidad. Para otros pocos, un bien de cambio: la manera de obtener un sobresueldo en apariciones públicas, ropa gratis y acaso bonita. Para la mayoría espectadora y expectante: lo que hay a mano para sobrevivir un día más de peste y carestía.
Tal vez por eso la escena contemporánea produce una incomodidad honda que no decanta como risa o extrañeza pero tampoco como marca de clase. No se trata de que un funcionario o un periodista se vista como para ir al potrero; se trata de que no disponemos de un repertorio material amplio para marcar los distintos momentos y ritmos de nuestras vidas. Si todo momento exige estar listo para todo (trabajar, viajar, resolver un trámite, correr al bondi, escribir una minuta, tener una reunión o ver a los amigos) entonces la ropa deja de distinguir y registrar situaciones y se vuelve el signo de una continuidad extenuante. Se achatan las diferencias entre descanso y obligación, entre tiempo propio y tiempo vendido, entre el cuerpo que disfruta y el cuerpo que rinde. En ese sentido, el uso de la ropa deportiva dejó de expresar movimiento o creatividad: hoy expresa la rendida disponibilidad de quien está dispuesto a explotarse continuamente.
Otra anotación acaso aún más patética: la forzada homogeneidad indumentaria no habla solamente de la pérdida de ingresos, sino también de la pérdida de liturgias, de esos códigos y hábitos que marcaron la potencia ascendente de la clase media argentina. En definitiva, es una pérdida material que resulta en dejar de poder imaginar nuestra propia vida. El deterioro no consiste únicamente en consumir de peor manera peores bienes sino, como se ha dicho hasta el cansancio, en el demoledor esfuerzo que se ha invertido para que, como pueblo, no podamos desear otra cosa. Por eso la omnipresencia de la ropa deportiva no habla tanto de un gusto y una elección como de una renuncia obligada.
El problema, en todo caso, no es el uso de la ropa deportiva. El problema es que su versatilidad dejó de ser una virtud para volverse una coartada, donde hasta la estética del descanso quedó colonizada por la lógica del rendimiento y donde no hay guita para algo distinto. Recuperar algo de esa vieja dignidad no exigiría una restauración nostálgica ni el regreso imposible a las fotos Kodak: exigiría, más bien, reconstruir las condiciones materiales para que vuelvan a existir mundos diferenciados, tiempos distintos, ocasiones específicas. Que haya de nuevo ropa para correr porque se corre, ropa para pintar porque se pinta, ropa linda para salir porque todavía se sale. En el fondo, la decadencia no está en vestirse deportivo: está en que ya casi no quede nada, por fuera de la supervivencia, para lo cual valga la pena cambiarse.

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