Dos o tres cosas en claro: apuntes sobre algunos cambios en el contexto del estudio universitario

Foto cortesía de Uriel Grillo

Un estimulante artículo reciente, “La universidad en su hora de subsunción real”, detalla la próxima aplicación (2027-2029) del Sistema Argentino de Créditos Académicos Universitarios (SACAU) y cómo apunta a dilapidar la autonomía universitaria al reducir las carreras de grado y mover una sección importante de la formación al posgrado, pasible de ser arancelada. Hacia el final, la nota plantea: “[p]ero ¿qué queremos? El que te diga que la tiene clara en un momento como este es tarado o es servicio (…) Aun así, tenemos que poder delimitar dos o tres cosas en claro.” Me gustaría recuperar esa pregunta y desafío para intentar darle forma a algunos temas de contexto que, creo, asoman en el artículo.

Antes de ir al punto en cuestión, quizás es importante abordar un dato de origen. ¿Por qué en Argentina la reducción de carreras de grado es resistida, cuando en otros países es una demanda de los estudiantes? Desde el 2015, el artículo 2 bis de la Ley de Educación Superior prohíbe terminantemente arancelar el grado: todo movimiento que apunte a acortar sus contenidos es visto como una posibilidad de circunvalar la ley para reformar la currícula con fines pecuniarios. Aquí tenemos que hacer una advertencia: más allá de ese artículo 2 bis, hoy existen universidades nacionales que cobran tasas por sus carreras de grado bajo distintas modalidades. Por nombrar pocos ejemplos, existen ciertos aranceles en algunas carreras de la UNTREF, UNLaM y UNQui: tienen matrícula y/o cuotas de distinto tipo de periodicidad, sea ya por la carrera misma, en concepto de derecho a uso de las plataformas virtuales o para la manutención de sistemas bibliográficos o sedes remotas. Sin ánimo de aplauso ni reproche, vale decir estos cobros no han atentando contra lo que distingue a las tres universidades mencionadas: ser importantes motores en la formación de universitarios de primera generación. 

Cualquier inquietud sobre el sistema universitario argentino (y sobre su principal actor, la Universidad de Buenos Aires) debe comenzar sobre la excepcionalidad de la universidad pública y no arancelada. Para el caso de la UBA, como para otras universidades, debemos agregar dos características: ingreso irrestricto y ausencia de cupos. La situación es casi única en el globo y ha dado lugar a largos estudios. Repito lo dicho muchas veces: el sistema actual de la Universidad de Buenos Aires, nacido con el regreso a la democracia, aseguró a las otrora potentes clases medias la promesa de ascenso social mediante educación mientras que instituyó barreras informales que, a la vez que reforzaban el prestigio del egresado, alejaban la posibilidad real de terminar una carrera. Es sabido: el título de la UBA vale tanto como certificación de conocimientos como por muestra de un empeño y perseverancia que roza los límites de lo sano.

En el párrafo anterior hay una serie de elementos más o menos explícitos, presentes también en la nota mencionada al principio, que me parece importante revisar para pensar la pregunta respecto de qué queremos para la universidad; a saber:

  1. la configuración sui generis del sistema universitario nacional (y, en concreto, de la UBA);
  2. el prestigio asociado a la dificultad del estudio;
  3. la promesa de ascenso social.

1. Excepcionalismo

Foto cortesía de Uriel Grillo

Desde la promulgación de la temible LES en 1995 (e incluso desde su modificación en 2015), el mundo ha cambiado de formas difíciles de dimensionar pero claramente palpables para las instituciones de educación superior. Los flujos de datos y recursos humanos se han multiplicado exponencialmente y, a nivel universitario, eso implica una conectividad difícil de imaginar hace veinte años. Dos folletos de encuentros estudiantiles o dos introducciones de volúmenes de editoriales de prestigio internacional, una del 2000 y una del 2025, podrían mostrar escenas radicalmente distintas en cuanto a los movimientos de información y personas.

Una universidad que pretende que sus graduados tengan vinculación con el universo laboral y con el de generación de conocimiento debe tener un lenguaje compartido con el resto del mundo. Eso no significa que una universidad pierda sus características identitarias, su perspectiva y tono, pero sí que pueda tener herramientas y códigos compartidos que sean comprensibles para otros actores. Cualquier universitario argentino que haya tenido un mínimo contacto con estudiantes extranjeros (desde una experiencia de intercambio hasta una birra en un bar) sabe dos cosas: (a) que el nivel argentino es equiparable al de las mejores universidades del mundo, y (b) que los modos de evaluación y duración de las carreras (entre tantas otras cosas) son incomprensibles e inexplicables para alguien que no haya pisado una universidad pública argentina. Aquí arriesgo una generalización en base a casos particulares: un académico o profesional extranjero destaca la calidad de la educación superior argentina no por su sistema, sino a pesar del sistema. Se podría decir que es poco importante la percepción ajena sobre lo propio, pero la capacidad de aislarse del mundo y sus demandas es una condición que tienen los locos o un privilegio que tienen los ricos.

¿Qué institución (empresa privada, fundación, universidad extranjera, etc.) valora formalmente nuestro orgullo por carreras eternas y modalidades de evaluación enrevesadas y difíciles de explicar (e.g., exámenes finales orales que se pueden rendir en un plazo de cuatro años, tesis de licenciatura más extensas que tesis de doctorado)? Insisto en el “formalmente”: claro que quien dispone de recursos (simbólicos, materiales) pueden explicar las virtudes de una formación exquisita, claro que quien se ha hecho de contactos puede conversar las delicias de una educación erudita, pero ¿están plenamente asegurados los mecanismos institucionales para que todo estudiante pueda probar el diferencial de una universidad nacional de excelencia frente a una universidad cualunque? 

Pienso en un caso que tal vez no sea el más común: el reconocimiento de títulos en el extranjero (o para compañías con sede en el extranjero). Es sabido que algunas casas de estudio cercanas a la experiencia argentina reconocen la extensa licenciatura argentina como equiparable a un Master corto. No obstante, estos son casos excepcionales: lo habitual es que caiga en la categoría de Bachelor o pregrado, un tramo que dura entre 3 y 4 años. Cualquiera que haya pasado por el sector privado sabe que, en buena parte de él, lo que importa es el título. Aplica para dar clases en un colegio, aplica para un puesto en una multinacional: cada vez pesa menos el lugar de egreso y vale más la mera existencia de un pedazo de papel. Me perdonarán un ejemplo extremo para ilustrar el caso, una pequeña anécdota que escuché hace poco: “tenemos compitiendo para puestos de pasante a egresados de Cambridge y Yale…después de eso vale lo mismo el título de la UBA, de UdeSA o de la Siglo XXI”. Terrible, pero real.

Durante largo tiempo, acaso un siglo, la excepcionalidad de la universidad argentina fue, sin dudas, un activo. En las últimas décadas y, en especial, en los últimos años, esto parece haber ido cambiando. Contra todo romanticismo, pretensiones conversadoras y cruzadas virtuosas (contra nuestros propios deseos, aspiraciones, principios y valores), pareciese ser que si queremos que la universidad sea un motor de progreso y ascenso, es menester problematizar las peculiaridades que pensamos gloriosas.

2. El misterio de la excelencia

La historia sobre competencia entre graduados de Oxbridge o Ivy League para puestos menores tiene alcances temibles. El primero acaso sea el baño de humildad: en muchos casos una universidad intermedia europea es vista con el mismo desdén que se mira a la última universidad regional del distrito más recóndito de un país subsahariano. A veces es positiva esa sensación de desesperación frente a la inmensidad del océano para despabilar toda arrogancia.

No obstante, para el caso que estamos tocando vale otro comentario respecto de esa anécdota: ya no hay una correlación directa (ni para el mercado ni para la sociedad) entre la dificultad para obtener un título y la recompensa que tendrá esa titulación. ¿Qué era una buena universidad “para nuestros abuelos”, ese pasado dorado siempre a mano? Una universidad difícil. Podría haber otros significantes (“exigente”, “de excelencia”, “complicada”, “de prestigio”, etc.) pero el significado era compartido: una universidad exige mucho de sus estudiantes y, por lo tanto, produce profesionales buenos que, por tanto, valen. Digo “valen” en sentido estricto: una buena universidad auguraba un buen sueldo.

El valor de un título cada vez está más en cuestión, especialmente en Argentina. Las razones son muchas. Tal vez una cuota de la explicación esté en la valoración de habilidades técnicas o intelectuales que no necesariamente tienen relación con la educación universitaria. Seguramente una parte importante esté en el achatamiento de los salarios argentinos, que en pocas áreas hace destacar la titulación superior. Quizás existe una incontestable advertencia de que no existe posibilidad de ascenso social y los sectores con elevado poder adquisitivo están compuestos de rejunte indefinido de herederos, acomodados, narcotraficantes y corruptos. Acaso vivimos tiempos donde prima el antiintelectualismo. Sea cual sea la explicación, tener un título universitario ya no es ese sueño aspiracional que supo signar la fantasía nacional.

Reconocer una situación no es avalarla. Aunque creamos que la excelencia es excelente, aunque bregamos por el carácter formador de lo arduo cuando esa dificultad es índice de algo bueno y valioso, es necesario al menos repensar cómo se insertan esos estándares de calidad en el entramado social. En ningún caso la reflexión sobre el sistema universitario tiene que tener un horizonte demagógico (en otras palabras, bajar la vara), pero toda universidad sí debería poder ecualizar las demandas que tiene sobre su estudiantado respecto, al menos, del gran entramado de instituciones que lo rodea. En otras palabras, los diseños curriculares (objetivos, perfil de graduado, etc.) no pueden ser textos que refuercen los sueños íntimos, deseos personales y batallas propias de la planta académica de una universidad, facultad o carrera, sino que tienen que estar articulados con el entramado social, productivo, cultural y económico de una sociedad, de un mundo. A menos que soñemos una universidad para millonarios diletantes —sin lugar a dudas una propuesta rentable en buena parte del mundo—, flaco favor se hace fantaseando carreras que no tienen otro futuro que ellas mismas, como si de un esquema Ponzi se tratase.

Foto cortesía de Uriel Grillo

3. Sinsentido


La frontera que separa a los boomers de las generaciones posteriores es un problema en todo el mundo: estudiar es, año a año, una inversión más cara y menos rentable. Sacando las aspiraciones llenas de hidalguía y virtud, lo cierto es que el sueño de “mi hijo el doctor” no era producto de deseos de erudición y crecimiento personal, sino de una realidad patente y cruda: durante el siglo XX estudiar significaba ascender. Esos dos ascensos tan difíciles de diferenciar pero sin lugar a dudas distintos: ascender socialmente, adquirir una serie de hábitos, registros y contactos para la carrera de la vida; ascender económicamente, generar más dinero para brindar a uno y los suyos y una mejor realidad.

Hoy todos nos sentimos estafados en relación a los sueños y aspiraciones que se podían imaginar en la década del 60 o 70. Una pareja de docentes secundarios, por esos años, sabía que a sus 40 años tendría una casa amplia, un chalet en la costa, un autito, vacaciones, la heladera llena. Hoy, tal vez el máximo nivel de privilegio posible sea contentarse con subir fotos a redes sociales en algún festival cultural europeo al que se accedió vía amigos usando alguna prenda pre-loved nacida de la imprenta fast-fashion. Antes se acumulaban bienes intergeneracionales, hoy acumulamos likes. Pasaron las guillotinas de los carros falcados y nos cortaron las piernas a todos y para ser felices hay que meterse mucha dopamina con lo que sea que tengamos a mano para olvidar que estamos amputados y sangrando y nuestros sueños son miserables, pequeños y rotos.

La universidad era uno de los vehículos para proyectar ese futuro mejor que hoy no existe. Un título universitario no garantiza nada: no hay incentivos para enfrentarse al proyecto desolador de gastar dinero para estudiar y sufrir años y años y años para solamente terminar frustrado cuando, tras ese largo empeño, uno es recibido por un mercado que lo escupe y golpea. Estamos definitivamente en un problema cuando todos los incentivos han llevado a que las poluciones nocturnas de las mejores mentes de la patria sean tener un puesto fantasma y tercerizado en una multinacional, ser streamer o pegarla con una consultoría para el gobierno de turno. 


No es el lugar de la universidad reconstruir las fantasías de un pueblo, pero sí tiene la suficiente agencia para crear espacios académicos que sean percibidos como potentes, transformadores y, sobre todo, valiosos. Más allá de las transformaciones a nivel global y de las peculiaridades de la Argentina, la universidad tiene un rol clave en qué imagen crea de sí misma, qué posibilidades le ofrece a sus potenciales estudiantes, qué destino sueña para sus graduados.

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La universidad pública es una de las cosas más nobles, más bellas e increíbles que tiene la Argentina. Aún hoy, pese a todo el contexto descrito, pese al tono apocalíptico de mis palabras, pese a las angustias, sigue siendo un motor de ascenso social, de transformación y crecimiento. Lo es en las universidades del conurbano que han sabido construir una oferta pensada para sus territorios, lo es en la excelencia de las grandes universidades de las provincias y en la inconmensurable calidad de la Universidad de Buenos Aires. Aún lo es, aún un tiempo más.

En rigor, cualquier pregunta respecto de qué quiero para la universidad encuentra una respuesta rápida, emotiva e ineficaz: mi impulso es desear más de lo que yo mismo viví. Por caso, una década de estudio y docenas de finales orales acompañados de valijas cargadas de fotocopias. Una intuición bastante narcisista: imagino mi propia formación como digna de ser imitada y, en todo caso, debería ser mejorada profundizando, volviendo sobre las historias que escuché contar a mis profesores. Ay, los tiempos de Viñas; ay, los tiempos de Ludmer; ay, los tiempos de Carpio.   

La fascinación por “lo viejo funciona, Juan” de El Eternauta 2025 no debería hacernos olvidar que en El Eternauta de 1957 el traje de buzo, la radio o la IKA Estanciera eran los productos más modernos de su tiempo. Casos contrapuestos: la fascinación por lo más reciente y la nostalgia por un pasado irrecuperable. La universidad argentina (al menos una universidad que esté por igual al servicio de la excelencia y el ascenso social) no puede darse el lujo de esos extremos y, acaso paradójicamente, tampoco puede permitirse la sutil ostentación de la tibieza. Su camino, si quiere mantener la tradición gloriosa que es su sello, es un intermedio, extraño, filóso, incómodo y difícil. Una senda así solo puede caminarse con los ojos atentos a lo que la rodea, abriéndose paso frente a lo nuevo incierto e innegable que irrumpe frente a nuestra mirada.

Foto cortesía de Uriel Grillo