¿Cultura caribeña? en la Argentina del 26

Todos, en la Argentina del 26, parecen temerle a una extraña fuerza desconocida, malvada e indigna: el Caribe. Cualquier cosa que no nos guste es rápidamente tildada de “caribeñizadora”, sea Rappi, algunos venezolanos, el reggaetón, los narcos, Milei, el peronismo, el Boca de Úbeda, Netflix, el sexo, las villas, el desfinanciamiento universitario: lo que sea. Como paliativo contra la xenofobia, otros parecen levantar las banderas de Calle 13 para confirmar su progresismo bienpensante. El tema nos tiene obsesionados. La aparición de Bad Bunny en el Super Bowl parió incontables análisis, uno peor que el otro, que fueron desde el “orgullo latino” hasta la aburrida denostación del término por su origen francés1 o la falsa y aspiracional afirmación de que los argentinos somos europeos. Los mismos trasnochados de siempre: ya sea repitiendo a Lugones para decir que somos descendientes de Roma o sosteniendo una teoría decolonial fanoniana rarísima para reivindicar el reggaetón. Nada muy interesante. Latino Solanas, pero 15 años tarde.

Entre todo ese barullo, ví una interacción en Twitter que me pareció, por lo menos, curiosa.

Es evidente que el Caribe tiene una historia gigante con sobradas expresiones culturales excelentes, que no tiene mucho sentido enumerar acá. Sin embargo, mi duda es la siguiente: ¿tiene que ver ese Caribe con la supuesta fuerza ominosa e infinita de la caribeñización? ¿Acaso quienes lloran a la Argentina tradicional y católica critican a Los Panchos o a Ruben Darío? La respuesta es obvia: no. El problema no es con el Caribe en general, sino con cierta cultura caribeña que ha llegado al país luego de años de inmigración y, agregan, secretas conspiraciones masónicas impulsadas por los grandes sellos editoriales que buscan que todos escuchemos pum-tapum-ta-pum en lugar de, no sé, Iorio o Larralde. Pero con el disco de Bad Bunny pasó algo notablemente distinto.

No sólo el disco no es un rejunte de pum-tapum-ta-pum, sino que,  más allá de la fantástica pantomima del Super Bowl, comentada como si fuera la revolución cubana, el disco viene aparejado de una propuesta interesante. No me refiero ni a las temáticas ni, por supuesto, a LO QUE LE PASÓ A HAWAii, la canción que confirma que el acto de resistencia que supone el disco no es más que trasgresión permitida. Me refiero a los visualizers del disco en YouTube. Lo más probable es que las diapositivas, parecidas a una presentación de geografía de cuarto año, no hayan tenido nunca contacto con el artista. Quizás no tiene idea de qué dicen, quizás ni siquiera las vió. Pero lo que reivindica la postura decolonial que mencioné más arriba es que, frente al avance del capitalismo acelerado, haya un artista que busque conectarse con sus raíces y hacer un arte situado. Esto, lejos de ser una excepcionalidad, es una tendencia.

Cortesía de 8332.

¿Regionalismo o regionalización?

Dante Sabatto, en un genial artículo publicado en su substack personal, titulado Cosas de la desglobalización y que recomiendo leer de antemano, diferencia al regionalismo de lo que podría ser una regionalización. Advierte que, en los últimos años (digamos, de la pandemia a esta parte), asistimos a un auge de la música folklórica y regional2, y eso significó un cambio respecto a los largos años de world music dominados por el rap, el trap y el pop. Pero hace una diferencia clave: esto no es una regionalización, sino un regionalismo. No es que volvamos a escuchar exclusivamente nuestra música autóctona, como pasa, por ejemplo, en Brasil: la apelación a lo folklórico y la identidad regional se convirtió en un recurso que puede ser utilizado para hacer música que luego es distribuida en el mercado global. Como cuando en los sesenta el mundo entero se fanatizó con la India, o lo que pasa actualmente con Japón o Corea del Sur, pero con cualquier identidad regional. Región, acá, no refiere a un punto en el mapa, sino a lo que podemos llamar geocultura: un paisaje o clima cultural que, si bien depende de factores geográficos, los supera y puede funcionar también lejos de su lugar de origen. Como decir que hay algo de la región del Caribe hoy en Buenos Aires: su gente, su economía, su infraestructura, su música, su calor y la playa del río de Quilmes.

Cortesía de 8332.

Si bien Sabatto entiende al fenómeno como parte de un movimiento más grande de desglobalización, rastreable también en otros ámbitos, señala que esto no implica que estos nuevos productos culturales sean una excepción a la regla de servir como alimento para los intestinos del Capital. Si bien son productos anclados en algo más sólido que la nueva tendencia algorítmica, hasta podríamos decir más noble, acaban por convertirse en otro feature del mercado musical. En otras palabras, son también slop. Algo parecido a lo que plantea Leyla Bechara en La nueva cara del progresismo: nacionalismo pop, para divertirse, otra buena nota en una entrada de substack.

Más allá del diagnóstico desesperanzador, la tendencia me parece interesantísima. Dante menciona la tríada española del regionalismo hispanoamericano: El Mal Querer (2018), El Madrileño (2021) y Motomami (2022)3. En Argentina, si bien menciona muchos ejemplos, podemos sumarle también el Tiny Desk de Trueno, tan disfrutable como cosmético, que fue sin dudas predecesor de la nueva obra maestra del progresismo aburrido y sordo: La Vida Era Más Corta, de Milo J. A pesar de estos casos más mainstream, existe también un movimiento más subterráneo, más viejo y quizás más respetable de músicos que se identifican con el sonido rioplatense. Una suerte de herederos de Bersuit Vergarabat, Los Piojos, Cabrera o Rada: música medio teatral, narrativa, que fusiona tango, candombe, rock y murga. El proyecto mejor logrado, creo, es El Consorcio (2023), de Tomi Lago, pero también existen otros que voy a mencionar en un orden caprichoso. Los Mangrulleros tienen una propuesta muy interesante con varios discos en su haber, y uno de sus vocalistas, Cusifai, tiene también su propio proyecto; Los Cuerpos sacaron en 2017 un disco espectacular, Deste lugar; BALTA, el niño mimado del folklore fusión uruguayo, hace música muy divertida y tiene un gran futuro por delante; Juanito Pé es un gran gestor cultural y un músico del carajo, que organiza todos los miércoles un ciclo dedicado a la música rioplatense llamado Que se repique en 921 Casa Cultural, en Parque Chacabuco; Los Garciarena hacen murga muy divertida; el Trío Ventana hace música líndisima cuando no se parecen tanto a las canciones de misa; el compositor intermitente Joaquin Plada; los geniales Agua de Florero.

Estos últimos, más allá de las recomendaciones arbitrarias de arriba, me hacen volver a mi punto inicial: ninguno de los tradicionalistas rioplatenses y fundamentalistas de la herencia hispana (como ninguno de los mencionados) negaría que haya habido un contacto muy fuerte e importante el siglo pasado entre la cultura centroamericana y la austral. Agua de Florero toca salsa, bolero, rumba y tango, todo en el mismo recital. Hace poco, grabaron una muy linda versión de Encendedor junto a Gauchito Club, uno de los últimos exponentes del infame indie mendocino. El exégeta vivo favorito de los tradicionalistas que leen, Ángel Faretta, incluso entiende al bolero4 centroamericano como una continuación de lo que él llama la «tradición melodramática», según él, peor lograda que el tango pero igual de respetable; no solo trata el tema en sus conocidos videos de YouTube, sino también en sus menos célebres libros La pasión manda y La traducción de la melancolía.

El problema, para estos tradicionalistas que intentan esconder su xenofobia en un extraño ideal de progreso romántico y decadentista, es que la cultura caribeña que se trae al país y que, como advierten, prolifera en las villas miseria provenga  de las republiquetas bananeras (países inestables que dependen económicamente de la exportación de bananas y que por ello son dominadas en lo político por empresas extranjeras), aunque lleguen a equipararla con charanguito y la música del norte. Esta cultura caribeña no es más que el resultado de una mezcla de una diáspora de expatriados y el bajofondo de las grandes ciudades argentinas que dió lugar a un género músical propio y autóctono. Fíjense que podría estar hablando tanto del tango como de la cumbia villera. La cumbia, por su parte, tiene gracias a Dios cada vez menos detractores. Musical y líricamente, el género ha dado muchas de las mejores expresiones arrabaleras de las últimas tres décadas, sin duda alguna. Pero ese tampoco es el Caribe que menosprecia el nacionalismo estético. En cambio, es la cultura aspiracional que menciona el tweet de arriba: los culos, los autos de lujo, Miami, la farra, el fronteo y demás grasadas parecidas a la pizza con champagne del menemismo y que algunos entienden como ética protestante sin citas de Webber. Mucho de lo que terminó de instalarse en el país con el auge del trap devenido reggaetón en la década pasada: el llamado género urbano latino empaquetado en el estado de Florida. Es esa cultura la culpable de todos los males del país, dicen: la que se ve en las villas y en el barrio de Once, la que relacionan indistintamente a los barberos, Only Fans, Rappi o cualquier expresión neoliberal decadente.

En general, debo decir, tienen algo de razón. El género es formulaico, repetitivo, se graba con dos pesos y con equipos malos y promueve un mensaje vacío de enriquecimiento, sexo y reviente. Ahora, lo interesante es que todo eso que promueve no es más que la expresión de deseo más representativa de la Argentina del 26. Les guste o no, la cultura caribeña que detestan está ya totalmente integrada a la argentina, y es un camino que no podremos desandar ni cultural ni demográficamente. Ya no es sólamente una expresión de la globalización homogénea e impuesta por las grandes discográficas, sino que es incluso una expresión regional: es sólamente honesto con la Buenos Aires de la década del veinte. Lo que les falta para terminar de aceptarla, creo, es una obra bien hecha que represente todo eso que ustedes detestan para permitirles una puerta de entrada digna. Acá se las traigo.

mhtresuno: la avanzada mara que te gusta.

mhtresuno es un nombre en realidad muy simple: el cantante y productor Martín Herrera vive en la Villa 31. Su proyecto no es el de cualquier trapero desprolijo. En 2024 lanzó su ópera prima, De La Villa Pal Mundo, que presentó en un Niceto ambientado de pasillo y lleno de invitados. El disco dura casi una hora y cuenta con 23 tracks que exploran géneros distintos. Sin embargo, esta no fue su primera aparición, sino que hace música hace años. El canal de YouTube de su sello, Malditos Bendecidos cuenta con singles experimentales y con una yapa genial: una de las primeras canciones de Dillom, de quien es amigo desde chico. Empieza con una colaboración espectacular escrita por César Gonzalez e interpretada por Esteban El As de Fuerte Apache, Villas, que resume muy fielmente el proyecto: una gran producción que explora sonidos nuevos junto con una propuesta audiovisual excelente para echar un halo de luz sobre la aparente oscuridad de la vida en los barrios populares argentinos. El disco se desenvuelve casi como un álbum conceptual, e incluye interludios geniales y emocionantes como Yo aprendí, Esperanza, Hampa o Mamá. Para un análisis más detallado, recomiendo mucho la reseña de Agustín Wicki en Lúcuma.

La cuestión es que el último año llegó con éxitos rotundos para el mh: firmó un contrato con Interscope Capitol, sello estadounidense gigante, y grabó su segundo disco de estudio en República Dominicana, Santo Domingo. Este álbum es la confirmación de que su proyecto no es tan solo musical, sino que es una propuesta estética completa. No es ninguna novedad que hoy por hoy todo proyecto artístico debe estar acompañado por una estética integral y coherente, pero mh parece entenderlo mejor que el resto. El grupo audiovisual 83325 lo acompañó en su viaje para filmar el video de cada tema del disco, lo que les valió 8 nominaciones en los Video Prisma Awards y el premio en la categoría “Mejor Video (Latam)” por Lágrimas Negras.6 La frutilla del postre es el cortometraje Santo Domingo, estrenado hoy mismo. No tiene desperdicio.

Cortesía de 8332.

El disco cuenta con cuatro colaboraciones: dos que exploran el dembow (acá y acá), el género predilecto de mh; otra es un reggaetón junto con Omega; y otra que, a pesar de no ser la más inspirada, fue grabada con quien considero el artista más interesante del mal llamado género urbano en su conjunto: al argentino-español Dano. En general, es bastante más frenético que De La Villa Pal Mundo, con ejemplos casi exagerados como Se enciende, pero no olvida los momentos más solemnes e introspectivos como el que encuentra en Santo Domingo. mh halla maneras geniales y creativas de reinventar géneros que parecían gastados y olvidados, como la bachata Solo, pero también explota toda su habilidad para desenvolverse en el estilo que mejor le sienta, el dembow, en canciones como Te choko. Ritmos aceleradísimos y estimulantes que sólo parecen aptos para la época del hiper-algoritmo.

La misma semana de los premios, mh debutó en las YouTube Music Sessions, confirmando lo que ya había demostrado apareciendo con los Cindy Cats (acá y acá) y con El Gremio en Camping: que es un cantor con un vozarrón del carajo y una sensibilidad estética diferente, que no está hecho solo para la pista grabada en FL y que la cultura caribeña, quizás más viva que cualquier otra expresión en territorio nacional, tiene cosas muy buenas para explorar. Su versión tangueada de Historia de un amor es espectacular.

El proyecto de mhtresuno es, como dije, una propuesta estética integral que cuenta con todo un universo audiovisual bien desarrollado y ejecutado:  un intento de reterritorialización en medio de lo fluído que se nos escapa por las manos, que sin quitarle la mirada al pasado, se proyecta hacia el futuro con audacia y esperanza. El texto que cité antes, el de Dante Sabatto, termina con párrafo lo suficientemente elocuente como para copiarlo entero:

Por último, quiero señalar que este proceso de desglobalización está asociado a una serie de dinámicas de crisis: crisis de la hegemonía global estadounidense, crisis de las formas de organización de la vida en torno al trabajo formal, inestabilidad marcada por enfrentamientos bélicos, disrupciones tecnológicas constantes. Volviendo a conectar la esfera estética con la estructura material de la vida social, diría que el regionalismo musical tiene mucho que ver con esta precariedad que define la subjetividad contemporánea. Por un lado, la recuperación de lo folklórico no puede leerse fuera de un contexto de resurgimiento de tradicionalismos (por derecha pero también por izquierda) que buscan restaurar algunas bases culturales para el orden social; estos llamados (y esta música) suelen ser tan posmodernos como el desorden que quieren combatir, pero no por eso son menos efectivos. Por otro lado, aquellos intentos de canalizar lo regional hacia un pop de vanguardia se sostienen, en los mejores ejemplos, sobre estéticas de lo fragmentario, lo borroso, lo ruidoso, lo imperfecto, lo errante. Quizás música de encava o anónimo no suenan como 2025, sino como 2030.

La cultura del Caribe, la que no les gusta a los tradicionalistas, ya está acá y no hay mucho que puedan hacer para cambiarlo; ya no es avanzada mara ni caribeñización: es la más pura y honesta expresión de la Argentina. La queja, llorona y discriminatoria, no hace otra cosa que pasear por las ruinas de un país que ya no existe (y quizá nunca existió). La apuesta, tanto del proyecto de mh como los de tantos ejemplos regionales, es encontrar algo que haga posible algún tipo de organización que, a la vez, no niegue la errancia propia de la época, ni  pierda la capacidad de ser reproducido por miles de oyentes.. La apuesta, la mía en esta nota, es por una cultura que no niegue ni su arraigo ni su presente: que nos permita proyectar un horizonte de futuro en el cual aquerenciarse, que nos ayude a encontrar un acierto fundante que parezca tan azaroso como fundamental.

  1. En lugar de Hispanoamérica, el término Latinoamérica fue acuñado por la Francia del siglo XIX luego de su intervención en México entre 1862 y 1867 para hacerse un lugar dentro de la herencia simbólica del continente, y, con ambiciones geopolíticas, desplazar a España. ↩︎
  2.  Para una lista de ejemplos detallada, recomiendo de nuevo la nota de Dante. ↩︎
  3.  Podríamos sumarle ahora también Lux (2025), también víctima de flojísimos análisis, en el que se podría decir que Rosalía se acerca a la cultura occidental(izada) de manera regionalista: sea Japón, Latinoamérica, un boliche de Berlín, el cercano Medio Oriente o Nueva York, Rosalía entiende a todo lo alcanzado por la historia universal-europea como parte de una región global que siente propia. La música clásica y la mística católica funcionan como elementos casi folklóricos que abarcan, sin embargo, casi todo. ↩︎
  4. El bolero, al igual que el tango, es un gusto adquirido después de vivir un poco más: la herencia de un amor que duele. ↩︎
  5. Entre otras cosas, son también ellos los encargados del estimulante universo visual de Acru, quien es, para mí, el rapero más digno que ha dado esta tierra. ↩︎
  6. Hicieron también el video de la genial La madre llora, canción que sirvió como confirmación de la madurez de Herrera en el oficio de componer e interpretar. ↩︎