
La mayor parte de mis treinta años que ya están prontos a ser cuarenta fueron del Sarmiento, uno de esas cadenas de vías que atraviesa el conurbano como un parteaguas e intenta definir la vida en un AMBA cada vez más caótico y poco predecible. CABA y su conurbano tiene una pasión por la construcción de tipologías geográficas que expliquen desde la propia vida y sus rutas los caudales de recursos simbólicos y materiales: se vive al norte o sur de Rivadavia, en jurisdicción Edenor o Edesur, sobre el Mitre, el Urquiza, el Sarmiento o el Roca, sobre el recorrido del 57, el 338, el 136 o el 198. Esta crónica no puede escapar a ese deseo ingobernable: en definitiva, tratar de entender algo de uno a partir del transporte público y sus arterias.
Voy a caer en el estilo de nuestro tiempo. Los datos anecdóticos, íntimos, sirven para justificar análisis precarios. Desde los bordes de la hiperinflación supe viajar como bebé, niño y pequeño adolescente desde Caballito al kilómetro 22 del Ferrocarril Oeste todos los días acompañando el recorrido laboral de una madre docente. La mudanza al conurbano alteró durante unos pocos años el viaje diario y el Sarmiento pasó a ser una cosa de fin de semana, ir con los amigos al Parque Rivadavia a buscar libros y DVDs pirateados, salir a algún bar, ir al Colón. Aventuras que definieron quienes vivimos el colegio secundario durante un primer kirchnerismo que aún no se entendía bien qué era. El interludio duró poco, pues Puan me forzó rápido al tren nuevamente, primero como estudiante y luego como docente.
Sabemos quienes estamos habituados a recorrer una, dos o tres horas para llegar a Capital: el transporte público es una forma de pensar. Lo esencial tal vez es accesorio: las charlas eternas, los libros marcados con una birome inconsistente, amores surgidos con la excusa de viajar con el otro; todo eso, poderoso y tan sublime como terrenal, viene luego de esa fusión con los tiempos, modos, ritmos, pesares y placeres del transporte público. Uno se vuelve el tren, el colectivo, el subte y se hermana a la fuerza con quienes lo comparten: nuestras reacciones son las mismas, los súbitos picos de actividad y crisis en medio del aletargamiento cansado, las tensiones coreografiadas que son casi pasos de comedia para un espectador que no somos sino nosotros mismos. A los argentinos nos encanta actuar y nos encantan los argentinos: somos nuestro público más deseado.
No quiero hacer una reconstrucción minuciosa de los detalles presupuestarios de las líneas de tren del conurbano bonaerense. Sobre eso hay mucho escrito, mejor, más detallado. Sí me importa señalar que mi experiencia coincide con lo repetido hasta el hartazgo: viví la decadencia del tren durante el menemismo, un leve y fracasado intento de contener el desastre inminente, la inversión tras Once y el caos que siguió con Macri, Alberto y continúa hoy. Seguramente sea difícil de imaginar para quien vive en CABA (deberá usar la torpe analogía del subte) o en cualquier lugar distinto del AMBA: el tren y el bondi explican buena parte de las dinámicas electorales. Horas y horas del día a día y una parte importante del presupuesto mensual destinado ahí, a eso que vaya a saber si llega a donde tiene que llegar o explota en el camino. Hasta que se dedicó con precisión quirúrgica a dilapidar su capital político, Randazzo era un tipo con una importante imagen: Moreno, San Miguel, Temperley, cualquier laburante le agradecía el aire acondicionado y los trenes más ágiles. En el transporte público se testea cuán dignos, cuán humanos, nos consideran nuestros gobernantes. El vómito nunca limpiado durante una hora y media en el furgón caliente, el asiento pegajoso de una sustancia indefinida y acaso criminal, saltar desde una ventana porque los cuerpos comprimidos no pueden avanzar sobre una puerta: todo puede ser más terrible en el tren o el bondi.

Es complicado definir desde cuándo y en cuántas cantidades el transporte público funciona en base a consumir stocks. De nuevo, ya mucho se ha escrito sobre esto: cualquiera que busque los horarios del tren en los años 50s encontrará frecuencias y velocidades que hoy parecen sacadas de ficciones de prosperidad. Mi abuelo hacía el viaje de Castelar a Once en 30 minutos, hoy es una hora. Eso si no agarraba un tren rápido. Cualquiera que viaje en transporte público tiene esa certeza de un sino aciago imposible de eludir: siempre viajaremos peor. Es una angustia de dos capas: una, inmediata, la del suplicio diario; la otra es una herida profunda que se entreteje cada vez más dura con nuestras fibras, la certeza cada vez más mansa de que no es posible ser mejor, que todo empeorará, que es mejor que no haya futuro porque si lo hay va a ser horrible.
Frente a la ofensa, el ataque o la capitulación. Recuerdo las cancelaciones de trenes y los vagones incendiados por la bronca popular. Menos extremo: la puteada abierta, el enojo desatado y la complicidad de estar todos juntos en un pantano. Ese ensueño de “nadie se salva solo”, muy rupestre y desorganizado, pero palpable al fin, fue durante mucho tiempo el signo comunal frente al espanto. Ya no. Capitulamos. Rendidos. Calmos. Los insultos se desviaron e introyectan: el tren se tiene, lento y pesado, para bajar a una pareja que discute porque no tiene guita, para llamar al SAME que no llegará porque un fisura está quebrando en medio del vagón o porque ya no es fácil detectar si alguien está mendigando o intentando robar. Pero ya nada es un reclamo y todo tiene la forma del estertor de un cuerpo gangrenado: no hay nadie a quién pedirle cosas, no hay a quién putear. No hay promesas ni destino y entonces no hay posibilidad de reproche.
La pasión por la cartografía identitaria, por reconstruir geografías urbanas que digan sobre nosotros, puede tener dos salidas. Claro está que los espacios delimitados y sedimentados llaman a ser transformados: son límites que están para romperse, el famoso reclamo frente al aluvión zoológico que irrumpe sobre un espacio que no le pertenece para poner las patas en la fuente. No obstante, también sabemos que el destino de los mapas es institucionalizar las fronteras por donde nos movemos, forzar un molde para nuestros recorridos y pretensiones. Hoy, parece, nos movemos con la desazón de quien ha reconocido que su destino es cruel e inconmovible. Los episodios de rebeldía (fugaces, pequeños, percibidos como antojadizos) y sus fracasos (resonantes, tristes, infértiles) refuerzan esta apatía aplastada: llorar por la leche derramada es visto como un privilegio de quienes aún pueden juntar un mango.
Pero la diferencia entre uno y otro sendero solo tiene apariencia de robustez. El intersticio entre la apatía y el estallido es una chispa que conecta con algo que no tiene nombre ni puede verse hasta que no estalle en llamas y ahí, también imposible de distinguir sencillamente en medio del brillo y el calor, pueda ser divisado. Hace ya años que todo está así, intentando definir la vida de un fósforo que puede mojarse en su caja o hacer volar todo por los aires. Detenerse a imaginar la vida de un fósforo también es un placer que pueden darse pocos. Al resto nos queda subirnos al tren y llegar cada vez más tarde y más cansados a donde sea que vayamos.


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