La universidad en su hora de subsunción real

La autonomía de Schrödinger

El cuento es conocido. Los reformistas del ‘18, enfiebrados autores del Manifiesto Liminar, vanguardia histórica de la juventud latinoamericana, declaran la huelga general y toman el control de la Universidad de Córdoba, pasaje al acto que sella la conquista de la autonomía universitaria, el cogobierno y algunas cosas más. 

Hecho curioso de una cronología irónica, la autonomía tardaría otros 76 años –hasta la reforma del ‘94– en cobrar carácter constitucional. Irónica, porque por esos años se aprueba también la Ley de Educación Superior (LES), que vino a dinamitar al mismo tiempo la noción de autonomía. A caballo entre el primer y el segundo gobierno de Menem, en pleno año electoral (1995), el gobierno buscaba avanzar con una serie de reformas concentradas en la LES, que respondían a las demandas del Banco Mundial: estandarización, mercantilización de la educación, recortes y precarización docente y no docente. El combo completo, podríamos decir.

La resistencia a la medida fue inmediata y contundente. 25 de las 33 universidades nacionales del país fueron ocupadas por los estudiantes, seguido por una marcha federal universitaria que bloqueó temporalmente la ley en el Congreso. No obstante, la reforma se aplicó. Eso sí, sin un elemento fundamental: el arancelamiento de las carreras de grado.

Ese es el objetivo hace más de veinte años inconcluso que viene a subsanar la aplicación inminente del Sistema Argentino de Créditos Académicos Universitarios (SACAU). Es decir: la reforma que viene a sellar el movimiento de subsunción real —la disolución de la autonomía universitaria en aras de su plena integración al mercado—. Ya vamos a hablar de eso. 

En síntesis: por más que la reforma haya terminado siendo parcial (no por designio divino sino por resistencias sociales concretas, que son lo único que cimenta, y sólo temporalmente, algo así como una “excepcionalidad”), esbozaba un proyecto para la universidad que, a la vez que declaraba su autonomía, la sometía en los hechos a la lógica del capital. Ninguna contradicción.

Hoy el cuento tramita su resolución final en la oscuridad de los pasillos administrativos de las facultades de todo el país. Nos toca a nosotros echar luz sobre esa trama.

Circula un cierto hastío sintomático respecto a “pensar la coyuntura”. Este hastío tiene su grado de verdad: no nos estábamos haciendo las preguntas correctas. Habíamos abandonado la temporalidad más larga por un inmediatismo que nos impedía ver la radicalidad y gravedad de las transformaciones que veníamos atravesando y nuestra propia responsabilidad en ese devenir catastrófico de los acontecimientos. Cuando esas preguntas, incipientes y vacilantes, empiezan a circular, aflora al menos la sensación de un cierto alivio. Hagamos el intento. 

Hablar en serio

Hace unos meses, reunidos en un departamento del barrio de Once un viernes a la noche para discutir Pensar sin estado (2004)1 de Ignacio Lewkowicz, nos preguntábamos2: ¿Subsiste algo por fuera de la lógica de mercado? 

La pregunta cabe tanto en su primera abstracción general (¿subsiste “algo” por fuera de la lógica de mercado?…) como en sus determinaciones concretas. Es la misma pregunta que se hizo Lewkowicz, en las postrimerías del siglo pasado. Nosotros (el nosotros de los amigos, esos que para Lewkowicz, hoy más que nunca, sirven para pensar3) decidimos retomarla para abordar esa institución que desde 2024 irrumpió en la primera plana (¡expresión nostálgica!) de la discusión pública, es decir, la universidad. Algunos empezamos a decir —y no por decir, sino diciéndolo en serio— que estas circunstancias deberían obligarnos a discusiones más profundas. ¿Persiste algo en la universidad ajeno a la discreción del mercado? ¿Y por cuánto tiempo?

Al hablar, presumimos una serie de cosas: primero, que alguna vez existió algo más (algo que podemos dar por llamar, por ejemplo, Estado). Segundo, que de imperar efectivamente la “lógica de mercado” en el ordenamiento social, hay, acá y ahora, algo así como un “afuera” posible.

Breve actualización: el Estado está muerto

En esa reunión en el departamento de Once, la pregunta surgió a causa de una hipótesis insoportablemente actual: Lewkowicz declara, sin nostalgia ni desesperación, que el Estado está muerto. No sabemos ni siquiera si nosotros lo matamos. Se limita a dar una aseveración diagnóstica, serena pero brutal: “Ni se ha perdido ni nos hemos liberado del Estado meta-articulador: meramente ya no hay Estado meta-articulador”. 

Esto no quiere decir que no haya estado, así, en minúscula. Como las sombras de Dios en el Zaratustra, lo que subsiste hoy es un estado técnico-administrativo, pero que ya no logra operar como fundamento estructural de las instituciones, garante y productor de subjetividad —ciudadana—. En su lugar, emerge el mercado. La diferencia fundamental, sin embargo, consiste en que el mercado es incapaz de aquello que podía el Estado: constituir estructura, producir subjetividad. No lo necesita. El mercado conecta y desconecta de manera aleatoria y establece conexiones entre puntos dispersos sin asegurar un sentido. Por eso no se puede hablar estrictamente de que el mercado ocupe el lugar que supo ocupar el Estado: ya no hay tal cosa como un lugar, diluida la articulación simbólica. 

En este marco, las instituciones son arrojadas a una deriva de sentido, enfrentadas a la crisis en su carácter contemporáneo y permanente de catástrofe. Sin Estado que fije esa función, hay dos opciones: adaptarse, “entenderse (demasiado) con la época”, diría Javier Trímboli4, o hacer otra cosa. 

Breve actualización #2: ¿Qué pasa con la universidad?

Volvamos sobre el hilo: ¿Qué es, hoy, la universidad pública? ¿Cómo opera concretamente? ¿Cuáles son las representaciones que nos hacemos de ella?

Exhaustiva pero no rigurosamente, en diversos grados y según la situación: 1. un mecanismo de ascenso social; 2. un aparato de reproducción y legitimación de privilegios preexistentes; 3. una incubadora de cuadros medios del estado; 4. una incubadora de cuadros medios del sector privado; 5. una subvención de facto a los empresarios que les ahorra el costo de formación de mano de obra; 6. una entidad anquilosada en lógicas medievales con un sistema interno de casta, privilegios, herencias, valores que subsisten aún más de cien años después de la Reforma; 7. una entidad que por más autónoma y pública se rige por las mismas leyes de oferta y demanda que el mercado —el ciudadano-estudiante deviene estudiante-consumidor—; 8. una entidad que es autónoma y es pública, y por lo tanto, debería regirse en función de un proyecto de país impulsado desde el poder del estado; 9. una entidad que no se rige ni por un proyecto de estado ni por la lógica de mercado, sino bajo mecanismos de autolegitimación sobre un sistema cerrado que fue perdiendo progresivamente los puntos de contacto con el resto de la sociedad o nunca los tuvo; 10. un lugar donde hacer contactos; 11. un lugar donde obtener una formación superior gratuita y de calidad, 12. un lugar donde conformar núcleos de pensamiento que excedan los límites de la propia institución, 13. un lugar donde conformar núcleos de pensamiento que bajo ningún punto de vista excedan los límites de la propia institución, 14. un lugar donde hacer amigos, un lugar donde hacer comunidad, un lugar donde manguear porro; 15. un trampolín para proyectarte como figura mediática con relevancia nacional (vale para los militantes), 16. un lugar donde formar a la Vanguardia (inexistente) del Movimiento (inexistente), 17. otra rama del estado donde podés acomodarte como funcionario; 18. una buena caja, 19. todas las anteriores.

Si confiamos en que cada elemento de la enumeración reviste su grado de verdad, podemos desprender sin demasiado esfuerzo que algunos necesariamente tienen que encontrarse en tensión; en principio, porque son contradictorios. Este hecho no los hace mutuamente excluyentes: nos indica que la historia de la universidad se ordena según estas paradojas. 

Si bien la aplicación del SACAU llega para resolver estas tensiones, ordenando definitivamente el rol de la universidad en función de las necesidades del Mercado, es posible rastrear una cantidad de antecedentes que ya venían afianzando esa tendencia en los últimos años. Vamos a nombrar uno.

La adecuación

Se espera que el lector recuerde que algunos párrafos atrás se mencionó el movimiento de oposición a la Ley de Educación Superior. Faltaba un dato: la “resistencia” no terminó ahí. Uno de sus capítulos fue la renuencia de la Universidad de Buenos Aires a adecuarse efectivamente a los lineamientos que disponía la LES hasta aproximadamente el año 2017, momento en el que se decidió que comenzaran a adecuarse los planes de estudio para que adquirieran la validez a nivel nacional de la que habían carecido por casi veinte años, por voluntad política de la gestión de la universidad.

Esta inversión de la política que sin mayores costos se sostuvo por dos décadas anticipa el escenario actual. Si existía, como existió, aún la voluntad de proteger a la Universidad contra la tendencia diluyente del Mercado, hoy ya no existe más. Esto es “lo que hay”. Conviene tenerlo en claro.

Sistema Argentino de Créditos Académicos Universitarios (SACAU)

Apunte #1: Octubre de 2023. El Consejo de Universidades se reúne en instancia plenaria, y elabora el documento que propone la creación del SACAU y define sus lineamientos. Este documento es elevado al entonces ministro de educación del gobierno de Alberto Fernández, Jaime Perczyk, quien resuelve en noviembre, a menos de un mes de finalizar su mandato, su aplicación vía resolución 2598/2023. En abril de 2025, el Ministerio de Capital Humano recoge esa misma resolución y establece como plazo para su aplicación el año 2027, con posibilidad de prórroga de dos años a disposición del Subsecretario de Políticas Universitarias (Alejandro “Galleguito” Álvarez).

Apunte #2: los créditos, en su aspecto meramente formal, son la unidad de medida bajo la cual se rige el sistema académico internacional; un término homogéneo para cuantificar la duración de las carreras. El caso local estipula el valor de cada crédito en “25 horas de trabajo total del/la estudiante”, entendidas, en una proporción deliberadamente ambigua, como la suma entre el “tiempo de interacción docente-estudiante” (horas de cursada efectiva frente a clase) y “horas de trabajo autónomo” (cálculo hipotético sobre el trabajo hecho fuera del aula). Tomando las horas mínimas estipuladas de interacción docente-estudiante según los lineamientos dispuestos para el SACAU y un ejemplo arbitrario, como la carrera de Filosofía de la UBA, las 3162 horas actuales con las que cuenta el plan de estudio sufrirían un recorte del 33% (2125 hs frente al aula).

Apunte #3: el documento estipula como plazo máximo de duración de las carreras un total de cuatro años, incluyendo las “horas autónomas de estudio”. Los defensores del SACAU insisten en que esta figura contempla el trabajo invisibilizado del estudiante. En los hechos, no sólo se recortan en muchos casos hasta dos años enteros de carrera de grado, sino que además esos cuatro años estipulados ni siquiera constituyen, en su totalidad, horas de clase efectivas. No se trata de un cálculo especulativo sobre la vacuidad del papel: en la Universidad Nacional de Rosario, una de las primeras en avanzar con la implementación, ya se encuentra aprobado el plan de estudios que limita la licenciatura a cuatro años. Se espera que entre en vigencia este mismo 2026.

Apunte #4: Ese tramo recortado pasaría a constituir contenido de posgrado. En nuestro país son, en 95 de cada 100 casos, pagos. Es decir, el SACAU impone un arancelamiento de facto que alcanza hasta un tercio del contenido de la carrera de grado. 

Apunte #4bis: La trasposición del contenido de grado a posgrado no es lineal. La expectativa es que las cifras de egreso5 alcancen niveles razonables a partir de ofrecer un paso rápido e indoloro por la universidad, empaquetado con moño directo para el mercado laboral (inexistente). La educación superior de calidad ya no se pretende masiva ni gratuita: eso va a estar reservado para los pocos que puedan pagar el paso al posgrado. La reducción masiva de estudiantes en este último tramo, ahora separado del grado, implica a su vez la reducción masiva de la planta docente dedicada a ese tramo. Esta tendencia, de nuevo, no es inédita: en los últimos años, las facultades de Medicina e Ingeniería de la UBA sufrieron un recorte sustancial de sus planes de estudio, incluyendo el cierre de materias enteras. 

Apunte #5: El consenso amplísimo y calladísimo entre las gestiones de las distintas universidades nacionales respecto a la aplicación del SACAU no distingue color político. Desde el radical más vetusto y artrítico hasta el kirchnerista más woke ya cerraron: nadie está para pudrir el rancho. “No son los ‘90”, se escucha por los pasillos. Esto se vendría a traducir así: de nuevo reforma, pero esta vez ponemos nosotros el lubricante. 

Apunte #6: El consenso se establece a partir de un cálculo sencillo. La ley de oferta y demanda también rige en la universidad. Matrícula y egresos son igual a presupuesto: si bajan los numeritos, eso implica menos plata. Las universidades que se adecuen corren con ventaja: a menor duración de las carreras, más suben los numeritos. Fin de la ecuación. Todos corren a cuidar el rancho. Y la billetera.

Apunte #7: Pero no todos los ranchos son iguales y por eso la adecuación está tomando un ritmo escalonado: los primeros avances se vienen dando en la UNSAM (San Martín), UNComa (Comahue) y UNR (Rosario). Las especulaciones dicen que las últimas en la lista son UNC (Córdoba) y UBA (Buenos Aires). Es el inverso preciso a la cronología geográfica del estallido universitario de 2024: lo más conveniente, para que la aplicación pase, es empezar por los lugares con menos probabilidades de iniciar un conflicto a nivel nacional. Para el momento en el que llegue, ya va a ser demasiado tarde. Entró la balubi. 

Adaptarse, ¿o qué?

Atravesamos horas de menemismo explícito. Son todos narcos, de los malos me cita mi amigo Fidel cada vez que pronuncio la frase “son todos unos hijos de puta” (cosa que pasa bastante seguido). 

Hacia fines de los años ‘90 el colectivo situaciones6 arranca a graffitear una frase por la ciudad: “Votá lo que puedas. Construí lo que quieras. No hay nada que esperar”. 

El punchline es finísimo, pero en términos lógicos, la frase está invertida: porque no hay nada que esperar (de las instituciones, de los partidos, del estado, de “lo dado”: la adaptación) es necesario hacer otra cosa. Lo que quieras. 

Pero ¿qué queremos? El que te diga que la tiene clara en un momento como este es tarado o es servicio. Nadie tiene la respuesta. La desorientación general abarca todos los planos. Aun así, tenemos que poder delimitar dos o tres cosas en claro. 

La tarea es doble. Por un lado, los efectos concretos que supone el SACAU para la Universidad obligan a hacer gala de una serie de instrumentos que ya conocemos. La perspectiva de que las futuras generaciones de universitarios argentinos no puedan leer diez páginas de Foucault sin pegarse un tiro (como ya les pasa a yankis y europeos) o tenga que tomar deuda con mercadopago para tocar un texto fuente recién en el posgrado debería ser capaz de volver a sacudir eso que apareció en 2024: una generación que, al parecer, no está tan domada por el brainrot algorítmico y tiene alguna idea de que, si existe futuro, la universidad ocupa un lugar estratégico en ese horizonte. Eso por un lado: toca armar quilombo. Si los noventa volvieron recargados e inyectados de esteroides, está en nosotros construir algo como ese tejido organizativo y social que terminó por imponer un freno provisorio a las políticas neoliberales. No tenemos tanto tiempo. Ellos, por su parte, no están esperando. 

En segundo plano hay una tarea más fina, con otra temporalidad: se trata de la conformación de espacios, por así decir, otros, que encuentran en la universidad su condición de posibilidad (como terreno de encuentro y como cantera de lecturas y formación) pero que exceden sus límites, anidando en la vacancia existente para generar algo que tampoco podría haber sido parido por la propia institución. Son entidades multiformes: revistas, comisiones, grupos de lectura, cosas vivas que generan pensamiento real a partir de organizar una lógica propia, elaborada por un “nosotros” cuyas necesidades y deseos no se dejan ordenar por el amparo de los decretos que promueva el Consejo Superior o el Ministerio de Educación. Espacios donde se percibe algo de lo vital que en la institución aparece agotado.

Cuando la clausura (del horizonte, de lo posible, de lo vital) parece posarse con la firmeza de la fatalidad sobre el total de los planos en los que discurre la vida, se impone la necesidad de organizar en paralelo un repliegue relativo. No se trata de una retirada en vacío: consiste en parar la pelota y articular en la práctica otra manera posible en la que puedan funcionar las cosas. No como promesa hueca, de esas que hace años vienen minando hasta la inexistencia la confianza en las instituciones y la política, sino como práctica efectiva y vital, capaz de transformar las condiciones de lo existente; capaz de funcionar como contrapeso crítico a la tendencia masiva a la adaptación.

Entre la caterva de ilusiones quiméricas que parió espasmódicamente el finado siglo XX se cuenta la fantasía de la autonomía. Autonomía del arte, autonomía del intelectual; autonomía de la universidad. De parto natural (del vientre de las condiciones materiales) o con el bisturí del voluntarismo en mano, las esferas autónomas de la existencia se abrieron paso con la soberbia de la juventud en las primeras décadas del siglo pasado. Su vida fue breve y brillante, recubierta de las mismas intensidades que atravesaron a los protagonistas de su hora. Bastaría (tendría que bastar) sólo un corto momento de lucidez para comprobar que, como muchas otras cosas que creímos naturales y eternas, si su estado no es el del moribundo que agoniza en el umbral, es el de la carne muerta ya dispuesta en el cajón. 

Las condiciones que parieron esas ilusiones ya no existen. ¿Dónde van a alojarse los sueños de nuestra generación? Frente a la inminencia del movimiento de subsunción real, hay una apuesta a jugarse en ese resto vivo que se aloja en los márgenes de la universidad. 

Es conocidísimo el post en el que Rosario Bléfari llama a vivir lo contemporáneo. Nuestra generación no puede dar por hecho que lo contemporáneo que nos llama a ser vivido es esta mierda y nada más. Tiene que ser otra cosa. Pero vamos a tener que hacerla. Esa es la tarea ineludible de toda generación.

  1. Libro que reúne una serie de intervenciones sucedidas en el lapso que va entre 1994 (año de la reforma constitucional) y 2004. Agustín Valle lo define así: “Pensar sin Estado (…) es su libro más conocido. Se publicó días antes de su muerte y puede que sea el libro más rico de la revuelta de 2001 (la mayor sublevación popular argentina en medio siglo), libro partícipe de ese gran movimiento político, subjetivo, intelectual, estético, económico, nombrado por la vitalidad de la insurrección” 
    ↩︎
  2. “En este texto parece que transita sin control una ambigua persona llamada nosotros. Nunca es claro a quién refiere. Pero no sólo no es claro para usted; tampoco para mí (o para nosotros). Como comprendió Diego Tatián para la idea de comunidad, nosotros no es un lugar al que se pertenece; es un espacio al que se ingresa para construirlo. En ese espacio no se sabe si nosotros somos los occidentales, los contemporaneos, los que hemos sido griegos demasiados siglos, los que venimos del marxismo, los que transitamos la larga agonía de la Argentina peronista, los rioplatenses, los historiadores, los judíos, los que acabamos de romper el jarrón” (Lewkowicz, 2004)
    ↩︎
  3. “Los amigos sin partido, sin instituciones, sin referencias fuertes de identidad, hoy más que nunca sirven para pensar la vida. Y resulta que uno tiene que ubicarse en qué hacer cotidianamente con la crisis de la experiencia argentina y no sólo establecer qué verdades sostener” (Ignacio Lewkowicz en Sucesos Argentinos, 2002)
    ↩︎
  4. Referencia obligada si se quiere hablar en serio: El virus de lo absoluto, editado póstumamente en el año 2025 por la editorial Las Cuarenta. 
    ↩︎
  5.  Para las carreras de humanidades y ciencias sociales, el escenario es peor: no sólo las tasas de egreso son muy bajas (en Filosofía de la UBA, 1 de 10 estudiantes termina recibiéndose) sino también la matrícula, en detrimento de carreras más ligadas al mercado laboral. Un profesor señalaba hace poco que en el año 2001 se produjo el fenómeno contrario, con récord de inscriptos en la carrera de Historia (UBA). El caso es que el nivel de agresividad que tiene que tomar la adaptación en estas facultades es doble. Por eso la proliferación de títulos intermedios, nuevas carreras cortas y virtualización de contenidos. 
    ↩︎
  6.  Experiencia colectiva de “investigación militante” conformada a partir de la confluencia de un grupo de fugados de la militancia universitaria y miembros de la agrupación H.I.J.O.S. Se plantean la tarea de “generar una capacidad de las luchas de leerse a sí mismas”, así como de “buscar en las prácticas las pistas emergentes de una nueva sociabilidad”. Concretamente, producen una serie de libros y cuadernillos que exploran desde la interioridad y la inmanencia de esos mismos procesos su constitución: desde el MOCASE, hasta los piqueteros y los tupamaros. ↩︎