La liquidación del siglo XX: ¿qué es el liberalismo?

Hubo una vez en que nosotros, hijos de Europa, también retozamos con despreocupación como animales de pastura. La proliferación de variedades de reloj de muñeca que se está comercializando en el AMBA en el último tiempo y que, exhibidos en las muñecas de los varones, son un sucedáneo fálico muy oportuno para una vida que ofrece pocas satisfacciones y muchas frustraciones, nos recuerda una vieja verdad a nosotros, los occidentales. El grado de civilización alcanzado por un pueblo se medía por la partición gráfica del tiempo en la esfera del reloj: primero se señalaron los cuartos de hora; después, se agregaron señalizaciones para las diferencias de cinco minutos. El reloj que tengo en la muñeca ahora mismo me indica también, ni más ni menos, cada uno de los minutos que hay en los sesenta que componen la hora.

Un pueblo bárbaro se está civilizando. Dejamos de vivir con lo nuestro en la inmediatez villera natural y espontánea, que algunos recordamos todavía no sin melancolía. Una baja de la inflación que quizás dure uno o dos meses más antes de que la unidad nacional se desintegre garantiza la estabilidad suficiente para permitir la miel de la civilización: el cálculo y la planificación de la propia vida.

La novelización de la historia humana que justificó tácitamente al siglo XX, el Siglo Liberal, es más o menos como sigue. Una fatalidad nos obligó a dejar la pequeña sociedad cerrada y tribal pre-moderna de pasiones naturales y relaciones familiares con nuestros semejantes, mediadas por el tacto, la vista y el olfato. Era primitiva y potencialmente totalitaria. El pasaje de los deseos espontáneos y de la pequeña familia a la sociedad abierta impersonal duele, porque es el adiós al paraíso de los deseos infantiles. Sin saber muy bien por qué, fuimos lanzados al torbellino, le tourbillon social, forzados a integrar una sociedad cosmopolita regida por normas abstractas de cooperación en la que nuestros caprichos no cuentan porque tenemos que someternos a poderes impersonales que escapan a nuestra influencia. Es decir, el hombre, una cosa concreta e individual como todo lo que existe y tiene alguna realidad, con un cuerpo físico y ganas de derrochar irresponsablemente (i.e., ponerla), tiene que disciplinarse a sí mismo para integrar un orden racional que administra la escasez real. 

Esta idea manifiestamente peregrina en la que se resume todo el orden social occidental de los últimos doscientos años estaba llamada a producir no pocas neurosis en el siglo XX, antes de que el aparato psíquico humano fuese alterado para siempre por el advenimiento del Siglo Bestial, y antes de que las simples neurosis pasaran a ser la reliquia de un pasado clasemediero acomplejado de gente que se queja en lugar de limitarse a scrollear y pajearse mirando a Ballerina Capuccina.

Ya llevamos más de dos siglos de la doctrina excéntrica a la que se llama liberalismo. Cada tanto muere, pero vuelve a revivir como si fuese el cauce de un río del que algunos obstinados pobristas se hubiesen apartado. En mi concepto, el liberalismo está de facto muerto, pero no escribiría esto si no creyese que sus periódicas recurrencias se deben al olvido de lo que fue su corazón, cosa que nadie excepto yo mismo habría advertido. Y todo para publicarlo acá, en Soja. Trayendo esa vieja verdad a la conciencia una vez más se puede, quizás, conjurar el hechizo que pesa sobre nosotros y nos impide volver a la existencia espontánea y despreocupada de las bestias.

Como argentino, viví la República Gatera de la Era Prostibular (2019 – 2023), y quedé pasmado de asombro cuando escuché los hits de Elo Picante en Spotify. A VER A VER / CÓMO MUEVE LA COLITA / Si no la mueve, / La tiene paspadita. Después del renombramiento del CCK como Palacio Libertad, un evento un poco menos espectacular que el incendio de un parlamento, se puso fin a la República Gatera y se inauguró la República Streamer y la Era Tung Tung Tung Tung Tung Tung Sahur (2023 – actualidad). Originalmente, la República Streamer estaba llamada a ser la República Liberal; en el ideal, iba a realizar en la tierra el Milenio Libertario. Pero en la realidad esto simplemente significa que volverse streamer es la única forma de no sentirse como un residente de Madagascar. Análogamente, el único objeto de usar un reloj es tirar facha, y quedaron atrás los tiempos en que tenía algo que ver con la productividad y la racionalización del tiempo. 

En fin, con estos antecedentes, es lógico que ya no pueda tolerar una sola palabra más sobre política salvo que sea, naturalmente, dicha por mí mismo. Pero, para mi asombro, ahora que está bajando la espuma del libertarianismo y la economía austríaca me doy cuenta de que lo único que atino a hacer es preguntarme para qué. El resultado es este ensayo de brainrot especulativo.

El instaurador del Milenio Libertario con un sobretodo de cuero, prenda muy extravagante que usa bastante seguido y rara vez se ve en la calle, y que irremediablemente hace pensar en un Kaltenbrunner o un Heydrich pero esquizofrénico y, pese a los edits con IA, de 30 centímetros menos.

La pesada herencia del liberalismo

La definición libertaria del liberalismo es cierta: es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo. Ilustra bien el problema, porque no significa nada. Es una abstracción deliberada de lo que el prójimo elige hacer de su vida. ¿Por qué a alguien podría interesarle una doctrina que deliberadamente no dice nada? La respuesta tiene que estar en otra parte.

En 2024 se viralizó un video de una chica estadounidense, Haliey Welch, en el que acuñaba una expresión que iba a hacer época: hawk tuah, una onomatopeya que replica el ruido de un escupitajo durante una felación. Ante esta exhibición de ingenio sin igual, el pueblo más libre del mundo se fascinó y catapultó a Haliey Welch a un ascenso social napoleónico que le permitió dejar su trabajo en una fábrica y que incluso terminó con la creación de una shitcoin, el $HAWK, que alcanzó un valor estratosférico antes de desplomarse y licuar los ahorros de la familia de más de un pobre campesino ignorante con hijos con acceso a internet. Es un caso muy famoso:

“La entrevista comenzó con lo que Dickerson y Marlow consideraron preguntas más suaves, como ‘¿Qué te hace material de esposa [wife material]?’. Finalmente, Dickerson y Marlow afirmaron que Welch alentó a Marlow a ‘darle un poco de sabor a las preguntas’. Marlow respondió preguntando: ‘¿Cuál es el movimiento en la cama que hace que un hombre se vuelva loco cada vez?’. La respuesta de Welch, con un marcado acento sureño, fue: You gotta give ‘em that ‘hawk tuah’ and spit on that thang”.

Probablemente fuera una mezcla de impudicia erótica y de compulsividad en el scrolleo lo que precipitó a los americanos a dar tanta atención y difusión a esto. Bien por Haliey Welch, que pudo evitar el destino de los sueños húmedos de los morenistas y dejar la fábrica para convertirse en una ciudadana cosmopolita enriquecida por rugpullear una crypto estafando a sus compatriotas. Yo mismo no voy a tener tanta suerte, a menos de que mis amigos se decidan a lanzar el $OJA y publicitarlo desde la cuenta de X de F. Sanata; pero, incluso en ese caso afortunado, no creo que el valor suba de –0,0000003 USD.

Pero del tipo hawk tuah son las definiciones más francas del liberalismo que pueden encontrarse. A mí se me puede exigir moralmente que respete un proyecto de vida que consiste en un meme porque un par de jeropas se hotearon con las gomas de la mina del hawk tuah; ¡todavía más!, siendo argentino, se me puede exigir que trabaje más, que sea más productivo, porque un conciudadano mío hiperconectado y respetuoso de todas las leyes quiere importar con su plata bien ganada el merch oficial de hawk tuah, y para eso se necesitan divisas. La carencia de sentido común que se tiene que padecer para creer que esto puede representar algo así como un “programa” o una “utopía social” es tan extravagante que sirve como acta de defunción de la solemnidad política del siglo XX y, con ella, del oligofrénico siglo XX en su conjunto. Cómo iba a sospechar el lector que acá, nada menos que en Soja, iba a darse por terminado al siglo XX. Pero es lo que va a pasar… Difícilmente en una sola nota.

El problema

La vida con otras personas inevitablemente socializa los costos de los proyectos de vida individuales. Si todos mis contemporáneos son adictos a Martín Cirio, por ejemplo, y yo solo quiero discutir con elevación y grandísima altanería la historia argentina del siglo XX o el romanticismo alemán, mi proyecto de vida va a verse frustrado por culpa de la elección de los demás. Por suerte y gracias a la revolución digital y el ingenio desplegado por la humanidad para producir tecnologías de menor calidad a un mejor precio, existe Soja: acá puedo monologar en paz y ser soberano absoluto a mis anchas escribiendo notas de diez páginas. Precisamente porque siempre se socializan los costos de los proyectos de vida individuales, hay que poder cuestionar la libertad individual de los demás. Incluso tenemos que poder no respetarla un carajo si no tenemos ganas. Pero lo que hagamos al respecto no tiene importancia, en realidad, porque al menos yo no me voy a mover de mi casa.

Mi razonamiento, sin embargo, es inaceptable para una sociedad abierta y madura, o sea, una Sociedad Liberal. Qué son concretamente los proyectos de vida individuales de los otros no debe importar. Hay que tolerarlos en abstracto. Si al sano entendimiento de todas las épocas de la historia humana dejando de lado parte de los últimos dos siglos sí le importó eso, fue por atraso político y ético. Esto es lo que significa que el liberalismo sea el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo; también resulta ser, además, un argumento de ensimismado, indeciblemente autista, autocomplaciente e ignorante de toda la historia de nuestra especie. Y, como el liberalismo es la forma en que fue masivamente estupidizada la mayor parte del mundo occidental antes de que pudiera siquiera advertirlo, esta convicción es común, prácticamente, a todo el arco político. En el fondo, lo que todavía queda como resabio irreflexivo del siglo XX es el mito de la tolerancia, que queremos ver si podemos derrumbar ahora mismo desde la comodidad del teclado. 

Preguntar inocentemente para qué las personas quieren una vida social ordenada por instituciones muy bizarras que implican un costo humano altísimo es, parece, potencialmente comunista, fascista o totalitario. Y esto no solo es así para el ideólogo delirante liberal-libertario. Para el NPC promedio que camina por la calle, cuestionarle mucho su vida y, como dicen los muchachos, sus “consumos”, también es de “hater” o de “desubicado”, es meterse en la vida de los demás, no tener vida propia, etcétera. O sea, lo mismo: liberalismo. ¿Cómo uno va a irritarse porque se consuma masivamente a Martín Cirio? ¿Qué te cambia?

Como una primera aproximación vulgar que no dice nada nuevo, entonces, el “liberalismo” resulta ser hoy, ante todo, la ideología que racionaliza el modo de vida de las masas anónimas y del populacho romántico-narcisista del mundo occidental. A veces se la llama “democracia”. Tiene versiones de derecha y de izquierda. En el plano real, es una excusa para permitir que el votante promedio sea cada día más estúpido e infantil, que es la propensión natural de todo ser vivo. En el plano ideal y programático, “liberalismo” no significa nada, al menos en su uso actual, y solo se deriva de confusiones mentales severas. Es una doctrina inexacta llena de dogmas paranoides y entidades inobservables que cree fanáticamente en abstracciones deliberadas como la “vida privada” y quiere ver en el gasto público al “comunismo” o en el sentido común al “totalitarismo”, que desde hace medio siglo no significan nada concreto ni real para la mayor parte de las naciones occidentales cuyos principales problemas son otros, como el scrolleo eterno, la desigualdad, la soledad, la pobreza, el autismo crónico, la adicción a la pornografía, la estupidez masiva, la depresión, etc., precisamente muy agravados por la influencia fantasmática del liberalismo.

Antecedentes

En el siglo XX, el liberalismo casi no fue más que una continua exigencia de moderación y continencia del deseo grasa, plebeyo, irrefrenable y salvaje, de individuos y de pueblos. Una idea bastante adecuada del liberalismo argentino sostiene la tesis de que el peronismo fue solo eso: expectativas exageradas, por encima de nuestras posibilidades reales. Los deseos son infinitos y los recursos son escasos.

El núcleo programático siempre fue este hasta hace relativamente poco, cuando la escasa creatividad de las elites intelectuales occidentales para actualizar la doctrina la terminó dando vuelta inadvertidamente y, unida a los cambios producidos en la psiquis de los occidentales por el bienestarismo y, después, por las redes sociales, hicieron que ya nadie pueda entender qué poronga es el liberalismo: la fabricación de deseos antinaturales, el bombardeo de Gaza por Bombardino Crocodilo, la hiperestimulación nerviosa de la juventud, la producción masiva de supuestos síndromes de déficit de atención. Curiosamente, el viejo corazón del liberalismo, lo que lo dotaba de un sentido sistemático coherente, está olvidado; es probable que ningún lector haya escuchado de la importancia central que tenía. Vamos a llamarlo doctrina de la renuncia. Su mismo olvido dice ya todo lo que hay que saber.

El liberalismo tuvo solo dos tipos ideales de enemigos en el tiempo que lleva su existencia: uno material, que quiere redistribuir el ingreso y pide justicia o solidaridad social, como el peronismo; y otro espiritual, que quiere una vida social orgánica con un propósito unitario, como el fascismo o el nazismo. El comunismo en su versión marxista fue una amalgama intelectualmente sofisticada de ambos. Los dos son, en el fondo y por mucho que uno quiera rasgarse las vestiduras, reacciones de sentimientos espontáneos que constituyen la dotación innata del individuo humano al estilo de vida bizarro, espectral, maquínico y supuestamente científico que quieren vender engendros que, en lugar de pasar sus veinte pelotudeando como hace cualquier persona común salida del seno de la naturaleza, los perdieron rellenando muchos formularios de aplicación a becas.

El argumento liberal más categórico de hoy es económico: alguien tiene que pagar la posibilidad de boludear. Hay restricción presupuestaria. Pero en el fondo, esta es una versión degradada de la doctrina de la renuncia, porque nada más es una interminable insistencia en que debemos asumir costos y sacrificios; o sea, renunciar a cosas que queremos pero son demasiado difíciles de conseguir por vías que no sean brutales, ilegales, populistas, psicopáticas, pobristas, dignas de castigo, inconstitucionales. La fórmula liberal completa es: Ética + Economía = Fin de la Historia. O, sea, Tralalero, el tiburón de las Nike.

Tung Tung Sahur empuñando su palo para abrirse paso a los golpes hasta el Siglo Bestial.

La doctrina de la renuncia1

Goethe, cuya versión de la doctrina de la renuncia fue la primera que yo conocí, compuso un poema muy hermoso y que fue muy famoso en el siglo XIX, con el que abrió el libro tercero de Los años de aprendizaje. Es la Canción de la niña Mignon, que no por nada muere trágicamente. Sus versos nos hacen sentir nostalgia por el mundo perdido de la infancia, por la tierra de los limones de Italia, la prehistoria primitiva de la Europa del Norte protestante y productiva.2 Con la muerte de Mignon nos quiso indicar la renuncia a las ilusiones infantiles de plenitud narcisista, de la que resultaba la personalidad adulta y adecuada a la realidad, en teoría.

Nadie renuncia por altruismo. La principal motivación la puede entender cualquiera que tenga más de veinte años y dos dedos de frente: llegado cierto punto de la vida, el narcisismo no solo es un obstáculo para la autoconservación, sino que también se vuelve aburrido, monótono y produce un hastío infinito, más o menos como scrollear brainrot 5 horas seguidas. Es entonces cuando el individuo se diferencia activamente del entorno con el que estaba asimilado, “renuncia” a él, a su exclusividad y sus placeres y comodidades, y logra la personalidad adulta flexible y singularizada. Entonces se busca algo nuevo, distinto de uno mismo y de la estrechez barrial: la “realidad”. Alguna feminista inteligente diría que esta búsqueda de “realidad”, lejos de ser la renuncia a ningún narcisismo, fue solo la forma peculiar que adoptó el narcisismo del varón europeo acostumbrado a exteriorizar sus impulsos a expensas de todo el mundo sin reprimirlos nunca. Esta hipotética feminista incluso podría llegar a sugerir que esta nota es solo una larga queja ante las infinitas trabas que hoy en día encuentro yo para hacer lo mismo sin que se me cuestione. En rigor, estaría bastante cerca de la verdad, pero me chupa un huevo.

El ethos de la civilización occidental fue el de la distancia: distancia respecto de la propia historia, de la propia infancia, del propio pasado, de los costos reales de la realización de los propios deseos y la propia autonomía. La única forma de ser un occidental hecho y derecho es aspirando a la liberación de la gleba espacio-temporal y a llevar una existencia espectral, abstracta y fantasmagórica, siempre intentando ir más allá. Esto es manifiestamente delirante, pero no quita que cualquier otra cosa nos ponga ya con un pie en la Era Perversa y lejos del liberalismo, sin que nos demos cuenta. Goethe es, en realidad, nuestro primer contemporáneo autoconsciente. La huida de todos sus amores reales, empezando por la de 1775 del apasionado romance juvenil con Lili Schönemann en la provinciana Fráncfort, delata al histérico usuario crónico de dating apps que no quiere atarse a nada e insiste en permanecer en una juventud eterna. El ethos de la distancia se convirtió en psicosis masiva cuando, sobre todo gracias a un inédito dominio del mundo material, al progreso tecnológico y a la democracia, se pudo hacer real un ideal irreal de vida que tendría que haber quedado en la simple aspiración religiosa de quedar en un estado de eterna disponibilidad, libre de la esclavitud de la existencia terrenal.

Chimpanzini Bananini

La única forma en que el liberalismo puede ser intelectualmente honrado es con ironía, es decir, tomando distancia respecto de todo, porque la única forma en que puede ser coherente es por recurso a los supuestos de la doctrina de la renuncia. Esto, que es francamente aberrante, irresponsable, élfico, lleva al irrealismo: lo que el español Ortega le reprochó al burgués alemán, Goethe, en un hermoso ensayo titulado Pidiendo un Goethe desde dentro. Pero al menos es intelectualmente honrado.

La cuestión es que estos supuestos necesarios de todo liberalismo lógicamente consistente lo incapacitan para el catecismo moral, ya sea dogmático o tolerante, como si el liberalismo fuera una solución para alguna cosa. Y son, también, un obstáculo para la idea peregrina del siglo XX de que se lo puede exportar como un paquete institucional a ser aceptado por todo el mundo como si fuera el arreglo institucional definitivo.

Yo personalmente tengo los huevos como dos guindas y por el sopi de estas ocurrencias del Siglo de la Clase Media. En justicia de Goethe, quien no fue un gran renunciante, tengo que decir que él advirtió muy bien cuál era el problema de la nueva época y por qué no admitía soluciones simples. Incluso quiso mostrarnos en Los años de aprendizaje y en Los años itinerantes, y sobre todo a través del personaje de Jarno-Montan, la paradoja de la renuncia: quien renuncia para sobreponerse al narcisismo infantil, habitualmente queda amargado y frustrado; en particular, es común que se resienta con quienes no renunciaron y que incluso quiera intentar imponerles la renuncia, creyéndola un pretexto para darse importancia y hacerse pasar por superior, prestigioso, adulto y maduro. De una renuncia al narcisismo se genera, entonces, un muy curioso narcisismo de nuevo cuño; de todo lo cual podría sacarse una lección muy interesante para el modo en que el gorilismo lidia con el infumable infantilismo crónico del ser nacional argentino. 

Pero más interesante todavía es la paradoja de la renuncia que nos ilustra la misma vida de Goethe, y de la que él sin dudas fue muy consciente. El tono del resto de la existencia de Goethe en la cómoda corte de Weimar, después de que se curara de la pasión suicida publicando el Werther, fue de un irrealismo absoluto. La renuncia se hace en principio con estoicismo, cuando se sufre alguna frustración, y marca en teoría el paso desde la juventud a la adultez. Pero eventualmente, una renuncia que es motivada por frustraciones particulares involucra una toma de distancia respecto de toda la realidad y, casi inadvertidamente, en la posibilidad de tener todas las cosas, pero virtualmente y en abstracto; con lo que, en concreto, no se tiene nada más allá de la fantasía. Pero este es el precio del deseo imposible de poder tenerlo todo, y de satisfacer el astronómico amor propio burgués. Podría reescribirse a partir de esto último un tratado sobre el dinero, pero solo sería una repetición de pasajes muy gastados de Karl Marx y ahora mismo no tengo la intención de levantarme a ninguna mina del PTS.

Por suerte, Goethe jamás se creyó moralmente superior por ser así, por ser liberal; aunque es muy probable que sí se creyera zoológicamente superior. Por eso su doctrina de la renuncia es la mejor que se escribió. Sabía muy bien que el individuo humano es una criatura egoísta, tiránica y pulsional, y que la disposición sublime de la humanidad a engañarse poco y nada puede hacer al respecto. El juicioso Mefistófeles dijo, más o menos:

Sos, a fin de cuentas… lo que sos.

Redactá constituciones;

ahorrá postergando el consumo presente;

enojate por la irresponsabilidad

de adorar caudillos y hombres fuertes.

Mostrale a los pobristas

una regresión lineal con el PBI per cápita

desde la Revolución Industrial hasta acá:

vas a seguir siendo siempre el que sos.

El liberalismo, hablando propiamente, es absolutamente amoral. Quien, por aversión al riesgo, no se involucra en nada y pretende quedar al margen de todos los aspectos desagradables de la existencia, no puede señalar con el dedito acusador a nadie. No sería la primera vez que la simple estupidez y la ausencia de la suficiente capacidad computacional del cerebro para detectar contradicciones lógicas se hace pasar por algo “moral”.

La más evidente gansada del liberalismo es su condena de la agresividad y la violencia inmediatas por inmorales, ya sea en episodios de terrorismo, de delincuencia, de ocupación de propiedad privada para edificar villas, de violación del derecho de propiedad en general, etc., a la vez que celebra todos los resultados que esas cualidades producen en el agregado cuando el individuo las oculta y las usa con astucia. Es la famosa mediación hegeliana, y también la realización del bien social por la persecución del propio interés. De algo tan sencillo y autoevidente como lo es la utilidad de ser astuto en la vida se crea una doctrina aberrante y omnicomprensiva sobre la virtud social de la competitividad y de los atributos anti-sociales de la personalidad, que en última instancia manda que se adore al pijudo empresario como a un benefactor social. Otro tanto pasa con las acomplejadas loas cantadas al ahorro, que en el extremo es una costumbre horripilante cuyos perjuicios sociales fueron puntillosamente expuestos por el sodomita y para nada renunciante Lord Keynes en un libro brillante que hizo época en la entreguerra y que seguro se le ocurrió, no por casualidad, mientras lo puertiaban. En cambio, los liberales progresistas son todavía más ineptos y ni siquiera se dignan a tratar estos temas, como si dieran por sentada la armonía del universo y de todos los individuos entre sí.

Esas contradicciones manifiestas de la provinciana doctrina de campesino piadoso se volvieron absolutamente dogmáticas, ciegas y estúpidas en el liberalismo posterior a 1945, que ya es el fondo de olla de la capacidad humana de elaborar teorías rocambolescas para justificar la incapacidad de lidiar con los hechos reales. Son tan obvias que hay que creer que se trata de simple mala fe. La excusa solía ser que si no rebajamos nuestro nivel intelectual al de un paquero, pueden repetirse las aberraciones del romanticismo alemán en la última guerra mundial; o, más recientemente, el populismo, el pobrismo, la hiperinflación. Existen argumentos más serios para racionalizar la contradicción entre la conducta anti-social del individuo y el beneficio de la sociedad pero ya los refuté en otra ocasión, y como es verano solo tengo ganas de decir pelotudeces.

En definitiva, en vez de reconocer que lo único razonable que pueden hacer es hablar de incentivos para producir resultados más o menos deseables como más riqueza, etc., los “liberales” también insisten todavía hoy, en un siglo que ¡gracias a Dios! no sabe ni quiere saber nada de renuncias y quiere ser como Tralalero y Lirilí Larilá, en tener un proyecto “moral”. Quién sabe cuántas de las sublevaciones y reacciones políticas extremas que poblaron los últimos doscientos años no tienen que ver más con esa misma autosuficiencia irritante del “liberalismo” y su presunta superioridad moral antes que con la desigualdad material que, si bien se agravó bajo el auspicio liberal, presuntamente existió siempre. Me quedo con el colorado masivo, que por lo menos te mea y no te quiere vender que te está ayudando a ser mejor persona. Y creo que, por suerte, todo el mundo prefiere al colorado masivo. La moral es un invento perimido del Siglo Moral XVIII para una época como la nuestra que, gracias al cielo, abraza el individualismo metodológico como único programa de investigación razonable para las cada vez más olvidadas ciencias sociales. 

Con todo, hablando con solemnidad, probablemente sería mejor enseñarles la doctrina de la renuncia a los jóvenes antes de que su conciencia adulta se desfonde en el irracionalismo incel filonazi-nietzscheano-bapiano-aceleracionista. Pero en realidad el resultado seguro sea simplemente una vuelta a las cavernas. Como a los jóvenes no se les enseña nada y lo primero que ven a la mañana es la lupita de ig que tiene muchos culos, lo que aprenden a la fuerza es exactamente lo contrario: no hay que renunciar a nada, sino que hay que precipitarse desesperado y hormonadísimo a la carrera frenética por alcanzar y asir un culo. Yo, argentino, respecto de los culos.

Sí, le voy a hacer revisar otra nota más al editor de Soja

Hoy se supone que la “vida privada” que debe respetarse irrestrictamente puede ser cualquier cosa, por ejemplo, trabajar todo el día para poder pagar el internet y el alquiler y poder ver a Martín Cirio. Pero esto no siempre fue así. Existió una vez un patético y conmovedor ideal de pedagogía, de educación para la humanidad, que ya está perimido. Pero el punto es que, cuando un policy maker o un economista habla hoy en su tono de optimismo abstracto sobre el progreso, la innovación, y las geniales perspectivas que promete la reforma del mercado laboral, el presupuesto retórico implícito y necesario es que él mismo ya renunció a sus caprichos infantiles y primitivos y es un adulto serio. Por eso no hay que sospechar que lo que quiere es únicamente usar la política para ascender socialmente y levantarse un gato vip. 

Ya nadie habla de la renuncia, que fue ni más ni menos que el corazón del liberalismo, porque nadie renuncia: todos intentan externalizar a los demás los costos de un derroche infinito, provisto por un estilo de vida inédito que una vez que empezó todos quisieron imitar, pudieran hacerlo o no. En definitiva, la inversión exacta de la vieja idea liberal. La psicosis consiste en que esto sea, en teoría, todavía “moralmente” superior. Pero lo es, para algunos analfabetos, nada más que por la repetición irreflexiva de una doctrina de hace doscientos años. La pregunta es cómo y por qué se dio la inversión, y cómo se pasó de la renuncia al derroche. Era inevitable que pasara. No fue un accidente histórico. Cualquiera con sentido de la realidad podía prever que el irrealismo de la doctrina de la renuncia jamás iba a poder hacerse masivo, que es lo que el programa liberal exigía si no iba a desfondarse en el derroche y el irracionalismo, sencillamente porque las personas no son fantasmagorías y abstracciones. Razonablemente, las personas reales quieren una vida real, no virtual. Por esto el liberalismo honesto siempre fue elitista y aristocrático, pensado para unos pocos que debían gobernar a los muchos, y nunca fue democrático como pretendió el siglo XX. Esto también explica de forma sistemática las inevitables derivas autoritarias del liberalismo en el siglo pasado.

Para poder liquidar definitivamente al Siglo Liberal que ya está extendiendo demasiado su influencia con consignas que perdieron su significado hace mucho, e inaugurar el Siglo Bestial; para poder olvidarlo y olvidar a todos los que viven en él; para poder superar lo insuperable e insoportable; para poder inaugurar la Era Perversa que pugna por surgir a la autoconsciencia desde las entrañas de la Era Neurótica; para todo esto, hay que hablar por un momento del futuro del escándalo del liberalismo, la negación secular de la doctrina de la renuncia que realizó en la tierra el paraíso de los deseos infantiles e invirtió todo: ¿qué carajo va a pasar con el bienestarismo del siglo XX en el siglo XXI?

En el siglo XX, a los hijos de la Edad de Hierro del siglo XIX, con razón, les pareció aberrante la doctrina de la renuncia. Decidieron que era inconducente privarse de algo en esta vida. Recrearon el entorno primitivo de unidad de los corazones que se había perdido en los esfuerzos cosmopolitas de la edad heroica del liberalismo y del patrón oro, pero con el nivel de vida material y la tecnología que el siglo XX puso a su disposición, y volvieron a la inmediatez íntima en la encantadora familia a gran escala del loquero abierto del Bienestar. Próximamente.


  1. Existen varias versiones de la doctrina de la renuncia; el lector no tiene por qué tomarme la palabra a mí respecto de que esta es la verdad del liberalismo. En mi opinión, la mejor es la de Goethe, pero esto se debe en parte a que padezco un grado delirante, bizarro y patético de goetheanismo que, con razón, ya se está convirtiendo en un chiste entre el staff de Soja. Otra versión, especialmente explícita, se encuentra en el capítulo décimo del plomo La sociedad abierta y sus enemigos, de Sir Karl Popper. Es bastante pedorra; sobre todo porque, pese a tener mil páginas, el libro no es más que un panfleto bélico de los años cuarenta del siglo pasado. 
    La afrenta al buen sentido que constituye la doctrina insensata y escolástica de la Dialéctica de la Crítica de la razón pura sobre la imposibilidad de asignar referencia real al sistema cerrado y narcisista que elabora la razón no es nada más que una doctrina de la renuncia muy pomposa. El resto del libro, por poco, a excepción de la Estética, simplemente expresa que es imposible satisfacer en el mundo real esa pulsión libidinal-cognoscitiva, exigida por la verdad meta-lógica del principio de no-contradicción que exige unidad sistemática. Incluso la deducción absurda de doce categorías no es más que una apostilla accesoria de esto, diseñada para poder aplicarse exhaustivamente a todos los casos y todas las proposiciones posibles. Si creemos haber alcanzado la satisfacción de la razón es porque caímos en la Ilusión trascendental narcisista. Sin embargo, estamos condenados al deber de luchar toda nuestra vida por esa satisfacción (a la que arbitrariamente se llama moral) pero con humildad, sabiendo que nunca la vamos a lograr. De lo que se trata es de adquirir impotencia sexual en el camino, bla, bla. 
    También la única cosa más o menos afirmativa que se parezca a una solución concreta para el individuo contenida en el psicoanálisis freudiano ha sido una versión de la doctrina de la renuncia expresamente heredada de Goethe, a quien Freud admiraba como a nadie y cuya infinita ambigüedad a veces parece incapacitado para comprender. Quizás esa incapacidad se debiera a la presión de su profesión, que lo obligaba a ofrecer soluciones a los individuos, exigencia casi imposible de cumplimentar. En rigor, el fracaso del programa psicoanalítico no fue culpa de Freud, como tampoco fue su culpa que se perdiera en el simbolismo delirante y abstracto del psicoanálisis lacaniano. Es imposible resistir los vientos arrolladores de la historia; es imposible resistir los golpes del palo de Tung Tung Sahur. Por eso, el psicoanálisis ha sido masivamente reemplazado por la afrenta contra la dignidad humana que constituye la terapia cognitivo-conductual, que será absolutamente sustituible por ChatGPT en el Siglo Bestial XXI, lo que nos ahorrará un par de decenas de miles de pesos por mes para gastar en fentanilo si es que el libertarianismo se digna a hacer una sola cosa bien y deja que entre en masa al país sin ninguna restricción.
    ↩︎
  2. De repente, diciendo estas cosas del protestantismo siento que soy Martín Ayerbe en Cabaret Voltaire. ↩︎