
En un negro cuadrado negro, lleno de humo de máquina y de tabaco, cientos de personas en trance ensayan extraños movimientos rítmicos, envueltos por la atmósfera extraña y acelerada de una música seria que llega como una patada en el pecho a traición. Las luces son poquísimas y rojas. Arriba, en la cabina, se erige un laboratorio nuclear. Cables, perillas, teclas, lucecitas que titilan, antenas. Un tipo alto y uno petiso, prolijos pero medio extraños, operan las máquinas como pilotos de avión. Estoy viendo uno de los pocos espectáculos buenos de música electrónica analógica del país: SAP, en Under Club. Gente que toca con instrumentos, como hicieron los de Pink Floyd para hacer On The Run, y no de los que mezclan tracks ya hechos que traen en un pendrive. Hay en Argentina otros proyectos que quizás no son malos, como los chicos de Forello y los viejos de Klauss, pero el mejor es este. Verlos es complicado: tocan poco.
I
Las fiestas de electrónica en el país tuvieron un recorrido larguísimo que, en su mayoría, me excluye. No tengo ni idea de cómo eran los festivales de los noventa, ni la Creamfields original, ni Cocoliche, ni Pachá, ni Cattaneo cuando no era careta, ni los de Urban Groove de jóvenes, ni conozco a nadie que le diga “marcha” al techno. En los últimos años, esa escena se reconfiguró. Después de la pandemia, muchos lugares cerraron, otros abrieron o se fortalecieron mucho. Hoy la oferta en la ciudad es enorme. No sólo hay muchísimas fechas grandes todos los meses, de las que aparecen en Resident Advisor, sino también, y más importante, un circuito muy plantado de fiestas underground. A mí, particularmente, siempre me interesaron más las segundas: las otras no se alejan tanto de cualquier boliche de la costanera.
Sin embargo, sufren de un gran problema que se nota rapidísimo. La gente que se encarga de estas cosas, tanto los DJs como los productores de los eventos, hace las cosas generalmente mal. Los eventos son todos medio crotos, cosa que suavizan diciendo que es porque “son under”, y los DJs son muchas veces malísimos: mezclan mal los temas, se les traba la consola, ponen el bajo muy fuerte, eligen temas de mierda y cobran mucha guita que después usan para comprar seguidores en Instagram. Incluso son malos los consagrados, los que vienen de afuera con una carrera de cuarenta y cinco años tocando las mismas dos horas de tracks metidas en un pendrive para doscientas personas a la vez. Existen DJs que tienen un enfoque más artesanal para mezclar, pero hace años que la música techno tiene muy poca conexión con cualquier tipo de artesanía. La excepción que encontré son los instrumentos analógicos: sintetizadores, módulos, cajas de ritmo, filtros, sampleras y no sé qué otra cosa más. Gente que al fin y al cabo está improvisando en vivo, metiendo las manos en la masa. Músicos, que incluso forman extravagantes orquestas futuristas. Pero como dije, los que hacen esto bien son muy pocos. Entonces, si hacen todo tan mal ¿qué los diferencia de otras fiestas y de otros eventos, en general? ¿Qué es lo que hace que la gente salga de estos antros diciendo que le cambió la vida, como converso nuevo al evangelismo?
II
Lo interesante, creo, es que sus organizadores siempre son conscientes de que no presentan sólamente una fiesta animada con música bailable, ni un lugar para ir a cojer o drogarse, ni un espectáculo musical: proponen una experiencia perceptiva, inmersiva, casi total, a la que intentan aplicar ciertos valores. No digo que sea gente moral (las prácticas de la gente de la noche son, en general, bastante oscuras), pero sí que tienen internalizado como concepto la posibilidad de reflejar en la organización de un evento ciertos valores que les parecen rescatables. No son under por llevar poca gente, tener las paredes rotas y los baños sucios, sino porque se entienden como parte de una cultura subterránea que tiene sus principios y que ellos buscan reflejar: en general, cuestiones relacionadas a las libertades sexuales, la conexión catártica con la música, el espíritu de comunidad compartido y la disidencia en todas sus formas. Para los tiempos que corren, nada tan revolucionario ni nuevo. Obvio que hay gente que simplemente va, baila un rato, se toma una birra y vuelve a su casa sin más, quejándose del olor a pucho. Tampoco es un fenómeno único de las fiestas, pero la proliferación rapidísima de estas y sus gestos casi vanguardistas1 me hacen pensar que quizás es un fenómeno digno de atención y un par de páginas.
Under Club, por ejemplo, tiene sus paredes repletas de carteles que rezan cosas como “PERMISO, PERDÓN, GRACIAS”, “NO VIP, SOMOS TODOS IGUALES”, y, la más interesante, “NO FOTOS, NO VIDEOS”. El boliche no te deja capturar material audiovisual adentro. Si te ven, te alumbran con un láser; de seguir, te rajan. Esto, dicen, te ayuda a conectar mejor con la música, que es el centro de la experiencia. Para apuntalarla usan pocas luces rojas, máquinas de humo, y un ambiente totalmente negro y cerrado que bloquea cualquier evidencia del paso del tiempo. Si bien son muy conocidos, toman medidas concretas para recuperar algo de una cultura eminentemente underground que nació en las catacumbas de Berlín del Este y galpones abandonados de Detroit. Los organizadores entienden todo esto como un gesto consciente, y lo cuentan cada vez que pueden. Tienen la mejor curaduría músical de la Capital Federal, un sistema de sonido único en el país, y un boliche chico con sus paredes pintadas en Niceto Vega y Bonpland. Hacen eventos para ciegos, este mes harán una fiesta solidaria para los incendios de la Patagonia, reciclan todos sus desechos y venden comida vegana. Traen, literalmente, a los mejores DJs a nivel mundial (el año pasado trajeron a los referentes de Underground Resistance), y encuentran maneras de cobrar entradas accesibles. La música que más suena, si bien en el techno los subgéneros son tan difusos como en cualquier otro estilo, es conocida como hardgroove o techno hipnótico. Ritmos con groove, líneas de bajo sincopadas con melodías coloridas que acaban por crear experimentación tribal de la cuarta revolución industrial que te impone amigarte con su sonido para sobrevivir.
Todo, claro, rodeado de tranzas y fisuretas que piden y ofrecen keta cada cinco minutos. Mientras, cualquier persona que te toque, aún sin querer, te pide perdón, te hace un mimo, te abraza y te agradece por tu comprensión para después ofrecerte un trago de agua y un chicle y decirte lo bien que la está pasando. El público se divide entre gente que está teniendo el mejor día de su vida y otros que parece que no sonrieron nunca.

Hay ejemplos para todos los gustos,2 pero lo interesante es que este tipo de productoras, al curar las técnicas perceptivas que rigen la experiencia que proponen —luces, pantallas, sonido, música, reglas—, son capaces de generar una cámara oscura a la que te sometes al entrar. Acá el tiempo pasa de esta manera, el espacio se siente así y las normas de comportamiento son las que siguen. No son simples terceros lugares: son incluso propuestas audiovisuales e inmersivas. Además, estas condiciones están presentadas con tal potencia (el volumen de la música y la oscuridad total, la amenaza de echarte si incumplís las normas) que te imponen la necesidad de una adaptación perceptiva. Capaz tenés que ponerte a bailar, agarrarte de una baranda, sentarte, ponerte lentes de sol o mirar para todos lados: lo que es casi imposible es la indiferencia.
III
Claro, quizás estoy sobreestimando las intenciones y las posibilidades de una simple fiesta hecha por duros con ganas de pegársela. Pero, obviando las intenciones y el conocimiento de sus autores, estas escenas importan por su tipicidad. Es en las escenas típicas donde la época y sus lógicas se muestran. El mundo de las fiestas de electrónica es quizás el ámbito más regular donde se producen eventos “amateur” en la noche porteña de hoy. Mirarlas con atención permite decir mucho sobre cómo se organizan ahora los eventos en vivo en general, pero, más importante, sobre cómo es una experiencia típica de nuestra Buenos Aires. ¿Qué es, además del cocktail de droga sintética, lo que genera este boom de connaisseurs del techno underground, que inunda tanto los antros oscuros de la ciudad como las mañanas de las cafeterías de especialidad? ¿Qué experiencia prefigura?
Antes de escribir el Libro de los pasajes, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y sus textos sobre Baudelaire, en la década del veinte, Walter Benjamin experimentó con hachís paseando perdido por ciudades y narrando su experiencia en textos que ya prefiguraban sus líneas principales de investigación en la década siguiente.3 Había algo en esa manera dispersa y confusa de percibir la ciudad que decía algo de la época y que maridaba mejor con sus escenarios. Las técnicas perceptivas más adecuadas para ellos permitían conocer algo de su sustancia. El cine proponía un tipo de recepción que podía ser luego aplicado al resto de la experiencia, como deambular por el centro de una ciudad moderna. ¿Cómo? Embriagaba con estímulos, pero permitía aprender una forma de embriagamiento crítico, distanciado; lo mismo parece pensar del hachís: su consumo consciente, investigacional, permite experimentar la dispersión y la destrucción de la subjetividad típica de otros fenómenos de su época, pero con distancia crítica. Como si fuese un laboratorio de la percepción.
Parecido, también, a lo que dice Jameson sobre Las Vegas o Sarlo sobre los shoppings o los fichines como escenarios típicamente posmodernos. Situaciones particularísimas pero que, por su tipicidad, logran representar fielmente algo de su época al centrarse en cómo la percibimos. Entonces, cabe preguntar: ¿cuál es el modelo a escala de la Argentina de hoy?
IV
Un comentario muy común al hablar de fiestas de electrónica es que son lugares en los que, si no estás drogado, no te podés bancar. Esto es estrictamente falso, pero lo que sí es cierto es que son propuestas perceptivas que, en muchos casos, se amplifican con estados de percepción alterada. Tomar una birra, fumar algo, hacer otras cosas. No es ninguna sorpresa lo cercano que está el ambiente de la música electrónica al amplio mundo de la droga. Estos lugares, muchas veces, permiten (y casi que auspician) el consumo de diferentes sustancias psicoactivas.4 Alteradores perceptivos, digamos, que maridan de tal o cual manera con distintas propuestas de experiencia. Como si a este contenido experiencial le cupiera una forma particular de recepción, una adaptación de las condiciones trascendentales subjetivas, un tamiz que matice la cantidad de estímulos y los moldee. Tampoco es algo nuevo: como decir que la cumbia te da sed de la peligrosa, o que el reggae y el porro van de la mano.
No significa que nada de eso sea inofensivo. Por suerte, quedan pocos apologistas reales de la droga: al menos en el debate público, sus consecuencias más pesadas son conocidas y comentadas. Las adicciones, como ya todos sabemos, tienen siempre efectos devastadores, y nosotros los argentinos contamos con sobrados ejemplos, muy queridos. Mediar artificialmente la realidad, agregarle capas extra como separadores, es una fórmula perfecta para perder el rumbo y el tacto. Pero entre medicación psiquiátrica, droga recreativa, hongo adaptógeno, aceite de cannabis, cafeína, doom-scrolling y duchas frías a las cinco de la mañana, casi todo el mundo busca formas externas de hackear su percepción mediandola de alguna manera, diseñandola, y generando un contacto indirecto con las cosas. Son, al fin y al cabo, técnicas perceptivas que producen distintos tipos de experiencias del mundo. En este caso, lo curioso es que son drogas de diseño, pensadas para consumir en espacios de diseño. Como un circuito cerrado.
Las fiestas de electrónica tienen claro, quizás más que el resto, que las formas que elijan para su evento pueden comunicar ideas, al generar ciertas condiciones perceptivas que producen un tipo de experiencia particular; incluso sin haber leído nunca a Benjamin, tienen una ética y una política estética que intenta ser coherente con ella. Los eventos culturales como estos, un recital o una lectura de poesía, son espacios diseñados para transmitir un contenido de un modo específico. El horario, la oferta de la barra, el lugar para sentarse, si es apto-fumadores, los invitados, el barrio donde lo hacés, la iluminación, el volúmen de la música: en el mejor de los casos, todas decisiones conscientes que configuran el evento, más allá de su contenido; en el peor, un pastiche incoherente que no logra representar lo que el evento quiere. Los eventos en vivo son experiencias que piden ser vividas en su propia ley. Reclaman cierta manera de prestar atención, que puede funcionar como una toma de consciencia sobre nuestras condiciones de percepción: ya sea a partir de un extrañamiento que la niegue o de una asimilación que la reproduzca. Como cuando se habla de las diferencias entre ir al cine y ver una película en casa, o leer una revista en papel y otra en el teléfono: las formas en las que se recibe el contenido son igual de determinantes que él, y las fiestas de electrónica parecen tener esto muy claro. Las técnicas de percepción son herramientas de diseño que tienen en la experiencia su materia prima. Si podés concentrarte tres horas y media para mirar una película en el cine, probablemente puedas concentrarte después para otras cosas, o al menos darte cuenta de que no podés. Si lees un texto en papel, quizás sientas que las palabras tienen literalmente peso, consistencia, y que las digitales no tanto. Si vas a un recital de hardcore, el quilombo te puede permitir una catarsis que haga más soportable la existencia, o quizás notás que esa es la misma violencia que tiene el mundo entero. Bueno, en la jodita, como le dicen, se transmite otra cosa.
V
Nada distinto a la Argentina de comienzos del año veintiséis: gente fuera de sí, atrapada en un flujo acelerado que atropella todo, sin uso total de sus capacidades cognitivas ni certezas sobre la realidad de lo que percibe; pocos gestores que organizan el circo, ocultos, desconocidos, y un par de caras visibles que performan sobre un pedestal; una sobrecarga infinita de estímulos constantes, pornográficos, y la convivencia pacífica de cuanta identidad disidente o hegemónica exista, sostenida por un comercio desregulado, turbio pero conocido por todos; una ética liberal y hedonista pero respetuosa, para gente rota que dice haberse salvado después de una revelación mística; la repetición enferma y viciada de una experiencia trascendente de neo-ritualismo pagano que confunde cualquier cosa con Dios; una estética pseudo futurista y cyberpunk, trash, camp, con techwear y extravagancias sadomasoquistas; olor a chivo; gente que hace las cosas muy mal pero que asciende por contactos, seguidores y cirugías. Una posibilidad de futuro, una política estética, un modelo de experiencia.
- En estos, nuestros años veinte, gente que no conoce o decidió olvidar el desarrollo de las vanguardias del siglo pasado repite sus gestos casi como empezando de cero. Quizás, su esperanza sea conseguir otros resultados, pero probablemente no se den cuenta y listo. Dudo que sean Pierre Menard. ↩︎
- Por nombrar algunos: el ciclo platense 999, que se destaca por su ambientación y políticas inclusivas; el colectivo Neomarik, que hace todos los años una gran fiesta para año nuevo en los bosques de Palermo; el ciclo Culto y Fungi; Numbers, de la productora y DJ Franzizca, continuación espiritual del ciclo Technomoon, obtuvo muchísima popularidad, particularmente entre los que le dicen musiquita a la música y se visten con ropa Bershka para ir a ver a Vinocio; el boliche Durx tiene una propuesta única en el país; en Córdoba, Terra Furia destaca por su curaduría e instalaciones. ↩︎
- Cito algunos párrafos in extenso que son, creo, reveladores para el lector del alemán:
“Leo los letreros de los urinarios. No me asombraría que este y el otro viniesen hacia mí. Pero no lo hacen y tampoco me importa. Este lugar me resulta, sin embargo, demasiado ruidoso.
En seguida cobran vigencia las pretensiones que sobre el tiempo y el espacio se hace el comedor de hachís. Sabido es que son absolutamente regias. Para el que ha comido hachís, Versalles no es lo bastante grande y la eternidad no dura demasiado. Y en el trasfondo de estas inmensas dimensiones de la vivencia interior, de la duración absoluta y de un mundo espacial inconmensurable, se detiene un humor maravilloso, feliz, tanto más grato cuanto que el mundo espacial y temporal es contingente.
[…] Llamaba yo varillas de paja, el jazz, a la música que entretanto sonaba fuerte y se apagaba. He olvidado con qué motivación me permití marcar el ritmo con el pie. Eso va en contra de mi educación, y no ocurrió sin una lucha interior. Hubo momentos en los que la intensidad de las impresiones acústicas eliminaba todas las demás. Sobre todo, en el pequeño bar todo desapareció de repente en un ruido no de calles, sino de voces. Y en ese ruido de voces lo más peculiar era que, de todas todas, sonaba a dialecto. Diríamos que, de pronto, me pareció que los marselleses no hablaban francés suficientemente bien. Se habían quedado en el grado dialectal. El fenómeno de extrañamiento que esto encierra, y que Karl Kraus ha formulado con esta hermosa frase: «Cuanto más de cerca se mira una palabra, más aparta ella la mirada», parece extenderse también a lo óptico. En cualquier caso, encuentro entre mis apuntes esta anotación de sorpresa: «¡Cómo hacen frente las cosas a las miradas!».”
↩︎ - Los mejores, sin embargo, trabajan con políticas de reducción de daños y comunican guías de consumo responsable: no se hacen los boludos, al menos. Después de muchas experiencias traumáticas para la cultura de la música electrónica, hoy se cuenta incluso con foros muy populares dedicados al tema. ↩︎

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