
En los últimos dos años fui tres veces a Brasil. La primera por trabajo, las otras por simple enamoramiento. Se podría postular el dólar barato como causa principal de estos viajes, pero no puede ser la única; hay una fascinación con Brasil que sin dudas excede la conveniencia económica. Entonces me surgen dos preguntas: ¿por qué Brasil? ¿Y por qué justo en este caso yo, que suelo ser contrera y mala onda, aparentemente coincido con el 90% de los argentinos a la hora de elegir el destino de mis vacaciones?
El acercamiento a una ciudad –porque en mi experiencia uno no conoce países, sino sólo a ciudades con cuyos escorzos intenta armar una unidad más grande– no puede ser el mismo para un amante de los libros que para un amante de cualquier otra cosa. No lo digo como un canchereo. Un amigo me preguntó si vimos la cancha del Flamengo, y otro me escribió especialmente para preguntarme cómo había vivido una final de fútbol en Rio. No vi la cancha, y vivimos la final como un cúmulo de gente borracha, motos y camionetas del que huimos lo más rápido posible. Así como uno puede llegar a Nueva York queriendo encontrar algo de los edificios que describió Charles Reznikoff o de la atmósfera en la que compuso Dylan sus mejores canciones, yo aterricé en São Paulo, siendo la tercera vez en Brasil como viajante lector, en una situación extraña: ni sabía el idioma ni conocía su literatura.

El viaje tenía, desde su planificación, intereses muy variados: ir a la Bienal de arte y a los museos de la ciudad, hacer investigación para un libro, ir a la playa, catar todos los bolinhos de bacalhau posibles sin enfermarnos, y algunos etcéteras. Entre los proyectos secundarios había uno un poco absurdo: aprender portugués a la fuerza en tres semanas. Recreando el argumento de la novela Budapest, de Chico Buarque –sin el detalle extremo de que el idioma objetivo fuera el húngaro–, me obligué a comprar y leer el diario entero todos los días. Ahí apareció el entusiasmo inicial: las ciudades grandes de Brasil están repletas de kioscos de diarios, y no sólo hay algunos muy buenos como la Folha de São Paulo, sino varias revistas culturales como Piauí, Cult y Quatro cinco um.1
La cantidad de publicaciones no hubiese sido tan estimulante de no ser por el otro detallecito de que el portugués informativo y escrito se entiende perfectamente. Los dos adjetivos son condición necesaria: la escritura literaria es mucho más difícil de deducir, y en general cuando hablan no entiendo una pepa. Pero bueno, era un avance al menos para mi relación cultural con Brasil, y un retroceso para mi economía una vez que descubrimos que además de jeans y camisas podíamos comprar libros. O al menos intentarlo, porque rápidamente nos chocamos con que, así como hay muchos kioscos (que, es cierto, venden también best-sellers y mangas), no hay librerías. Esto es en serio; grandes y de libros nuevos, debe haber dos o tres en todo Rio de Janeiro y otras tantas en São Paulo. Lo que sí encontramos fueron algunas de usados, y esto matcheó perfectamente con uno de los libros que habíamos llevado desde capital: los Escritos antropófagos de Oswald de Andrade. Esa compilación de manifiestos de vanguardia y propuestas estéticas del poeta y novelista estaba llena de nombres de autores, libros y referencias.
Así salimos, instruidos por Andrade, a reventar las librerías de viejo que satisfacían tanto mi necesidad de modernismo brasileño como la búsqueda de Catalina, mi novia, de libros de arte. Y nos sentimos mucho más adentro de Brasil, entendiendo mucho más, aunque lo que estábamos haciendo era como llegar a Buenos Aires curtidos en Sarmiento, Lugones y Girondo. Entonces, ante esta idea libresca uno puede decir “pero qué salame, este va a hacerse el culturoso al paraíso de las caipirinhas y los culos”. Y acá empieza la segunda cuestión, que es cómo alguien emocionado con los poemas de Pau Brasil, la novela Macunaíma y los cuadros de Tarsila do Amaral o Alfredo Volpi se enamora de la misma tierra que los que se entrenan para romperla en el fuchivoley.
Como todo destino de vacaciones más o menos establecido, Brasil está lleno de lugares comunes. Desde los sitios que hay que visitar sí o sí hasta “cómo son los brasileros”, los argentinos tenemos infinitas definiciones tan precisas como poco comprobadas sobre lo brasileño. La suciedad, las playas paradisíacas, los choreos, la alegría inalterable, qué barrio sí, qué barrio no, los precios, que la comida es mala, que la fruta, que la birra es fría pero acuachenta; en la mente argentina chocan nuestros propios aires de grandeza y sofisticación con la desmesura de un país tropical, poblado a fuerza de comercio esclavo durante la colonia, hoy con cuatro veces la cantidad de habitantes.
La experiencia brasilera puede confirmar muchos de estos lugares comunes y negar otros, pero sin duda los complejiza y articula a casi todos, y eso por algunos elementos que se olvidan, o yo tenía olvidados, antes de ir. En primer lugar, como dijo una poeta, Brasil es el Estados Unidos de Sudamérica. Tiene la misma vocación de potencia, la misma soberbia y el mismo orgullo, aunque en su escala sureña fracasada. Así como Argentina fracasó y ya lo tiene asumido –al menos hoy en día–, los brasileños fracasaron en el pasado pero están seguros de que van hacia adelante. Hacen la COP y se les prende fuego, pero la hacen. Así, la famosa alegría brasilera es un poco de inconsciencia, día soleado y sambinha, pero también es la creencia en un proyecto de país que avanza a los tumbos.
De hecho, ellos también tienen su versión de la esquizopolítica: como nosotros, la mitad de la población cree que lo que hace el político A es siempre absolutamente maravilloso, y lo que hace el político B una mierda irrespirable; la otra mitad cree exactamente lo contrario. Pero al final, se abrazan y se dicen “somos lo más grande que hay”. Esto se ve también en la presencia de lo público: aun con los típicos cruces entre poderes, acusaciones y escándalos, las políticas educativas se justifican con resultados, el transporte se desarrolla, los eventos y espacios públicos funcionan y se llenan de gente de todos los estratos. Y acá son significativas las revistas que nombramos más arriba: puede ser más grande el mercado y puede ser más barato el papel, pero para justificar la calidad y la circulación tiene que haber un público y unos productores con voluntad de poner una lectura en común. Tiene que haber una sociedad a la que poner en la misma página.
Así funciona también la Bienal, con colectivos gratuitos que llegan de distintos puntos de São Paulo, o los museos monumentales y repletos, pero lo que funciona así por excelencia es la playa en Rio: una ciudad tan caótica y sucia como Buenos Aires, pero en la que todos pueden ir a un espacio común a mirar el mar y pegarse un chapuzón cuando termina el día. Es ese mismo aire de comunidad integrada el que, a mi entender, explica la cercanía entre las distintas capas económicas en las ciudades. No es raro ver gente pasar pidiendo y que se quede tomando una cerveza con quienes se la compraron, conversaciones que se alargan y un clima de amistad generalizada entre la gente que se cruza en la calle; hasta dos veces vimos a padres y madres de familia acariciarle el pelo a otros chicos que venían a pedir mientras tomaban algo en las veredas paulistas.
Sérgio Buarque de Holanda caracterizó en su clásico Raíces do Brasil al “hombre cordial” brasileño como un ser que prioriza los lazos sentimentales y familiares por sobre los estatales y abstractos, dando forma a todo un funcionamiento social específico del país. En su teoría, esto es una herencia de la forma de colonización portuguesa del territorio, realizada a través de ingenios rurales independientes, patriarcales y patrimonialistas. Más allá de si esto agota la explicación, la idea del “hombre cordial” suena completamente coherente con actitudes como las descritas arriba, y contrasta con una viveza criolla de la que uno quisiera huir siempre que pueda. En mi caso, la comprobación de esto fue que, en Brasil, nunca sentí que me estuvieran cagando: la cerveza sale lo mismo en un chiringo en la playa que en un omakase top (y siempre está helada); los platos son abundantes tanto en los restaurantes fifís como en los típicos barsuchos de esquina. Cuando comparo eso con los sobreprecios de Palermo y la moda de los “platitos” me pregunto por qué vivimos tan mal.
El hombre cordial no es necesariamente amable o generoso, sino que sus acciones vienen del cor-azón y por eso están regidas por fuertes pasiones: así como hay un clima de amistad generalizada, dos semanas antes de que lleguemos la policía mató a ciento cincuenta tipos y expuso sus cadáveres en la calle. Pensamos en evitar el paso por Rio, donde ocurrió el hecho, pero la lectura obsesiva de diarios y la charla con amigos que estaban ahí por esos días mostraban una sensación total de “acá no pasó nada”. Otro contraste incomprensible para la mente progresista porteña que hace veinte años le cobró al gobierno de Ibarra la tragedia de Cromañón.
Mi experiencia del cordialismo brasilero fue, en resumidas cuentas, eso: cercanía, honestidad, desigualdad visible, todo al extremo y sin freno hacia adelante. Y así como las pasiones se agigantan, la vegetación explota por todas partes y la arquitectura llega siempre al monumentalismo. Es como si el clima tropical informara a la población, y la población devolviera ese fervor con sus obras. Así, Brasil es la sofisticación de Caetano Veloso y Guimarães Rosa, es el Cristo gigante y las ondas de Niemeyer, es el físico imponente de los que hacen deporte en la arena. Es también la violencia policial y las autopistas, la gente rota en la calle. Es el modernismo más refinado y todos en sunga tomando cerveza uno arriba del otro. Porque al final, como dijo de Andrade, Brasil es el pueblo.
En nuestro paupérrimo presente argentino, cualquier espejo es difícil de mirar. Pero me pregunto si en última instancia, además del fervor por el tipo de cambio y las lindas playas, Brasil no ejerce en nosotros una fascinación por su capacidad de avanzar ante los problemas que a nosotros nos paralizan. Nuestras élites impotentes, nuestra falta de intervención política, nuestro aislamiento, ¿cómo se ven al llegar a casa?
- Piauí es una revista mensual fundada en 2006. Su contenido en general consiste en artículos largos en formato crónica o investigación de temas diversos pero específicos. El diseño es muy lindo. Cult es una revista de discusión intelectual que funciona como un dossier dedicado a un único tema por número, una vez por mes, para el cual se convocan especialistas locales y extranjeros. Quatro cinco um, por último, se define como una “revista de libros”, y tiene un formato de diario chico más parecido al de la Ñ argentina, con columnas y secciones fijas concentradas en temas recientes. ↩︎

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