Poema a la argentina (sin mayúsculas)

Ahora que en este país bendecido por Dios, excepcional en sus frutos y en sus industrias y, excepcionalidad argentina1, excepcionalidad argentina2, bla bla… y siendo honestos, semejante en perfección al Jardín del Edén; ahora que en este país, decía, en que se vive con lujo y todo el mundo percibe una sumisa tranquilidad en su interior que nos hace un pueblo selecto para la literatura, las artes oratorias, la música y el drama; ahora que en este país el hombre alcanzó el estado de mancomunión con el hombre y todos pueden decir de sí mismos que nada humano les es ajeno; ahora que en este País, nadie debe ni puede trabajar porque las mercancías del orbe entero se apresuran en manada para llegar a las moradas de los Buenos Argentinos y vestirlos y munirlos y enseñarles los entretenimientos en masa de otras regiones del mundo; ahora, que en este país pagamos ese aluvión mercantil (¡Qué entusiasmante perspectiva!) con los frutos cada vez más ingentes de nuestra tierra; ahora que nos predispone a todos a jugar con nuestra suerte: ¡Juegos de fortuna: la ruleta, los dados, la soga! Ahora que en este país el Pecado ha muerto y ha triunfado sobre él el encuentro de los enemigos, de los hijos con los padres, del hombre y la mujer:
¡Qué sorpresa cuando el mozo que me atiende en la parrilla 24hs en que ceno nutricias carnes y montada a deshora sobre esta tierra (Argentina) fertil en encantos y bañada por el céfiro alegre, la alba luz de la luna,
me recibe con botines de papy fútbol y duro de cocaína!
¿Cómo explicar, en este país bendito, excepcional3, que vive a la diestra de Dios nuestro señor y creador, bullendo pequeña vida tierna al calor de su mirada, que me trajeran dos chorizos crudos y congelados;
cuatro veces la cuenta equivocada
la aquarius nunca bebida, y nuevamente la aquarius y nuevamente la aquarius
–Disculpame, papá, la cuenta ahora tiene un agua de más que no habíamos pedido.
Pero ¿y esas prostitutas que cenan en manada a nuestra diestra y aun a nuestra siniestra?
¿Y esos mandamases que las trafican y comen achuras y sostienen turgentes jopos de repelotudo?
¿Y esos gritos destemplados que me obligan a cantarle el feliz cumpleaños a Irma, de ochenta kilos, en otra mesa, tan desconocida para mí como la última piedra de la mezquita de Orán?
¿Y mis cuatro amigos y mis cuatro huesos que aprendieron ya en la planta la resignación?
Pero, en realidad, ¿qué pasaba más allá, en el mundo exterior, que las voces amigas empujaban como olas cada vez más allá de nuestra mesa?
¡El mundo exterior!: nadie se preguntaba eso en el Edén.
¿Qué pasaba con las ventanas teñidas de hollín de los colectivos de este País? ¿Y con las almas en pena sudando quedamente en la nuca, con el gusano hasta el húmero y largando de la cara el dolor, la insensatez?
Viaja una señora
que se olvidó la sube
se abanica la cara con una mano gorda:
busca en el Xiaomi la foto de un viaje a la Patagonia
y sonríe.
¿Qué pasaba con esa gorda que me batió la leche a mis dos y tres, y a la que mató el novio cuando miraba por un ventanuco unos pajaritos en un cable?
¿Qué pasaba con Agustina, la albina de mi barrio, que llevó una lágrima hasta el fin, hasta el demasiado breve fin y toda esa historia del ferrocarril?
Qué pasa con las mejores mentes de mi generación, renegando a diario porque nada les promete
realidad.
Armé algo así como un salón literario y volví de París y tengo un trabajo oficioso como el de Valéry y los poetas de Francia que me da para comer y cagar y leer.
Y sin embargo ahí: el viejo asunto de la felicidad.
Y ese loro re puto de al lado que me recuerda siempre que toda recaída es un aullido. Un aullido nada más.
Mis amistades, fíjense, voy caminando y…
Un loco quebrado por la corriente de meo y la bolsa medio abierta hace cuentas con la luna (una luna de mierda) y dos amigos que no están y con el corazón quebrado para siempre:
–El verano de allá de la capital, ¿vos sabés? Y después vienen de acá… la yuta. Y le digo: “Wacho, qué hacés? Todo mal con el hijo de Coca”. No me quieren creer y después la cobramos todos. Y la birra, papá. No me ves pasar, pero toy re jugado.
Cuando en septiembre la luz de la primavera estalló en esta ciudad, cuando todo el amor de mi cuerpo por la belleza, cuando toda la guardia que monto hace una década buscando desovillar el nudo de esta vida,
así con esas palabras,
cuando todo eso se apague finalmente
por un único llanto en masa
por todos los dientes y las cabezas rotas
¡Cómo voy a mirar sin apuro venir las temporadas en el país santo!

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