No hacer nada y perder, hacer todo y perder

Hace poco fui a ver One Battle After Another. La película está bien. Es definitivamente una película, lo que ya es decir bastante si uno se detiene en las carteleras actuales, pobladas de hombres en spandex haciendo piruetas sobre fondos verdes, remakes de remakes, y secuelas de precuelas olvidadas. Como hago con las 4 o 5 películas que todavía existen cada año, me senté luego a soportar reseñas varias de por qué Paul Thomas Anderson es el peor y el mejor director de la historia del cine. Entre ellas me encontré con la de Luquitas Rodríguez. Luquitas me parece un tipo generalmente simpático, excepto cuando inaugura sus programas de streaming gritando con toda la fuerza de sus pulmones. La reseña está bien. En verdad, no la terminé. Durante los primeros treinta minutos Luquitas dice cosas sensatas, comenta los temas y presupuestos ideológicos de la película de forma aceptable. Pero eventualmente llega al sensei, figura sin dudas clave en la película. El sensei dice, en una conversación con el personaje de Di Caprio, que “estamos sitiados hace miles de años”. Para Luquitas ese “nosotros” son las personas trascendentes, los que todavía creen en algo. El comentario me molestó, y saqué el video. Yo soy un hombre muy sensible.

No dudo de que Luquitas tiene algo de razón en su análisis. No creo que esa sea la llave de lectura para un personaje que esconde decenas de inmigrantes ilegales, pero no importa. Lo que me interesa es la ambición, legítima, de sobreimprimirle un sentido de trascendencia a cuanta narrativa sea posible. Me interesa y me irrita, porque yo también soy un millennial desesperado por una totalidad que no aparece, y que me gustaría ver reflejada en mis consumos culturales. Como diría Žižek, mientras las películas denuncien la realidad en formas que no podemos replicar en nuestra cotidianeidad, todavía podemos sentir que, con nuestros exhaustivos análisis, en algo estamos cooperando para la construcción de un difuso Bien Común. El final de One Battle After Another es torpe entre otras cosas porque nos invita de forma poco velada, y con una solemnidad ausente en todo el resto de la película, a hacer ese pase entre la pantalla y la acción cotidiana. Pase que parece consistir en la participación a alguna manifestación inconsecuente.

Hace poco también estuve en un evento titulado “Política y disrupción tecnológica en siglo XXI”, en el que participaron Alejandro Galliano y Juan Ruocco. No sé si la charla trató esos temas, creo que no. Pero en un momento, Galliano —tal vez subrepticiamente dirigiéndose a  Ruocco— se refirió, no sin cierta y merecida condescendencia, a este impulso millennial por reconstruir alguna especie de totalidad que le devuelva algo de sentido a la porquería que es el siglo XXI. Algunos, Rebord, Luquitas, depositan su voluntad de fe en el catolicismo, otros en el Partido Comunista Chino. Tampoco es importante; son diferentes manifestaciones de una ansiedad generacional. Los zoomers, naturalmente, optaron por la inversión perversa de nuestra obsesión. La totalidad es un poco cringe. La empatía es terriblemente cringe. Por supuesto, como todos, quieren sentirse parte de algo, y para eso también existen las fuerzas del cielo. Se trata de una comunidad que busca la destrucción de toda comunidad. Algo en esa línea decían Blanchot y Nancy; estoy seguro de que no pensaban en el Gordo Dan. En todo caso, es evidente que hay allí una desesperación que no es la depresión indefensa de los millennials. Pero también participan del autoengaño propio al que los arrastra una realidad sin sentido; nadie, en otras condiciones, podría creer que un hombre que usa cuatro camperas en verano es Moisés, un supergenio matemático de primer nivel, y el próximo ganador del premio Nobel de Economía. A todos nos intriga esa cosa imposible que es el Todo, y todos tenemos que recubrirla con algún velo de misticismo para que funcione. Por eso veo en la película de PTA, en esta charla, un posible eje de análisis de busca de trascendencia, de verdades ocultas a descifrar; es un eje que pienso reaparece en varios otros aspectos de nuestra realidad inmediata. Quiero, en los párrafos que vienen, ofrecer algunos ejemplos adicionales de esta ambición totalizante y de su vínculo dialéctico con la nada que sentimos como generación.

Tercer caso, esta vez, literario. El 7 de octubre se publicó la nueva novela de Thomas Pynchon, Shadow Ticket. El 5 de octubre ya circulaban los primeros tuits de millennials estadounidenses, orgullosos con su copia de la obra, obtenida vía preventa. Por supuesto, el 8 de octubre conseguí la novela en formato digital. La novela está bien, no la terminé todavía. Pero su lectura vale más bien como símbolo, como la última figurita de una serie de obras que los propios estadounidenses ya denominan, en tono lúdico, brodernism. El brodernismo consiste en una serie de obras literarias, casi todas novelas, destacadas por su longitud, su complejidad, su intertextualidad inagotable; suelen también incluir hombres solitarios, desgarrados, incomprendidos, en busca de algún tipo de sentido. En el canon del brodernismo se incluyen obras ya clásicas de la “literatura posmoderna” como Gravity’s Rainbow e Infinite Jest, pero también una serie de textos más oscuros —que ya ganan puntos dentro del canon por su propia oscuridad—, como Schattenfroh, de Michael Lentz, The Tunnel, de William Gass,o cualquiera de las novelas del flamante ganador del Nobel de Literatura, László Krasznahorkai.

Comprar Shadow Ticket es un acto de fe. Es la convicción de que un hombre blanco estadounidense del que apenas conocemos la cara y del que no sabemos bien dónde vive podrá, de alguna forma, explicarnos algo del incomprensible mundo en el que habitamos. La novela, claro, no hace eso. La literatura no puede ya hacer eso, no sé si alguna vez pudo. Pero en todo caso es evidente que ninguna de las novelas brodernistas hace esto. De hecho, son narrativas sobre exactamente lo contrario, sobre el fracaso de la reconstrucción de la totalidad. Las conspiraciones, los dobles y triples agentes, las alucinaciones masculinas, y los misteriosos senseis con saberes místicos no son síntoma de ningún saber oculto que estamos desentrañando. Al contrario, son signo de un mundo que tiene más producción de información que cualquier narrativa consistente puede contener, y las leemos como parte de un incipiente fracaso generacional (¿autoimpuesto?) con el que intentamos lidiar.

Nadie puede acusarme de no colaborar con este fracaso, así que, por mi parte, además de Shadow Ticket, también estoy leyendo Solenoide, de Mircea Cărtărescu, otro gran hito del brodernismo (hago esto por placer, pero también porque me debo a lo que mi target demográfico me exige. No voy a ser yo quien desconfigure los complejos algoritmos que me sugieren novelas de 900 páginas y álbumes de post-punk irlandeses). La novela está bien. Es, a decir verdad, literatura del yo para varones. Un rumano loco crece en la Rumania comunista, y narra en su diario personal todo tipo de visiones que interfieren a cada paso con el monótono rumbo que una vida puede tener en un lugar como ese. Como el protagonista de The Corrections, de Franzen, el de White Noise, de DeLillo, o el de The Tunnel, el personaje es docente. Solo que, en este caso, para añadirle incluso un nivel más de desquicie a su situación de desamparo, se trata de un docente de escuela secundaria. Nadie puede pensar seriamente que Cărtărescu ha cifrado en estas páginas alguna herramienta interpretativa fundamental para leer nuestro siglo. Muchos, en cambio, podemos leer la novela y sentirnos parte de  la desprotección que se extiende, en manifestaciones muy diversas, desde la Rumania comunista hasta nuestros días. La realidad ya no parece, por cierto, venir a nuestros celulares enfrascada en narrativas consistentes y lógicas. Pero no sé tampoco si el pegamento para los fragmentos es Dios, China o Thomas Pynchon.

Pero está bien, algo hay que hacer. Paso por un momento al otro polo de la cuestión: la nada. Las últimas elecciones legislativas en la Provincia de Buenos Aires demuestran que, generalmente, Do nothing. Win. no es una técnica efectiva de construcción política. Por eso, el nuevo fetiche del peronismo garchado es el proyecto político. Hay que hacer un proyecto político. Hay que juntarse entre todos, putearse mucho, y construir un proyecto político. También es mejor que asignar la culpa de todas las derrotas de estos años al demoníaco progresismo. Como el progresismo, el peronismo tampoco tiene ninguna idea de cómo deberían ser las cosas, y quizás por eso algunos compañeros ya aceptaron que progresistas somos todos.

En esta lucha contra la nada, en los días en los que trato de hilvanar toda esta serie de desvaríos inconducentes un muchacho llamado Zohran Mamdani se convirtió en nuestro nuevo héroe generacional. No seguí de cerca la carrera por la alcaldía de la ciudad de Nueva York porque todavía mantengo algún tipo de respeto por mi salud mental, pero es ostensible que el hombre ganó, entre otros aspectos de la campaña, por decir cosas. Eso y un notable trabajo de marketing, y un crecimiento inflado (¿de forma intencional?) por la oposición de Trump. Decir cosas no es sencillo, y mucho menos sencillo es decir cosas que se articulen en algo que tenga aspecto de una cosmovisión consistente. Kicillof no puede o no quiere hacer nada semejante a esto, Massa menos, Cristina abusa del género epistolar para recordar un gobierno que la gente cada vez recuerda menos. Desde luego, después de decir cosas es necesario también hacer cosas que se alineen con esas cosas dichas (o que por lo menos no las contradigan abiertamente), el gran problema que tenemos los progresistas, el gran problema que acaso tendrá Mamdani (que, por las dudas, ya aclaró que no es comunista. Hay que ofuscar a la burocracia del partido demócrata pero no tanto. No vaya a ser que se cuele en Nueva York un dejo de totalidad. No vaya a ser que alguien de nuestra generación triunfe de verdad. No vaya a ser que alguien diga algo, haga algo y que todo eso tenga un sentido general y un propósito. No, Mamdani es un Democratic socialist, que es algo así como la traducción en inglés de “kirchnerista”. Por suerte no tienen una traducción de Máximo).

En cualquier caso, me parece sano pensar en proyectos políticos que intenten fabular alguna fórmula creíble de esa totalidad imposible; mucho mejor que hacer nada, mejor también que esperar con ciega esperanza la llegada de la trascendencia. La idea, tan repetida y nunca llevada a cabo, de imaginar un futuro —idea cuya pregnancia actual en el progresismo le debemos en parte, para bien y para mal, a la fijación de Caja Negra con Mark Fisher— tiene que tener un soporte político consistente, que bien puede ser un “proyecto”. Es un buen primer paso entre la nada (la desesperación y la angustia, la ausencia de conceptos, el desencantamiento con la realidad) y el todo (la hipóstasis de una Argentina imperial con cientos de miles de fábricas, un país bendecido por Dios y excepcional por el inextinguible alma peronista de su pueblo). Para dar algún paso, hacia algún lado, es necesario encarar de forma explícita esta dialéctica y no fetichizar ni la depresión inevitable ni la euforia megalomaníaca. Veamos a Dios donde esté Dios, a los buenos candidatos donde estén los buenos candidatos, a las posiblidades de algo más grande que nosotros cuando partan de la realidad y no de nuestras idealizaciones desesperadas.

Yo intento pensar esas formas de mediación, y unir lo que leo y escucho en algún eje que le dé sentido. Por lo menos no doy clases en Rumania; y mientras tanto, le deseo suerte al amigo Mamdani y ya vuelvo a mi lectura de Shadow Ticket.