Sobre Cónclave: operar en el Misterio

Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron.

Cónclave es — o intenta ser, al menos — una película muy ordenada. La trama se explica desde el título: muere el Papa y los cardenales deben elegir al próximo. En un nivel superficial, epidérmico, la película va sobre las intrigas políticas del Vaticano, la discusión entre tradicionalismo y el progresismo-liberal y la posibilidad de su superación dialéctica. Una situación que, sin dudas, viviremos de cerca, tarde o temprano. Es un buen film, creo, para ver sin más, con sus respectivas intrigas, giros, actuaciones bárbaras, curas fumándose un pucho y todo el biri-biri. Yo la ví en el Lorca, en una sala casi vacía y hace ya un tiempo, y la disfruté mucho. Pero más allá de eso, como toda película que valga la pena, Cónclave nos trae una segunda historia que nos puede ayudar a reflexionar un par de cosas que nos atañen sino desde siempre, seguro epocalmente, y más aún en Semana Santa. 

Desde la primera escena de la película tenemos presentados tres o cuatro de los elementos que nos van a guiar. El cardenal Lawrence, nuestro protagonista, llega a la habitación del Papa que, horas antes, había fallecido. Allí adentro esperaban tres de los cardenales que concentrarán la lucha política por el poder: Bellini, Tremblay y Adeyemi. Mientras rezan, Lawrence ojea a la mesita de luz del Papa, y al ver sus anteojos apoyados, deja caer una lágrima. El anillo de San Pedro queda vacante. El Papa, se revela, había escondido su enfermedad para evitar los rumores de la curia, y luego vemos a la misma decidiendo cómo escribir el informe sobre su muerte para reducir el chisme. Sobre el cuerpo muerto se posa un velo blanco, y la puerta de la habitación se cierra y se sella. No en vano “cónclave” significa literalmente habitación cerrada. Tenemos entonces dos elementos que nos van a indicar el camino para atravesar la segunda historia: los anteojos del Papa, su visión, y la administración del misterio —las puertas cerradas, los chismes ocultos, los motivos secretos—. Automáticamente, también encontramos dos fuera de campo que servirán de límite diegético, dos espacios ocultos que nos marcan hasta dónde llega nuestro conocimiento y que interactúan con aquello que sí vemos. El primero es todo aquello que el Papa no reveló antes de su muerte, y el segundo es el mundo de la película, la opinión pública, la situación política. Pero, siendo una película religiosa desde el vamos, y coyuntural por obra del Espíritu, queda nombrar también al menos dos fuera de campo más. La situación de salud que atraviesa el Papa Francisco y el camino que tomará la Iglesia son, es obvio, lo primero que se nos da por pensar. Pero, además, Cónclave trata sobre aquello que queda en esencia velado, el fuera de campo por excelencia: el Misterio de la fe. Es, y esto queda asentado desde el principio, una película sobre el misterio.

Sobre el misterio

Desde Parménides de Elea la cuestión de aquello que no aparece, que aparece como lo que se oculta, motivó a la tradición filosófica entera. Es, al fin y al cabo, la cuestión de la naturaleza de la verdad. Las cosas se muestran, pero con reservas, y nuestro entendimiento no logra nunca apresar el fenómeno completo porque somos al fin y al cabo seres finitos. Cosas de cualquier curso de filosofía del secundario, dicho así, pero si bien es algo que parece fácil de comprender, lo complicado es explicar la naturaleza de aquello que, justamente, no aparece. Uno de los filósofos que mejor supo hacer un tratamiento de lo oculto es sin dudas Martin Heidegger. Si bien es un tema que atraviesa toda su obra, el problema del entendimiento tradicional de los griegos de la verdad como aletheia está tratado en los cursos que dio entre 1942 y 1943 sobre Parmenides, en Friburgo. Entre otras cosas, Heidegger se detiene sobre el carácter de misterio del misterio, sobre su definición esencial. Para esto, en típico vocabulario heideggeriano, recorre diferentes versiones de lo oculto como lo desfigurado, lo extraño, lo clandestino y el secreto, pero, aclara, ninguna logra dar con el carácter propio del misterio. Dice sobre él: “El misterio se hace así un «residuo» que queda aún por explicar. Pero, puesto que el explicar técnico y la explicabilidad proporcionan el criterio para lo que puede ser reclamado como real, el residuo inexplicable que aún queda se hace algo superfluo. De este modo, lo misterioso es sólo lo sobrante, lo que aún no es justificado e incorporado en el círculo del proceder explicativo.” 

Tenemos entonces que el misterio, como tal, aparece como lo que no aparece, lo que queda afuera. Si bien Heidegger acá critica a la visión técnica del mundo, explicando que desde esa perspectiva el misterio es sólo lo no explicado aún, un residuo que queda por resolver, deja claro a lo largo del curso que el misterio es más bien aquello que esencialmente debe estar oculto en tanto toda verdad implica un desocultamiento, un traer a la luz. El misterio es un exceso, una expresión muda que sin embargo se deja oír. Para notarlo y tratarlo, sin embargo, se necesita entonces un cambio de mirada, ya que la visión técnica, positivista podemos decir, entiende al ser como un espacio objetivo investigable y medible. Este es un tema que, claro, explica las preocupaciones intelectuales del final de la modernidad. Es también sobre todo lo que trata La carta robada de Edgar Allan Poe. Dupin logra descubrir el paradero de la carta porque sabe que el ministro sospechoso, además de ser matemático, es un poco poeta. Esto hace que, con un simple cambio de mirada, aquello que estaba oculto salga a la luz a pesar de que el minucioso escrutinio haya agotado sus recursos. Para Heidegger, el poeta tenía un rol fundamental para que la verdad aconteciera históricamente. Son también muchos y conocidos sus trabajos sobre Hölderlin, quien, según dice, es el que logró poetizar acerca de la esencia de la poesía. En pocas palabras, si el lenguaje es la casa del ser, el poeta es aquel que logra darles nombre a las cosas y define ontológicamente la existencia al interpretarla creativamente. Repasar esto no sirve simplemente como repositorio museístico de citas, sino para entender que esto no lo inventé ni yo ni la película: es la tradición, que cuando la usamos para ir a las cosas puede ser un manual de uso.

El poeta tiene entonces, por su mirada, una forma privilegiada de traer aquello que estaba oculto a la luz, y así, podríamos decir, administrar el misterio.

Cónclave o manual de misterio operativo

El cardenal Lawrence, también decano, es el encargado de gestionar el cónclave. Ante una crisis de fe, cuenta el personaje, el Papa le había dicho que su misión, su vocación, era la de administrar. Al principio se muestra reticente, harto e incluso enojado, pero a lo largo de la película podemos ver cómo empieza a amigarse con su rol al descubrir qué es aquello que debe administrar. En la homilía del principio, incluso demasiado literalmente, la película nos dice que el misterio es aquel factor constitutivo que hace necesaria la fe. El misterio, como exceso, es algo que está pero que no se muestra, o que se muestra como lo que no se muestra, y por eso necesitamos — más que conocimiento, creencias y argumentos — fe, y por eso es ella en sí misma también un misterio. Al decano se le presentan situaciones en las que debe aprender a manejar secretos: cuándo y cómo los investiga, revela y guarda. Luego de idas y vueltas, Lawrence termina por aceptar su llamado en una escena que, temáticamente, podría haber sido el final de la película. Para investigar al cardenal Tremblay, el decano rompe el sello que guardaba la habitación del difunto Papa. Desde el pasillo, una monja ve el sello roto, pero decide dejar el secreto velado al ver que, por debajo de la puerta, las luces se apagan. Adentro, revisando documentos, el cardenal ve en la mesita de luz los viejos anteojos del Papa, y con los suyos puestos, larga en un llanto indefenso. Lawrence llora su incapacidad de manejar el misterio, incapacidad que se debe a que no posee la mirada necesaria para entender su naturaleza y su práctica, al igual que el prefecto G. en el relato de Poe. Pero al volver a esa habitación y sentarse en la cama, donde se puso el velo sobre todo lo que vamos a desconocer durante la película, nuestro personaje aprende de una vez por todas de qué manera llevar el cónclave a buen puerto. 

Entre el motivo musical, que suena como signo de pregunta, y los pajaritos que anuncian la antesala de una revelación, el juego de preguntas y respuestas guía la película hasta el final. La ventana que vemos sellándose al principio, en las preparaciones en la Basílica de San Pedro, es la misma que luego será impactada por los escombros de la explosión, y por donde entrará la luz. Aquello que antes nos fue privado, ahora aparece como revelación divina. Y así es como termina por decidirse la elección del próximo Papa, el cardenal Benitez. Lo llamativo de su personaje y del propio final de la trama es que, claramente, es un deus ex machina. ¿Qué es esto? Un recurso narrativo en el que, como por arte de magia u obra divina, el conflicto se resuelve trayendo a escena un elemento que antes no aparecía. Pero, acá, esto no es un recurso narrativo que intenta disfrazarse de auténtico, sino que muy literalmente es un deus ex machina, una revelación divina. El tipo de revelación que, creemos, sucede en los cónclaves más allá de la subtrama política que opera como en la democracia liberal. Un cardenal de una diócesis clandestina, con un gran secreto y con una cercana relación con el último Papa, el pasado cercano, es quien al fin y al cabo mejor posa su mirada sobre otro de los misterios fundantes de la experiencia: el futuro. Bien logrado o no, la última toma de la película nos muestra como un grupo de monjas salen por una puerta hacia un patio, y, detrás de ellas, la puerta se cierra sola. Ya no hay operatividad humana, decisiones, manejos: la puerta es en su esencia aquello que, si bien puede ser abierto, para cumplir su función debe estar constitutivamente cerrada. 

El rol de la mujer en la curia, la incipiente o incesante guerra religiosa, la interna polémica entre liberales y tradicionalistas, los pecados propios de la Iglesia como institución humana. Todos estos son también ejes temáticos de la película. Si bien hay similitudes obvias que nos pueden llevar a tomar a esta película como simplemente premonitoria, cabe resaltar, como nota al pie, el para nada inocente parecido del candidato liberal, el cardenal Bellini, a Bergoglio, años atrás. Pero, con una mirada atenta, siquiera despierta, podemos ver que el tema central del film es el propio Misterio de la fe, y nuestra relación con él. La administración del secreto es desde siempre un punto nodal de la teología. Se le llama el “secreto mesiánico” a la actitud que toma Jesús en el Evangelio de Marcos a la hora de revelar quién es (Mc 1:44, 3:11, 4:11, 5:43, 7:24, 7:36, 8:26, 8:30, 9:9, 9:30). Son muchas las interpretaciones, pero lo que es seguro es que la manera y el momento en el que se revela la verdad son, teológicamente hablando, muy importantes.

Volver a las cosas

Ahora, si tienen a mano una Biblia y les interesa leer los versículos que cité, los invito a que se levanten, la busquen y los encuentren. La fe, como todo misterio, no es algo que pueda ser explicado teóricamente ni inteligido intelectualmente, sino que es algo que por su propia naturaleza debe ser vivenciado, hecho carne. De qué manera se le revela a cada uno, si es que lo hace, es parte del mismo misterio. Entra, como se dice, como un ladrón en la noche. La revelación divina se oculta en su forma misma de aparecer. Si logramos comprender la parte que se nos muestra, entonces sabremos también que su difusión es, por lo menos, escabrosa. El Evangelio según San Marcos nos enseña que quien conoce el Misterio de Dios debe guardarse de decir demasiado y no confiar mucho en sus propias palabras, pero la fe es a su vez un llamado a compartir la buena noticia (en griego euangelion). El problema de la inefabilidad de Dios es más viejo que el tiempo, pero el secreto divino aparece también como asequible a todos, como universal. Al igual que el símbolo, según su caracterización tradicional, no es algo que requiera de un código o una llave para abrirlo. Su acceso es público, ya que consta de algo que nosotros ya teníamos, pero de lo que no éramos conscientes. Nos da una parte recordándonos que ya poseíamos la otra. La fe es, también, un fenómeno privado, personal. No es una experiencia colectiva, si bien es la más absoluta, sino que implica la relación más íntima con Aquél que ya sabe todo. La revelación, por absoluta, aparece dejándonos ciegos, como Edipo al arrancarse los ojos. Nos da una comprensión, un conocimiento de otro tipo que el técnico, pero al dárnoslo nos muestra que lo que se nos escapa es inabarcable y se nos escapa justamente por ser inabarcable. Pero más allá de mis pobres intentos de hacer una fenomenología de la religión, la cuestión sobre la vuelta del catolicismo, las poses y las diferentes entradas a la conversión vienen siendo tópico de discusión hace ya un tiempo considerable. Entonces, ¿por qué carajo andamos midiéndonos el aceite para ver quién es más católico?

La discusión de arriba ya tiene unas semanas, pero el tema siempre reaparece. Si bien la pregunta por la autenticidad es valiosa por sí misma, la fe tiene, se ve, una relación complicada con lo que se muestra. Si lo auténtico es la correspondencia entre aquello que se muestra y aquello que se vive, la fe tiene que ser, por privada, excluida del análisis. Ni hablar de que toda la discusión coyuntural está sesgada por el agotado enfoque de las ciencias sociales y la academia, que intentan recomponer mediante casos de estudio algo del orden de lo general en la conducta. Las maneras de ingresar a la fe son muchas y distintas: si entraron con esta película, con Luquita Rodriguez, Rebord, Vance, Moreno, Porrini, Faretta, el Papa, Chesterton o su abuela nos debería chupar a todos un huevo. Al fin y al cabo, como ya dije, es solo accesible desde la vivencia, desde la carne. Si sos de los que se interesaron, pero todavía no se animaron a dar el paso, tomá esto como una invitación. Y no, no hablamos de ir corriendo a bautizarse ni volverse un monje franciscano. Probá rezar —solo, en tu casa, sin contarle a nadie— por la salud del Papa, por tu vieja, por tu club, por el país, lo que se te ocurra; o contale qué te pesa y confiaselo, o pedí perdón por algún arrepentimiento. Acercate el domingo a la capilla que tengas más cerca de tu casa, o preguntale a tu primo u amigo católico qué cura conocen que dé lindas misas, y fijate qué te pasa. Esto no es un intento de convertirte: es nada más una invitación a dejar un rato el telefonito en el bolsillo y ver qué carajo pasa en la vida real, con las cosas reales que se viven de verdad. Es Semana Santa y el domingo es domingo de Pascua, realmente no hay momento más óptimo para ir a ver qué pasa con esto.

Esa quizá sea una de las dos o tres consignas que cruzan esta revista: la vuelta a las cosas y el cuidado del huerto propio.

El bombardeo constante de información muchas veces esconde las cosas que con el aparecer se ocultan. El problema de la visión técnica del mundo, para Heidegger, es que, al ignorar el ocultamiento fundante de toda verdad, la pura exposición sin fin sólo logra esconder cada vez más la naturaleza del ser, y nuestra única salvación vendrá al prestarle mas atención al arte. Más aún, la necesidad de mostrar todo lo que hacemos y opinamos hace que la cuestión del misterio siga siendo un problema clave para aprender a operar sobre la realidad. El manejo de la comunicación política del gobierno y la reciente fascinación colectiva por los servicios de inteligencia y las operaciones psicológicas secretas no son más que otra prueba de ello. Esta no es otra reflexión sobre las redes sociales ni una defensa al gatekeepeo, no hacen falta ninguna de las dos. No se trata sobre la esfera de lo privado y lo público, sino más bien del modo en el que las cosas aparecen: ocultándose. Tampoco es un intento de recuperar la mística católica ni de discutir con quienes entienden la vuelta de la religión como lo hacía la Escuela de Frankfurt. Si me preguntan a mí, ambas posturas son bastante chupapijas porque esquivan lo que al fin y al cabo importa, que es ir a las cosas. La consigna es otro de los tantos comodines de la tradición filosófica, pero acá no es más que una invitación a salir de tu casa y olvidarte de tu marco teórico un rato. Entre la hipersegmentación y la preeminencia de la noosfera con respecto a la biosfera, tema para otro ensayo, el mundo virtual y sintético aparece como sustituto de la experiencia vivida, mentirosa, material, fantasía erótica de los idealistas más extremos. El mundo será probablemente Tlön, pero en el medio tenemos todavía la oportunidad de reordenar las coordenadas. Así como la gente tiene que volver a coger, a laburar, a ir al cine, a la cancha, en fin, al mundo; así también, quizás, tienen que volver a ir a misa. Está todo bien con que defiendas en twitter al espíritu greco-romano o la doctrina social de la Iglesia, pero probá saliendo de tu casa. Encontrarse con otra gente, poder vivir las cosas de cerca pero no para contarlo y comprender la fé y la ciencia son las dificultades que nos tocaron como época.

De más está decir que creo que está bueno el catolicismo, pero no me importa si vos, lector, vas el domingo a misa o te quedas en tu casa viendo una película o estiras la gira del sábado a la noche tomando porquería, a pesar de que sin dudas Semana Santa es una gran oportunidad para cambiar de hábitos. Me interesa no más que de a poco, en la medida de lo posible, pensemos como generación si de verdad tenemos tantas ganas de que todo esté siempre tan a la vista y si tenemos otra forma de relacionarnos con las cosas o si debemos aprenderla. Conocer realmente lo que pasa, hay que aceptarlo, nos chupa bastante un huevo o nos parece imposible. Lo que nos queda es entonces aprender a operar en la oscuridad, con la puerta entreabierta. No desde el secreto, reservado para algunos, sino reconociendo el misterio, asequible para todos.

El misterio no se fundamenta en un qué, porque nunca aparece; es más bien un cómo. Acceder a él es posible solo desde la práctica, desde la vida. Mejor o peor lograda, el abordaje de estos temas ya hace de Cónclave una película que vale la pena ir a ver. Levántense de la cama, saquen un par de entradas para el cine, y fíjense ustedes qué opinan. Hasta acá lo que puedo decir yo. Felices Pascuas, ojalá la Resurrección les dé nueva vida en sus corazones.

Este plano en Cónclave, casi un clarobscuro