La crisis es la norma, no la excepción. El escándalo del presidente Javier Milei con la criptomoneda Libra no es un desliz individual ni una anomalía dentro de su gobierno: forma parte de un sesgo propio de su ideología. Hayek y von Mises son los verdaderos padres de las operaciones experimentales de la nueva fase del capitalismo financiero: la tokenización.
Milei no inventó el esquema, solo se subió a la ola. Tal como señala Juan Ruocco en una reciente nota de 421: era cuestión de tiempo para que se quisiera emular una política como la que se está implementando en Estados Unidos a través de memecoins.
No todas las memecoins son iguales, a nosotros nos tocó una fracasada. No es azar, fue parte de un entramado de vinculaciones que llevaron a un escándalo de envergadura internacional.
El daño más grave es la pérdida de legitimidad de la expertise del doctor honoris causa. El gobierno de la técnica economicista fue destruido por una shitcoin. Es decir, Hayek y von Mises fueron artífices de su propia destrucción: la libertad de mercado es también especulación usurera.
Argentina (y África) son laboratorios de experimentación. Con su tradición de crisis cíclicas y su devoción por el dólar, no forman sino más que un microcosmos de un fenómeno que atraviesa el sistema financiero global: la conversión de la economía en un mecanismo de especulación sin producción, la sustitución del capital por promesas de capital, una aceleración de rueda de hamster.
El escándalo de Libra es un eslabón más en la cadena de eventos que vienen marcando la era de la financiarización total. No es solo un problema de Argentina, ni siquiera un problema de Milei: es un problema del capitalismo contemporáneo, un capitalismo donde la inversión real es un anacronismo y la riqueza se crea y se destruye en ciclos de euforia y pánico cada vez menos espaciados. El sistema financiero ya no es reflejo de la economía: es la economía misma. Y en ese esquema, la política ha pasado a ser una variante del marketing financiero.
El nuevo modelo de desarrollo espectáculo: tokenización usurera. Hacer dinero con dinero poniendo al trabajo y a la producción en un fenómeno secundario. Aristóteles ya había advertido de esto.
El delirio financiero convertido en doctrina
La figura de Milei, mesiánica y alimentada de cierto misticismo, conforma una parte central de la política económica. Hay una idea que circula, desde hace tiempo, en los espacios liberales porteños tan sencilla como lo que sigue: que la percepción del capital es más importante que el capital en sí mismo. Es decir, el manejo de la expectativa es más importante que la realidad.
En órdenes distintos, Libra, gobierno y Javier Milei son sólo encarnaciones diversas de la misma lógica.
Así es como, desde hace tiempo, el aparato de comunicación del gobierno de Milei ha intentado generar un imaginario metafísico, espiritual, de cuasi predestinación del Presidente. Una especie de gran esquema ponzi del sistema político.
El traderismo y la especulación con retórica libertaria juega con el país como si fuera una apuesta de alto riesgo en un mercado emergente. El gobierno mismo se estructura como una plataforma de inversión: vender la ilusión de riqueza rápida, atraer capital con discursos disruptivos. Puede fallar y falló.
En ese sentido, lo ocurrido con Libra no es sorprendente. Es una manifestación más del tipo de economía que Milei promueve: un esquema macroeconómico donde la especulación no es un efecto colateral sino el objetivo central.
De alguna forma, tenemos suerte. Tuvimos la oportunidad de observar una muestra del futuro que se intenta construir a nivel global. Milei es parte de una nueva tendencia postdesarrollista: la era de la tokenización, donde cada decisión política se mide en términos de impacto inmediato en los mercados. Musk entendió rápidamente ese futuro e intenta construirlo.
De los bancos centrales a las criptomonedas
El capitalismo siempre ha tenido algo de Ponzi, pero la digitalización de la economía ha llevado esa dinámica a un nivel completamente nuevo.
En el pasado, los esquemas piramidales requerían cierta infraestructura: bancos, intermediarios, contratos formales. Hoy, basta con un white paper bien escrito, una red de influencers en X (antes Twitter) y un par de plataformas de trading para lanzar un activo digital que en cuestión de horas puede valer millones.
Las criptomonedas son la expresión más pura de este fenómeno. Nacieron con la promesa de descentralizar el poder financiero, pero en la práctica han terminado por amplificar la concentración económica de ciertas élites y empeorar la volatilidad que supuestamente buscaban combatir.
La lógica es clara: primero entran los insiders, luego el público general, el precio sube, los primeros venden, el activo colapsa y la mayoría pierde. El modelo no es nuevo, pero la velocidad con la que se ejecuta sí lo es. En un mundo hiperconectado, donde las decisiones de inversión se toman en segundos y las noticias mueven mercados enteros en tiempo real, la especulación se ha convertido en el principio organizador del sistema. El rugpull en cualquier cripoactivo puede ocurrir en cualquier momento.
El sistema económico cada vez más virtualizado es un engendro de percepciones humanas cada vez más intervenidas a través de diversos mecanismos de ingeniería social.
Tokenización y la ilusión de valor
La tokenización de la economía va más allá de las criptomonedas. Hoy, cualquier activo puede convertirse en un producto financiero comercial: bienes raíces, obras de arte, deuda pública. Todo puede fraccionarse, empaquetarse y revenderse como si fuera una acción en la bolsa.
Este proceso ha generado un sistema donde el valor ya no está determinado por la utilidad o la producción, sino por la percepción. Si suficiente gente cree que un activo vale algo, entonces vale algo. Eso se sostiene en base a percepciones. Si las percepciones cambian, entonces también el valor del activo.
El caso de Libra es un ejemplo perfecto: una criptomoneda que prometía estabilidad en un mercado volátil pero que terminó siendo exactamente lo contrario. Su fracaso no es una anomalía, es la consecuencia lógica de un sistema que se ha vuelto completamente dependiente de la confianza ciega y la manipulación del mercado.
El problema principal es que si creíamos en la capacidad técnica y cultural del presidente en materia económica, esa confianza dejó de existir y por ende su principal mecanismo de liderazgo. Hayek le tendió la peor de las trampas al gobierno de la economía libertaria. Todo esto empeora si la investidura presidencial se convierte en un activo en sí mismo.
Capitalismo ponzi y sincronicidad libriana
El dinero siempre ha sido una construcción social, pero en el siglo XXI se ha convertido en una construcción narrativa. Su valor ya no se basa en la producción de riqueza, sino en la capacidad de sostener la ilusión de riqueza el tiempo suficiente como para que alguien más la compre.
Esto no es un problema exclusivo de las criptomonedas. Los mercados bursátiles funcionan bajo la misma lógica. Existen, por ejemplo, las empresas unicornio, que nunca generan ganancias pero tienen valoraciones de miles de millones de dólares y operan bajo el mismo esquema. La diferencia es que en la era digital, el ciclo de creación y destrucción de valor se ha acelerado a niveles imposibles para el humano corriente. Un paso más a la delegación IA, otro problema futuro.
La pregunta clave es: ¿hasta cuándo puede sostenerse este sistema?
Milei apuesta a que puede seguir jugando con la confianza del mercado el tiempo suficiente para consolidar su proyecto político. Pero la historia del capitalismo financiero sugiere otra cosa: las burbujas siempre estallan.
La sincronicidad, tal vez, no sea casual. Milei cumple años el 22 de octubre: lo que hace de él, justamente, un libriano. Y como Libra, la moneda, en su breve existencia, el proyecto político encarnado en su figura y la expectativa por el futuro lo someten a la misma clase de destino incierto y tambaleante que la cripto que lleva su signo zodiacal.
A lo mejor no andemos con un simple delirio. Quizá, y sólo quizá, todos los tejemanejes alrededor de la moneda y el gobierno tenían algún sentido aparentemente predestinado o determinado por los astros. Quizá uno de los tantos augures y auscultores de los cielos que tiene este gobierno erró en la interpretación de los astros. Después de todo, estaba esa semejanza en los nombres… libra, librianos. Quizá Karina Milei no haya visto que el destino, en esta vuelta, indicaba fracaso y derrota. Pero, ¿qué andarán diciendo los cielos acerca de este gobierno? Después de todo, un trader es una suerte de astrólogo con una foja de estadísticas. Las Fuerzas del Cielo son caprichosas.
Nada de esto es aislado. Es una pieza más en la transformación global del capitalismo en una economía de promesas y especulación perpetua. Milei no inventó este sistema, solo lo abrazó con devoción. Su perfil de X solo dice “Economista”, y falló. La sincronía entre la fecha de nacimiento del presidente, su signo zodiacal, el nombre de la criptomoneda, la promesa inversiones futuras colapsaron en cuestión de horas. El presidente como activo financiero perdió gran parte de su valor simbólico.
El problema del proyecto político personal es que se asocia directamente con la estabilidad macroeconómica del país. La sumisión a la economía de mercado pone a cualquier sistema a la merced de la especulación del resto. La confianza puede sostenerse por un tiempo, pero cuando los números dejan de cerrar y las promesas dejan de cumplirse, la reacción suele ser rápida y brutal. Esto aplica al gobierno, al Estado, a la economía y al resto de la sociedad.
Para el político es peor el papelón, que el delito. El problema de nuestros días es como la legitimidad de los líderes políticos influye directamente en los modelos de economía política dada la expectativas de los sistemas financieros.
El capitalismo Ponzi es, por tanto, profundamente político, depende del convencimiento de otros, de la gestión de percepciones y de la ingeniería social y biopolítica. Si existe una lección a considerar en el futuro de la economía internacional es la jerarquía de la política por sobre el mercado. El escándalo de Libra es tan solo una muestra del nuevo esquema de tokenización del sistema financiero internacional.
Habría que volver al camino correcto: trabajar.

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